La escuela pública reivindica su posición primordial en el sistema educativo vasco frente a los movimientos que se están produciendo desde las ikastolas y colegios religiosos para que se les financie como si fueran públicos. Un portavoz señaló que la red privada concertada no ofrece la misma cobertura que da la pública, «ni en la matriculación de alumnos inmigrantes, ni en la oferta de plazas en todo el territorio, pues concentran su oferta en núcleos urbanos, y no en localidades pequeñas».
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Las escuelas privadas son verdaderas empresas por lo que que su principal criterio se basa en la rentabilidad y el aumento de la tasa de beneficios. Las ratios de alumnos son muy altas porque, cuanto más hacinados estén en las clases, menos profesorado será necesario utilizar y, por tanto, pagar. Los docentes, aparte de no haber pasado oposición alguna, se encuentran en un estado de indefención laboral, siendo realmente explotados y obligados a trabajar como vigilantes de comedor, etc.. y con unos sueldos bastante más bajos que en la escuela pública porque, evidentemente, el espíritu de empresa así lo exige.
Los mejores profesionales, los más innovadores, los más preparados están en la escuela pública. Eso sí, maltratados por una administración que hace recaer en sus espaldas la total responsablidad del fracaso escolar. Una postura administrativa que esconde y evidencia la realidad de una sociedad basada en el individualismo y en el fracaso de unos planes de estudio diseñados por los chupatintas de los despachos que, en su vida, se han manchado las manos de tiza.