Lo único bueno que tienen las fronteras son los pasos clandestinos.
"El lápiz del carpintero" (1998).

Hay tantos mundos distintos,
tantos soles diferentes.
Y solo tenemos un mundo,
pero vivimos en diferentes.
Mark Knopfler (Dire Straits)
"La idea de que la gente abandonará sus creencias irracionales ante la solidez de la evidencia presentada ante ella es en sí misma una creencia irracional, no apoyada por la evidencia".
“Son demasiadas las personas que se sienten infelices y que no toman la iniciativa de cambiar su situación porque se las ha condicionado para que acepten una vida basada en la estabilidad, las convenciones y el conformismo.”
Jon Krakauer, “Hacia rutas salvajes” (1996)
“Todos somos iguales, dijo un banquero a otro”.
Atribuida a Pablo Castellano Cardalliaguet
El hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir la verdad dentro de él y por tanto pierde todo respeto por sí mismo y por los demás.
Fiodor Dostoievski
Un rey muy poderoso, que un día se aburría, convocó a un derviche y le pidió que le contara una historia.
- Majestad – respondió el derviche – le contaré la historia de un rey que fue el más generoso de todos los tiempos, porque si os parecéis a él seréis ciertamente el más grande de todos los reyes vivos.
Se sintió crecer una gran tensión entre los que escuchaban este intercambio de palabras, porque nadie hablaba así al rey. Era costumbre regalarle los oídos diciéndole que ya era el más grandioso rey vivo, porque por su puesto poseía las más grandes cualidades en un grado nunca igualado.
- Cuéntame esa historia – replicó el rey, visiblemente enfadado – pero ten mucho cuidado, porque si tu historia no está a la altura de tus palabras se te cortará la cabeza por haber calumniado a tu rey.
El derviche, sin dejarse intimidar lo más mínimo, contó entonces la larga historia de un rey que sacrificó su reino e incluso su propia persona para que nunca nadie pudiera sufrir por su causa.
Después de escuchar esta historia, que le había cautivado, el rey olvidó sus amenazas y declaró:
- He aquí un excelente cuento, derviche, del que sabré sacar buen provecho. Tú no puedes sacar partido de él porque no posees nada y no tienes nada para dar. Has renunciado a todo y no esperas nada más de esta vida. Pero yo, yo soy un rey, rico y poderoso, y verás que puedo mostrarme el más generoso de todos, más de lo que jamás podrías imaginar. Sígueme y mira bien lo que voy a hacer.
El rey se fue a lo alto de una colina que podía verse desde toda la ciudad y convocó allí a sus mejores arquitectos, ordenándoles construir una inmensa edificación compuesta por una gran sala central rodeada por un muro con cuarenta ventanas. Después ordenó que se trasladara una parte importante de su tesoro al interior de este edificio. Todos los medios de transporte fueron movilizados para transportar montones de piezas de oro, lo que llevó mucho tiempo.
Una vez que todo estuvo listo, el rey hizo anunciar por todo el reino que cada día él aparecería en cada ventana con el fin de distribuir sus riquezas entre los indigentes del reino.
Rápidamente la noticia se extendió, y cada día los necesitados se presentaban alrededor de las numerosas ventanas para recibir algunas monedas de oro de las manos del soberano.
Al cabo de varios días, el rey reparó en la jugada de un hombre, claramente un derviche, que cada día venía, cogía una pieza de oro y después se iba, sin siquiera dar las gracias al rey, al contrario que los demás mendigantes.
El rey se sorprendió de ver a tal hombre venir así para coger piezas de oro. Al principio, encontró buenas razones, diciéndose que era sin duda para distribuir aquellas piezas a algunos pobres, que era una forma de caridad. Pero la sospecha fue tejiendo lentamente su red, y al final de una cuarentena de días, su paciencia al límite, el rey se irritó abiertamente de este jueguecito e interpeló al derviche:
- ¡Especie de ingrato! ¿No sabes dar las gracias por lo que hago? ¿No puedes inclinarte como los otros? Vienes día tras día a recibir una pieza de oro, ¿no podrías por lo menos sonreír como signo de agradecimiento? ¿Hasta cuándo va a durar esto? ¿Es que por casualidad te aprovechas de mi generosidad para hacerte rico, o para practicar la usura? ¡Tu comportamiento no es digno de un derviche! ¡Llevas ese atuendo remendado para engañarnos mejor!
En cuanto hubo pronunciado esas palabras, el derviche sacó las cuarenta piezas de oro de su bolsa y las tiró a los pies del rey:
- ¡Recupera tu oro, rey generoso! Y sabed que la generosidad no tiene sentido sin tres condiciones.
Dar sin experimentar el sentimiento de ser generoso.
Dar sin esperar nada a cambio.
Dar sin dudar nunca de nadie.
¿Sabrás tú, jamás, ser generoso?
Cuento sufí
¿Esperamos siempre algo a cambio?
"Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar: es realmente un idiota".
Groucho Marx
“Hay culturas periféricas donde el ser algo es más importante que el tener algo. Mientras que aquí no se es más que lo que se tiene y el que no tiene, no es”.
José Luis Sampedro
Escribe tus tiempos tristes en la arena.Escribe tus tiempos buenos en la piedra.George Bernard Shaw(1856-1950) dramaturgo irlandés
"Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano".
Atribuida a George Orwell
"Necesito unos zapatos nuevos urgentemente, los que tengo me llevan siempre a los mismos sitios".
Karmelo C. Iribarren, Diario de K (2014)
“…siguió evocando hasta el amanecer las excelencias del marido, sin reprocharle otra deslealtad que la de haberse muerto sin ella, y redimida por la certidumbre de que nunca había sido tan suyo como lo era entonces, dentro de un cajón clavado con doce clavos de tres pulgadas, y a dos metros debajo de la tierra.
—Soy feliz —dijo— porque solo ahora sé con seguridad dónde está cuando no está en la casa.”
Gabriel García Márquez, ”El amor en los tiempos del cólera” (1985)
Cuenta una antigua alegoría judía, que una vez un hombre muy rico fue a pedirle un consejo a un rabino.
El rabino le tomó la mano, lo acercó a la ventana y le dijo:
-Mira.
El rico miró por la ventana a la calle.
El rabino le preguntó:
-¿Qué ves?
El hombre le respondió:
-Veo gente.
El rabino volvió a tomarlo de la mano y lo llevó ante un espejo y le dijo:
-¿Qué ves ahora?
El rico le respondió:
-Ahora me veo yo.
-¿Entiendes?, dijo el rabino. En la ventana hay vidrio y en el espejo hay vidrio, pero el vidrio del espejo tiene un poco de plata y cuando hay un poco de plata, uno deja de ver gente y comienza a verse solo a sí mismo.
Anónimo
“Las guerras no tienen memoria y nadie se atreve a comprenderlas hasta que ya no quedan voces para contar lo que pasó, hasta que llega el momento en que no se las reconoce y regresan, con otra cara y otro nombre, a devorar lo que dejaron atrás.”
Carlos Ruiz Zafón, “La sombra del viento” (2001)
¿Cuál es el sentido de ser capaz de perdonar si, muy dentro de ti, tienes que admitir que no eres capaz de olvidar?
Atribuida a Jodi Picoult.
Sofocles
Todo necio confunde valor y precio.
Atribuida a Antonio Machado
“Yo no puedo decir si hay Dios o no. Creo que no, pero no tengo seguridad. Ahora, tengo la seguridad de que el Dios que nos vende el Vaticano es falso, y lo compruebo leyendo la Biblia con la razón y no con la fe. Cuando creemos lo que no vemos, acabamos por no ver lo que tenemos delante.“
José Luis Sampedro
Existía, en un país muy lejano, un rey que no era capaz de mantener el equilibrio entre la alegría y la tristeza. Cuando algo bueno le sucedía, no cabía en sí de gozo, lo celebraba por todo lo alto y de forma incluso desmedida; pero, en cambio, cuando algo malo ocurría, se deprimía tanto que podía pasar varios días en cama.
Harto de esta situación, prometió mil monedas de oro a aquella persona capaz de fabricar un anillo que le ayudara a tolerar mejor las malas situaciones y a no celebrar de forma tan exagerada las buenas. Un anillo para encontrar el equilibrio en sus emociones.
Durante semanas fueron pasando por palacio todo tipo de personas: famosos joyeros, magos, hechiceros, artesanos… Todos ellos le trajeron centenares de anillos distintos: fundidos en oro, en plata, con piedras preciosas, de distintas formas y colores… pero ninguno de ellos era capaz de proporcionar al rey el equilibrio que necesitaba.
Cuando habían pasado ya casi dos meses y todos se habían dado por vencidos, llegó al reino un viajero que solicitó audiencia.
—¿Qué deseáis? —le preguntaron los guardias.
—Quiero ver a su majestad, pues tengo el anillo que ha estado buscando durante todo este tiempo.
Extrañados, le comunicaron la noticia al rey y este finalmente aceptó.
Aquel viajero entró en palacio ante la mirada de todos los cortesanos. Avanzó lentamente hasta el trono, y, con una voz suave, dijo:
—Majestad, tengo aquí el anillo que necesita. A mí me ha servido desde hace años para mantener el equilibrio en todo momento. Cada vez que me encontraba muy triste o muy alegre, lo observaba durante unos minutos.
Lentamente se lo quitó para dárselo al rey.
Este, nada más cogerlo, se dio cuenta de que era un simple anillo de bronce, sin ningún valor económico aparente y sin ninguna característica especial hasta que, de pronto, se quedó mirando las tres palabras que había escritas en su superficie. Las leyó, sonrió y se lo puso.
—Gracias, viajero, este es justo el anillo que necesito.
Y dirigiéndose a todos los cortesanos exclamó:
—Este hombre ha traído el anillo que tanto tiempo he estado buscando. Un simple anillo de bronce, un anillo que tiene tres palabras escritas, las mismas tres palabras que quiero que a partir de ahora se incluyan en mi escudo real: «Esto también pasará».
Adaptación de Eloy Moreno de cuento sufí.
(Dedicado a un buen usuario y mejor persona que nos lee y nos acompaña en silencio.)
"Una mentira puede dar la vuelta al mundo mientras la verdad aún se está poniendo los zapatos".
Atribuida a Charles Spurgeon, 1834 - 1892

Había una vez seis hindúes ciegos de saber que quisieron conocer qué era un elefante. Como no podían ver, quisieron averiguarlo a través del tacto.
El primero en indagar, llegó junto al elefante y se chocó con su duro lomo y dijo: “Es duro y liso como una pared”.
El segundo, tocó el colmillo, y gritó: “Ya veo, el elefante es tan agudo como una lanza”.
El tercer hombre tocó la trompa y dijo: “Ya sé, el elefante es como una serpiente”.
El cuarto tocó su rodilla y dijo: “Veo que el elefante es como un árbol”.
El quinto sabio se acercó a la oreja y dijo: “El elefante es como un abanico”.
Finalmente, el sexto tocó la cola del animal y dijo: “está claro que el elefante es como una soga”.
Así es como los sabios comenzaron a discutir y pelearse por ver quién estaba en lo cierto. Cada uno con su propia opinión, y todos tenían parte de razón, pero solo conocían un fragmento de la realidad.
Cuento atribuido a un sufí persa del siglo XIII conocido como Rumi
(Reflexionar acerca de la incapacidad de los seres humanos para comprender todos los planos de la realidad y una enseñanza acerca de la riqueza que supone tener diferentes perspectivas sobre un mismo asunto.)
menéame