Frases y fragmentos de libros
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República y guerra civil: las raíces del enfrentamiento

Estas graves alteraciones, como lo había sido ya la rebelión del general Sanjurjo en agosto de 1932, hicieron mucho más difícil la supervivencia de la República y del sistema parlamentario. Demostraron que hubo un recurso habitual a la violencia por parte de algunos sectores de la izquierda, de los militares y de los guardianes del orden tradicional, pero no causaron el final de la República ni mucho menos el inicio de la guerra civil. Y todo porque cuando las fuerzas armadas y de seguridad de la República se mantuvieron unidas y fieles al régimen, los movimientos insurreccionales podían sofocarse fácilmente, aunque fuera con un coste alto de sangre. En los primeros meses de 1936, la vía insurreccional de la izquierda, tanto anarquista como socialista, estaba agotada, como había ocurrido también en otros países, y las organizaciones sindicales estaban más lejos de poder promover una revolución que en 1934. Había habido elecciones en febrero, libres y sin falseamiento gubernamental, en las que la CEDA, igual que los demás partidos, puso todos sus medios, que eran muchos, para ganarlas y existía un gobierno que emprendía de nuevo el camino de las reformas con una sociedad, eso sí, más fragmentada y con la convivencia más deteriorada. El sistema político, por supuesto, no estaba consolidado y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados.

Nada de eso, sin embargo, conducía a una guerra civil. Esta empezó porque una sublevación militar debilitó y socavó la capacidad del estado y del gobierno republicano para mantener el orden. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa, los grupos militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936. La división del ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del gobierno para mantener el orden, ese golpe de estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. En ese momento, y no en octubre de 1934 o en la primavera de 1936, comenzó la guerra civil.

En Historia de España, Volumen 8: República y guerra civil; capítulo 5. Ed. Crítica.

Julián Casanova, Catedrático de Historia contemporánea de la Universidad de Zaragoza

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Cita - La calumnia y la verdad

“Si murmurar la verdad aún puede ser la justicia de los débiles, la calumnia no puede ser otra cosa que la venganza de los cobardes.”

Jacinto Benavente, “La ciudad alegre y confiada” (obra de teatro, 1916)

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Dios los cría...

“Un tonto encuentra siempre otro más tonto que lo admira.”

SIR ARTHUR CONAN DOYLE (Sherlock Holmes)

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Cuento sufí - "El halcón que no volaba"

Un rey había comprado cinco de los mejores halcones de todo el país. El vendedor le había prometido que eran capaces de hacer increíbles piruetas en el aire, e incluso de llevar mensajes de una ciudad a otra.

Desde el primer día las aves comenzaron a dar muestras de su capacidad de vuelo: cada vez volaban más alto, más rápido y de una forma más precisa, haciendo caso en todo momento a sus entrenadores. 

Pero había un halcón que se negaba a volar, permanecía parado en la misma rama desde el primer día, no había forma de moverlo.

-¡No lo entiendo! -se lamentaba el rey-. Le damos la misma comida que a los demás, le ofrecemos el mismo trato, los mismos cuidados... y en cambio se niega a volar, ya no sé qué hacer.

Transcurridas ya varias semanas desde la llegada de los halcones, el rey anunció que ofrecería una recompensa a quien consiguiera hacer volar al animal.

Prácticamente todos los habitantes del reino lo intentaron de una forma u otra: le animaron con las mejores canciones, le recitaron poesía, le ofrecieron los más exquisitos manjares... pero todo era inútil, nada parecía funcionar.

Uno de esos días en los que el rey permanecía junto al halcón animándole para que volara, una anciana pasó por allí y, al ver la situación, negó con la cabeza.

-Majestad, ha llegado a mis oídos el problema que tenéis con este halcón, pero así nunca lograréis que el animal vuele.

El rey se mostró curioso ante aquella mujer.

-¿Y qué deberíamos hacer entonces?

-Quizá no hayáis comprendido que lo que le sucede a ese halcón es lo que le ocurre a la mayoría de las personas... -contestó la anciana.

-¿A la mayoría de las personas? No entiendo lo que quiere decir -respondió confuso el rey-. Pero si tanto sabe usted, dígame cómo conseguir que vuele.

-Está bien, primero tengo que hacer unas compras en el mercado, pero a la vuelta ese halcón volará.

Y mientras la anciana se alejaba hacia el mercado, el rey se quedó pensando que quizás aquella mujer simplemente le estaba tomando el pelo.

Pero a las dos horas, cuando el rey estaba contemplando desde su torre el vuelo de las otras aves, observó incrédulo que el halcón que nunca se había movido estaba también en el aire.

Miró hacia abajo, hacia el árbol donde el animal había permanecido tanto tiempo y vio a la anciana sonriendo. Bajó corriendo las escaleras para encontrarse con ella.

-¡Lo ha conseguido, lo ha conseguido! -gritó- ¡Lo ha conseguido! Pero... dígame, ¿cómo lo ha hecho?

-En realidad no ha sido difícil, simplemente le he cortado la rama que lo sostenía.

Cuento sufí

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Fragmento - Oryx y Crake

"En fin, tal vez no existían soluciones. La sociedad humana, aseguraban, era una especie de monstruo, y sus principales subproductos eran los cadáveres y los escombros. Nunca aprendía, siempre repetía los mismos errores estúpidos, siempre escogía los beneficios inmediatos a costa de un sufrimiento a largo plazo."

Margaret Atwood - Oryx y Crake (2003)

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Cita de Charles Bukowski

“Nuestra sociedad la hemos formado con nuestra falta de espíritu; es como si nos la mereciésemos”.

Charles Bukowski

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Cita - Temores

Cita - Temores

"A cada día le bastan sus temores, y no hay por qué anticipar los de mañana".

Charles Péguy



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Cuento - "El río"

Cuento - "El río"

Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio.

Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.

–¿Qué te sucede? – le preguntó el más anciano.

–Mi madre se muere. Ella está sola en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar. Lo intenté – siguió la joven–, pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda… Pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora… ahora que aparecisteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar…

–Ojalá pudiéramos –se lamentó el más joven–. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Está prohibido… lo siento.

–Yo también lo siento –dijo la mujer y siguió llorando.

El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:

–Sube.

La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito con ropa y montó a horcajadas sobre el monje.

Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.

Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de besar las manos del anciano monje.

–Está bien, está bien –dijo el viejo retirando las manos–, sigue tu camino.

La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió por el camino al pueblo.

Los monjes, sin decir palabra, retomaron la marcha al monasterio…. Faltaban aún diez horas de caminata.

Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:

–Maestro, vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río.

–Yo la llevé a través del río, es cierto, pero, ¿qué pasa contigo que la cargas todavía sobre tu cabeza?

Idries Shah

Biografía



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Los sábados por la tarde -Thomas Bernhard

Los sábados por la tarde los he sentido siempre como un tiempo muy peligroso para todos, la insatisfacción consigo mismo y con todas y cada una de las cosas, y la repentina conciencia de haber sido realmente explotado durante toda la vida y de carecer de sentido producían ese estado de espíritu, en el que la mayoría caía con aterradora profundidad. La mayoría de los hombres están acostumbrados a su trabajo y a alguna clase de trabajo u ocupación regular; si les falta, pierden instantáneamente su contenido y su conciencia y no son más que un morboso estado de desesperación. Al individuo le pasa lo que a la mayoría. Piensan que se regeneran, pero en verdad se trata de un vacío, en el que se vuelven medio locos. Por eso todos tienen las tardes de los sábados las ideas más demenciales, y todo termina siempre insatisfactoriamente. Empiezan a desplazar armarios y cómodas, mesas y sillones y sus propias camas, cepillan sus vestidos en los balcones, se limpian los zapatos como si se hubieran vuelto locos, las mujeres se suben al borde de las ventanas y los hombres se van al sótano y levantan torbellinos de polvo con escobas de ramas. Familias enteras creen que tienen que poner orden y se precipitan sobre el contenido de sus alojamientos y lo trastornan y se trastornan con ello. O se echan y se ocupan de sus dolencias, huyen y se refugian en sus enfermedades, que son enfermedades permanentes, de las que se acuerdan al terminar su trabajo el sábado por la tarde. Los médicos lo saben, los sábados por la tarde hay más visitas que en cualquier otro momento. Cuando el trabajo se interrumpe, irrumpen las enfermedades, llegan de pronto los dolores, el famoso dolor de cabeza de los sábados, las palpitaciones de las tardes de los sábados, los desmayos, los arrebatos de ira. Durante toda la semana las enfermedades son contenidas, mitigadas por el trabajo e incluso por una simple ocupación, el sábado por la tarde se hacen sentir y el hombre pierde en seguida su equilibrio. Y cuando el que ha dejado de trabajar al mediodía, cobra conciencia poco después de su auténtica situación, que en cualquier caso es siempre solo una situación sin esperanzas, sea él quien sea, sea lo que sea, esté donde esté, tiene que decirse que no es más que un hombre desgraciado, aunque pretenda lo contrario. Los pocos afortunados a los que el sábado no trastorna solo confirman la regla. En el fondo, el sábado es un día temido, mucho más temido aún que el domingo, porque el sábado sabe todo el mundo que queda el domingo aún, y el domingo es el día más horrible, pero después del domingo viene el lunes, que es un día laborable, y eso hace soportable el domingo. El sábado es terrible, el domingo horrible, el lunes es un alivio. Todo lo demás es una afirmación malévola y estúpida. El sábado se prepara la tormenta, el domingo descarga, el lunes vuelve la calma. El hombre no ama la libertad, todo lo demás es mentira, no sabe qué hacer con la libertad, apenas es libre, se dedica a abrir cómodas de vestidos y ropa blanca, a ordenar viejos papeles, busca fotografías, documentos, cartas, va al jardín y escarba la tierra o anda totalmente sin sentido ni objeto en cualquier dirección, sea la que fuere, y lo llama paseo. Y cuando hay niños, se los utiliza para el famoso matar el tiempo, y se los excita y azota y abofetea, para que produzcan ese caos que, en verdad, es la salvación. Y qué hay por otra parte más terrible que un paseo de sábado por la tarde, como visita a parientes o conocidos, en el que se satisface la curiosidad y se destruyen las relaciones con esos parientes o conocidos. Y si la gente lee, se tortura en verdad con una pena que se impone a sí misma, y nada es más ridículo que el deporte, esa coartada favorita entre todas para la absoluta falta de sentido. El fin de semana es el homicidio de todo individuo y la muerte de toda familia.

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Cuento - "El pescador"

Un rico empresario estaba de viaje de negocios en una isla cuando, al acercarse al puerto, vio a un pescador tranquilamente acostado sobre su barco tomando un té y leyendo un libro. Le picó la curiosidad el hecho de que en plena hora de pesca, aquel hombre estuviera allí descansando.

-¡Hola, buenos días! -saludó amablemente el empresario.

-¡Buenos días! -le contestó el pescador.

-¿No sale a pescar hoy?

-Sí, ya salí esta mañana y en dos horas ya pesqué lo suficiente para el día.

-Vaya... ¿y por qué no pesca más de lo que necesita?

-¿Y para qué iba a hacer eso? -le contestó sorprendido el pescador.

-Pues... porque así ganaría usted más dinero -fue la respuesta del empresario. Y con ese dinero podría comprar un motor para la barca.

-¿Y para qué querría yo un motor en la barca?

-Bueno, con un motor podría ir a aguas más profundas, allí donde hay muchos más peces.

-Vaya... pues no lo había pensado, pero, ¿para qué quiero yo pescar más peces de los que necesito? -preguntó de nuevo el pescador.

-Pues porque así los podría vender y ganaría más dinero, y con ese dinero podría comprar mejor material; por ejemplo, anzuelos y redes nuevas que pescasen más peces aún... y con ese dinero podría usted comprar otra barca más.

-Pero... ¿y para qué quiero yo dos barcas? -preguntó de nuevo el pescador.

-Pues para contratar a alguien y ganar más dinero aún, y con ese dinero usted podría comprar otra barca más, y otra, y otra... y al final tendría una gran flota y un montón de gente trabajando para usted. Y de esa forma, seguramente conseguiría ser tan rico como lo soy yo.

-Pero, y cuando fuera tan rico como usted, entonces, ¿a qué me dedicaría?

-Pues es fácil -rio el empresario. Podría sentarse y disfrutar de la vida.

-¿Y qué cree que estoy haciendo en este momento?

Cuento sufí

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Fábula - El lobo y el cordero

“Había una vez un lobo que vio a un cordero en la orilla de un río y quiso comérselo ofreciendo un pretexto simple pero verosímil. A pesar de estar río arriba, le acusó de no dejarle beber al revolver el agua. El cordero contestó que al estar el lobo río arriba y el más abajo, no era posible que así fuera.

Al ver el fracaso, el lobo acusó al cordero de haber insultado a sus padres el año anterior, a lo que el cordero contestó que hacía un año el aún no había nacido. El lobo dijo entonces que, aunque el cordero se justificaba muy bien, no le dejaría ir y no iba a dejar de comérselo".

A menudo, aquellos que quieren provocarnos daño, no se van a detener independientemente de nuestros argumentos o de que sea o no justo.

Fábula de Esopo

Fuente

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Cita - "La llamada del ángel"

“-Tú decides.

-No me dejas elección.

-Siempre tenemos elección. Es más, somos la suma de nuestras elecciones.” 

Guillaume Musso, “La llamada del ángel (2011)

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La falsedad (Cicerón)

La falsedad (Cicerón)

Las vanas pretensiones caen al suelo como las flores. Lo falso no dura mucho.
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Cita - "El prisionero del cielo"

“Hay épocas y lugares en los que no ser nadie es más honorable que ser alguien.”

Carlos Ruiz Zafón, “El prisionero del cielo” (2011)

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El engaño (Antonio Machado)

El engaño (Antonio Machado)

El hombre sólo es rico en hipocresía. En sus diez mil disfraces para engañar confía; y con la doble llave que guarda su mansión para la ajena hace ganzúa de ladrón.
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Cuento zen - "El jardín del templo"

Un sacerdote estaba a cargo del jardín dentro de un famoso templo zen. Se le había dado el trabajo porque amaba las flores, los arbustos, y los árboles.

Junto al templo, había otro templo más pequeño donde vivía un viejo maestro. Un día, cuando el sacerdote esperaba a unos invitados importantes, tuvo especial cuidado en atender el jardín.

Sacó las malezas, recortó los arbustos, rastrilló el musgo, y pasó un largo tiempo juntando y acomodando con cuidado todas las hojas secas. Mientras trabajaba, el viejo maestro lo miraba con interés desde el otro lado del muro que separaba los templos.

Cuando terminó, el sacerdote se alejó para admirar su trabajo.

— ¿No es hermoso? — le dijo al viejo maestro.

— Sí — replicó el anciano —, pero le falta algo. Ayúdame a pasar sobre este muro y lo arreglaré por ti.

Luego de dudarlo, el sacerdote levantó al viejo y lo ayudó a bajar. Lentamente, el maestro caminó hacia el árbol cercano al centro del jardín, lo tomó por el tronco, y lo sacudió. Las hojas llovieron sobre todo el jardín.

— Ahí está... ahora puedes llevarme de vuelta.

Cuento zen

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Fragmento - La inmortalidad

"Imagínate que vivieras en un mundo en el que no hay espejos.

Soñarías con tu rostro y te lo imaginarías como reflejo exterior de lo que hay dentro de ti. Y después, cuando tuvieras cuarenta años, alguien te pondría por primera vez en la vida un espejo delante.

¡Imagínate el susto! Verías un rostro completamente extraño. Y sabrías con claridad lo que no eres capaz de comprender: tu rostro no eres tú."

Milan kundera, "La inmortalidad" (1990)

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‘Levantémonos’, clamó Jim Larkin

‘Los grandes no son grandes.

¡Es que estamos de rodillas!

Levantémonos’.

  • Les grands ne sont grands que parce que nous sommes à genoux: Levons-nous.
  • Ní uasal aon uasal ach sinne bheith íseal: Éirímis.
  • The great appear great because we are on our knees. Let us rise.

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Texto budista - "El problema"

“Cuenta la leyenda, que, en un monasterio budista ubicado en una ladera casi inaccesible de las frías y escarpadas montañas del Himalaya, un buen día uno de los monjes guardianes más ancianos falleció.

Le hicieron los rituales tibetanos propios para esas ocasiones, llenas de profundo respeto y misticismo.

Sin embargo, era preciso que algún otro monje asumiera las funciones del puesto vacante del guardián. Debía encontrarse el monje adecuado para llevarlas a cabo.

El Gran Maestro convocó a todos los discípulos del monasterio para determinar quién ocuparía el honroso puesto de guardián.

El Maestro, con mucha tranquilidad y calma, colocó una magnifica mesita en el centro de la enorme sala en la que estaban reunidos y encima de esta, colocó un exquisito jarrón de porcelana, y en él, una rosa amarilla de extraordinaria belleza y dijo:

―He aquí el problema. Asumirá el puesto de Honorable Guardián de nuestro monasterio el primer monje que lo resuelva.

Todos quedaron asombrados mirando aquella escena: Un jarrón de gran valor y belleza, con una maravillosa flor en el centro.

Los monjes se quedaron como petrificados en el más respetuoso silencio, hundidos en sus interrogantes internas…

¿Qué representaría ese bello jarrón con flores? ¿Qué hacer con él? ¿Cuál podría ser el enigma encerrado de tan delicada belleza? ¿Simbolizaría acaso las tentaciones del mundo? ¿Podría ser algo tan simple como que necesitara agua la flor?

Eran tantas preguntas…

En un momento determinado, uno de los discípulos sacó una espada, miró al Gran Maestro y a todos sus compañeros, se dirigió al centro de la sala y … ¡zas! Destruyó todo de un solo golpe.

Tan pronto el discípulo retornó a su lugar, el Gran Maestro dijo:

―Alguien se ha atrevido no solo a dar solución al problema, sino a eliminarlo. Honremos a nuestro Guardián del Monasterio."

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Cita de Søren Kierkegaard

Cita de Søren Kierkegaard

¡Qué irónico es que precisamente por medio del lenguaje, un hombre pueda degradarse por debajo de lo que no tiene lenguaje!

Søren Kierkegaard

Biografía



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Cuento popular - "El cántaro roto"

En una pequeña aldea situada en pleno desierto, vivía un hombre que cada mañana traía agua desde un manantial ubicado a unos pocos kilómetros de distancia.

Colocaba dos grandes cántaros a ambos lados de una gruesa barra de madera que, a su vez, apoyaba en sus hombros. Y así, con la alegría en el cuerpo y una sonrisa en el alma, comenzaba un camino que siempre era el mismo.

Tardaba más o menos una hora en llegar hasta el manantial. Una vez allí, se sentaba un rato a descansar y después llenaba los dos cántaros para iniciar el regreso.

Aunque eran parecidos, había una diferencia importante entre ambos recipientes. Uno cumplía a la perfección su trabajo, pues mantenía toda su agua intacta durante el trayecto. En cambio, el otro, debido a una pequeña herida en uno de sus costados, iba perdiendo agua durante el regreso; tanta que, al llegar de nuevo a la aldea, había perdido la mitad de su contenido.

Este último cántaro, conforme pasaban los días, se sentía cada vez más y más triste, pues sabía que no estaba cumpliendo con su trabajo. Y aun así no entendía por qué su dueño no lo arreglaba o, directamente, lo sustituía por otro. «Quizás», pensaba, «esté esperando el momento en que me rompa totalmente para cambiarme por uno más nuevo».

Y así pasaban los días, y las semanas, y los meses, y sobre todo, los pensamientos de un cántaro que cada día se sentía menos útil.

Llegó el día en que ya no pudo aguantar más y, aprovechando que el aguador lo abrazaba entre sus manos para llenarlo de agua, se dirigió a él:

—Me siento culpable por hacerte perder tiempo y esfuerzo. Te pido que me abandones y me cambies por otro más nuevo, pues ya ves que soy incapaz de servirte como debiera.

—¿Qué? —contestó el aguador, extrañado—. No te entiendo, ¿por qué dices que no me sirves?

—Acaso no te has dado cuenta de que estoy roto y voy perdiendo la mitad del agua durante el camino de vuelta.

El aguador, conmovido, mostró una pequeña sonrisa, lo abrazó junto a su pecho y le dijo en voz baja:

—No eres mejor ni peor, simplemente eres diferente y justamente por eso te necesito.

El cántaro no entendía nada.

—Mira, vamos a hacer una cosa —le contestó el aguador—. Hoy, durante el trayecto de vuelta, quiero que te fijes bien a qué lado del camino crecen flores.

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Emilia Pardo Bazán

"El mundo es un conjunto de ojos, oídos y bocas que se cierran para lo bueno y se abren para lo malo gustosísimas".

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Yo soy yo

Yo soy yo y mis putos problemas, y si no los resuelvo a ellos, yo no tengo solución.

De los famosos pensadores Ortega y Gasset.

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Fragmento - Buscando a Alaska

“Las personas fueron creadas para ser amadas. Las cosas fueron creadas para ser usadas.

La razón por la que el mundo está en caos, es porque las cosas están siendo amadas y las personas están siendo usadas.”

John Green, “Buscando a Alaska” (2005)

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Luces de bohemia, de Valle Inclán

MAX: ¡Es horrible!

EL PRESO: Van a matarme... ¿Qué dirá mañana esa Prensa canalla?

MAX: Lo que le manden.

EL PRESO: ¿Está usted llorando?

MAX: De impotencia y de rabia. Abracemonos, hermano.

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menéame