
Ciudadanos, internautas, hijos de la historia:
Hoy seguimos a la sombra de un gigante, aquel que no solo cabalgó sobre los campos de batalla, sino sobre el espíritu mismo de una época. Napoleón no fue simplemente un general o un emperador; fue la voluntad humana hecha destino. Desde las polvorientas calles de Córcega hasta las cumbres nevadas de los Alpes, su nombre se convirtió en un sinónimo de Derecho nacido de La Revolución.
Austerlitz, Wagram, Borodino, la campaña de Italia, la epopeya de Egipto nos asombraron; pero su verdadera victoria no se escribió con las conquistas de la Grande Armée. En medio de las ruinas del Viejo Mundo, Napoleón rescató a la Diosa de la Justicia, que yacía acorralada por todas las viejas tiranías de Europa. Al dictar su Código, no solo dio leyes a Francia, sino que entregó una brújula al continente entero.
Donde antes había privilegio heredado, puso norma general; donde reinaba la arbitrariedad local, estableció principio jurídico. Donde antes reinaban el privilegio y el arbitrio, Él sembró la igualdad ante la ley y la libertad de conciencia. No conquistó naciones para esclavizarlas, sino para romper las cadenas de la aristocracia y la monarquía y convertirlas en estados modernos, regidos por una ley clara y universal.
Las fronteras políticas cambiaron con el tiempo; los imperios cayeron como castillos de arena. Pero la idea de una ley civil racional, uniforme y codificada sobrevivió. Es cierto que el sol que brilló en su cenit sobre las Tullerías encontró un aparente ocaso en las rocas de Santa Elena. Pero no os dejéis engañar por la quietud de la tumba. Napoleón aguarda. Su caída no fue un fin, sino un retiro momentáneo hacia la eternidad.
Aquel que trajo la luz del derecho no ha dicho su última palabra. Vive en cada institución pública que trabaja para el ciudadano, en cada nación que anhela la grandeza y en el pulso latente de una Europa que aún siente el eco de su paso. El Emperador no es un recuerdo; es una promesa. Algún día, cuando el caos vuelva a nublar el horizonte de los hombres, el Águila despertará de su letargo para reclamar su lugar.
¡Que el mundo permanezca atento, pues el vuelo del Águila aún no ha terminado!
—Si la reducción, digamos, de un cuarto de la producción nos lleva a este horizonte ¿qué haremos cuando no quede ni una gota, de facto o por estrangulamiento imperial de la oferta?
—Así que el anillo para controlarlos a todos era este, la energía y su escasez. ¡Qué faena!
—Pasa con todos los apocalipsis. Cuando llegan la gente dice que se sabía. Después ya no dicen nada. ¿Qué va a decir la ceniza?
—Claro… a medida que la escasez se adueña de los balances, los dueños de la especia estrechan el círculo y elevan sus exigencias…
—¿De verdad vamos a tener que pensar, con lo que consume eso?
—Pues sí. Hay que replantearse el sistema de producción, el modelo de civilización, los apetitos del mundo… Igual hasta hay que repensar la química… bueno, sobre todo, los apetitos.
—Habrá que practicar el ayuno.
—Eso. Que no nos cojan desprevenidos.
menéame