Dijo ayer Juan Carlos de Borbón, de los borbones de toda la vida, que el 2 de mayo fue “una toma de conciencia de la identidad nacional, de la nación basada en las ideas de libertad, unidad*, igualdad y solidaridad”. Liberté, égalité, fraternité, nada menos. Y eso que la revuelta fue, desde el punto de vista político, en defensa del absolutismo de Fernando de Borbón y de Parma. Lo bueno de poner palabras en la boca de los muertos es que nunca te llevan la contraria.
menéame
La defensa de la indepedencia institucional de las cuatro provincias forales ha estado en el centro del debate político vasco-navarro durante todo el siglo XIX, con unas guerras incluídas en los años 1833-1849 y 1870-1875. A las provincias forales les fue arrebatada su institucionalidad por la fuerza de las armas y con ejercito de ocupación presente.
El 2 de mayo de 1808 españa no existía. Y el 3 de mayo tampoco. Solo las cortes de navarra o las JJGG de las provincias forales podían llamar a la guerra e incluso en este caso, los ciudadanos de los territorios forales tenían derechos y no estaban obligados a luchar fuera de las fronteras de su territorio. Había unas aduanas en el ebro y un floreciente contrabando en aquellas fronteras.
Su pariente Fernando VII estaba encantado con la entrada de Napoleón. Este prometió pagarle una buena pensión por regalarle España y le faltó tiempo para aceptar. Lamentablemente para él, Napoleón pensó como Julio Cesar: Roma no paga traidores.
Dicho lo cual, tengo que decir que el punto de vista del artículo me parece casi tan demencial como una conferencia de Pío Moa. Negar los valores que tenían los españoles que se rebelaron contra la dominación extranjera no es menos manipulador que decir (como el mismo tipo de autores suele hacer) que a la mayoría de los indígenas americanos los matamos los españoles, y no las enfermedades que nuestros abuelos allí llevaron. Posturas tan delirantes desacreditan a todos los que tratamos de pararles los pies a los revisionistas.