Con insecticida en mano, iba dispuesto a eliminar a una indeseable y repulsiva mosca que momento antes se había posado en mi plato. La seguí al patio, pero luego de buscarla por cinco minuto, llegue a la conclusión de que había desaparecido, mas, cuando entraba a la casa... ASOMBROSO! la encontré haciendo el amor posada encima de otra mosca que estaba parada en un cable telefónico. Sigilosamente busqué mi cámara y CLIC... increíble foto que me permitieron tomar y, en agradecimiento… por esta vez le perdoné la vida.
Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.
¡Oh viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!
¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!
Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela,
—que todo es volar—, sonoras
rebotando en los cristales
en los días otoñales...
Moscas de todas las horas,
de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia,
que da en no creer en nada,
de siempre... Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.
Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.