Aún en la más clara noche de invierno, con el cielo tachonado de estrellas, seguimos viendo un negro telón de fondo. Sin embargo, en un universo estático e infinito el cielo nocturno debería ser totalmente brillante, sin regiones oscuras o desprovistas de luz. Este hecho ya lo había notado el genial Johannes Kepler en 1610, pero fue el astrónomo alemán Heinrich Wilhelm Olbers quien se ocupó seriamente de este asunto en 1823, formulando la paradoja que lleva su nombre.
No hablamos de contaminación lumínica aunque sea un problema. La pregunta es más básica. En un universo de cien mil millones de galaxias, de trillones de estrellas, ¿cómo es posible tener un cielo oscuro? Las consecuencias de tener un cielo oscuro empezaron a estudiarse en el siglo XVII aunque no fue hasta el XIX cuando el astrónomo Heinrich Olbers formuló la paradoja que lleva su nombre.
[c&p] "Existen ciertas afirmaciones que desde siempre damos por verdaderas sin ser conscientes de que algunas se contradicen entre sí. Mantenemos como cierto que el universo es infinito y que el cielo nocturno es negro. Si nos paramos a pensar podemos ver que existe cierta contradicción."
E. P. Fischer enunció el llamado “Teorema cero” de la Historia de la Ciencia (también conocido entre los matemáticos como “Principio de Arnold”): Todo descubrimiento con nombre y apellidos fue descubierto antes por otra persona. Fischer puso 3 ejemplos: el número de Avogadro (estimado por primera vez por Loschmidt), el cometa Halley (conocido por astrónomos chinos y babilonios) y la paradoja de Olbers (original de Kepler). Arnold reivindicó que muchos resultados matemáticos habían sido obtenidos por investigadores rusos antes que por europeos