Un hombre ya muy mayor, al ver que no podía valerse por sí mismo, decidió irse a vivir con la familia de su hijo.
Los años habían pasado y su vista estaba muy cansada, caminaba muy lentamente y en muchas ocasiones le temblaba todo el cuerpo.
Pero el gran problema venía cuando toda la familia se sentaba a la mesa, pues a él le costaba masticar y eso le obligaba a hacer mucho ruido cuando tenía la comida en la boca. Además, al coger los cubiertos con sus manos temblorosas, muchas de las veces se le caían al suelo, tiraba la sopa o derramaba toda el agua del vaso.
El pobre hombre se sentía tan inútil... sobre todo cuando pensaba en lo fuerte y ágil que había sido de joven, en todas las cosas que había conseguido hacer. No le gustaba nada ser tan dependiente de los demás, pero no podía hacer otra cosa.
Un día, su nuera, convenció a su marido de que no comiera con ellos.
-¡Ya no lo soporto más! -le dijo-, siempre hay comida por el suelo, se moja la ropa, no deja de tirar cubiertos... y además, mastica tan lento, que al final si decidimos esperarlo siempre llegamos tarde al trabajo.
Finalmente, tras las continuas quejas de su mujer, el hijo del anciano decidió ponerle una pequeña mesa en otro cuarto y comprarle un tazón de madera.
Así, pensó, instalado en otra habitación ya podrá comer a su ritmo, y con el tazón de madera ya no pasará nada si se le cae al suelo, puesk este no se romperá y no habrá que estar recogiendo los trozos.
Así pues, a los pocos días, el anciano comenzó a comer solo en eblotro cuarto.
Aunque él no hablaba, sus ojos lo decían todo, pues de vez en cuando miraba a su hijo y se le saltaban las lágrimas.
De hecho, a partir de aquel momento comenzó a comer menos, no solo porque le costara más, sino por la tristeza de verse allí solo, apartado de su hijo, de su nuera y, sobre todo, de su nieto.
La familia intentaba mirar hacia otro lado como si no pasara nada y el único que de vez en cuando preguntaba por el abuelo era e lnieto.
Pero las respuestas eran todas muy prácticas: así está mejor, come a su ritmo, no se pone nervioso...
Fueron pasando las semanas hasta que un día, los padres vieron como su hijo llevaba toda la tarde jugando con dos trozos de madera, los había estado modelando a base de golpearlos aquí y allí.
-Vaya, ¿qué es eso? -le preguntaron.
-Esto es para vosotros.
-¿Ah, sí?
-Sí, estos son los dos tazones donde vosotros comeréis cuando yo tenga mi familia y seáis mayores. Y así, yo estaré en el comedor y vosotros podréis estar en ese rincón donde ahora come el abuelo. A partir de aquel momento volvieron a comer todos juntos.
Cuento zen

El patriotismo es el último refugio de los canallas.
Samuel Johnson
En una ocasión un hombre vino a Buda y le escupió en la cara. Sus discípulos, por supuesto estaban enfurecidos.
Ananda, el discípulo más cercano, dirigiéndose a Buda dijo: ¡Esto pasa de la raya! Y estaba rojo de ira y prosiguió: ¡Dame permiso! ¡Para que le enseñe a este hombre lo que acaba de hacer!
Buda se limpió la cara y dijo al hombre: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.
Has creado, una situación, un contexto, en el que he podido comprobar si todavía puede invadirme la ira o no, y no puede, y te estoy tremendamente agradecido, y también has creado un contexto para mis discípulos, principalmente para Ananda, mi discípulo más cercano.
Esto le permite ver que todavía puede invadirle la ira ¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! Y siempre estás invitado a venir. Por favor, siempre que sientas el imperioso deseo de escupirle a alguien, puedes venir con nosotros.
Fue una conmoción tal para aquel hombre… No podía dar crédito a sus oídos, no podía creer lo que estaba sucediendo, había venido a provocar la ira de Buda, y había fracasado.
Aquella noche no pudo dormir, estuvo dando vueltas en la cama, los pensamientos le perseguían continuamente: El escupir a Buda, una de las cosas más insultantes, y que el Buda permaneciese tan sereno, tan en calma como lo había estado antes, como si no hubiese pasado nada…
El que Buda se limpiase la cara y dijera: “GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, cuando sientas ganas de escupir a alguien, por favor ven a nosotros”, se acordaba una y otra vez…
Aquella cara tranquila, serena, aquellos ojos compasivos, y cuando Buda le dio las gracias, no fue una formalidad, le estaba verdaderamente agradecido, todo su ser le decía que estaba agradecido, Buda desprendía una atmósfera de agradecimiento.
A la mañana siguiente, muy temprano, volvió precipitado, se postró a los pies de Buda y dijo: Por favor, perdóname, no he podido dormir en toda la noche.
Buda respondió, no tiene la menor importancia, no pidas perdón por algo que ya no tiene existencia.
¡Ha pasado tanta agua por el río Ganges! Mira, ¡discurre tanta agua a cada momento! Han pasado 24 horas, ¿por qué cargas con algo que ya no existe?, ¡no pienses más en ello!
Y, además, yo no te puedo perdonar, porque, en primer lugar, nunca llegué a enojarme contigo, si me hubiera enojado te podría perdonar, guarda la experiencia y aprende profundamente de estos hechos y del agradecimiento.
Sé agradecido con todos. Agradece, agradece, agradece con aquellos que te han ayudado, con aquellos que te han puesto obstáculos, ellos son verdaderos maestros, todo lo que te disgusta refleja tu ego… Todos los que han sido indiferentes contigo. Sé agradecido con todos, porque todos juntos están creando el contexto en el que nacen los budas, en el que tú puedes convertirte en Buda.
Buda, Nepal, siglo sexto (500) A.C.
Cuando, por las tardes, el gurú se sentaba para las prácticas del culto, siempre andaba por ahí el gato del ashram distrayendo a los fieles. De manera que ordenó que ataran al gato durante el culto de la tarde.
Mucho tiempo después de haber muerto el gurú, seguían atando al gato durante el referido culto. Y cuando el gato murió, llevaron otro para atarlo durante el culto vespertino.
Siglos más tarde, los discípulos del gurú escribieron doctos tratados acerca del importante papel que desempeña el gato en la realización de un culto como es debido.
Cuento sufí
“Una buena acción es aquella que en sí tiene bondad y que exige fuerza para realizarla”.
Montesquie
Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.
—Es horrible lo que piensan y escriben —exclamó.
—No todos —dijo un ermitaño desde la entrada de su cueva, y repitió las parábolas que inspiró san Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.
—¿Dónde está ese santo?
—En el cielo.
—¿En el cielo hay lobos?
El ermitaño no pudo contestar.
—¿Y tú qué haces? —preguntó el lobo intrigado por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño en su duro aislamiento. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.
—Y cuando mueras, ¿irás al cielo? —preguntó el lobo conmovido, alegre de ir entendiendo el bien y el mal.
—Hago por merecer el cielo —dijo apaciblemente el ermitaño.
—Si fueras mártir, ¿irías al cielo?
—En el cielo están todos los mártires.
El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humanos. Recordó entonces sus mandíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño. Al terminar, se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.
Manuel Mejía Vallejo

Un día, en un colegio, una maestra repartió una hoja de papel a cada alumno y les pidió que respondieran a la siguiente pregunta: ¿Cuál es la longitud exacta de la clase en la que estamos?
Los alumnos se sorprendieron al leer aquella pregunta tan extraña, pero todos comenzaron a hacer sus cálculos.
A los diez minutos la profesora recogió todos los papeles y comenzó a mirarlos.
La mayoría de alumnos habían escrito una cifra de entre 6 y 8 metros, algunos incluso lo habían acompañado con un “aproximadamente”.
-Bueno -dijo la maestra-, ninguno de vosotros ha contestado correctamente a la pregunta y eso que, en realidad, todos podríais haberlo hecho.
En este caso era fácil, la respuesta correcta era: no lo sé.
Cuento popular, “Cuentos para entender el mundo”
«Esta tierra es vuestra y debeis defenderla. Sino lo haceis dejará de serlo muy pronto. Defenderla con vuestra vida y vuestros hijos con la suya, no menosprecieis a vuestros enemigos, porque volveran , si queman vuestra casa, construid otra, si destruyen la cosecha plantad de nuevo, si vuestros hijos mueren haced mas, si os echan de los valles vivir en las laderas de las montañas, pero vivir, siempre habeis buscado jefes, hombres fuertes y sin tacha ¡pero no los hay! sólo hay hombres como vosotros, ¡cambian! ¡abandonan! Mueren, Los únicos jefes sois vosotros mismos, un pueblo que sabe ser fuerte es igual que una fortaleza inconquistable».
"Brindemos por los locos, por los inadaptados, por los rebeldes, por los alborotadores, por los que no encajan, por los que ven las cosas de una manera diferente. No les gustan las reglas y no respetan el statu-quo. Los puedes citar, no estar de acuerdo con ellos, glorificarlos o vilipendiarlos. Pero lo que no puedes hacer es ignorarlos. Porque cambian las cosas. Empujan adelante la raza humana. Mientras algunos los ven como locos, los vemos como genios. Porque las personas que se creen tan locas como para pensar que puedan cambiar el mundo, son las que lo hacen..."
Jack Kerouac
Dos hombres, seriamente enfermos, ocupaban la misma habitación en el hospital. A uno de ellos se le permitía estar sentado una hora todas las tardes para que los pulmones drenaran sus fluidos. Su cama daba a la única ventana de la habitación.
El otro hombre tenía que estar tumbado todo el tiempo. Los dos se hablaban mucho. De sus mujeres y familiares, de sus casas, trabajos, el servicio militar, dónde habían estado de vacaciones.
Y todas las tardes el hombre que se podía sentar frente a la ventana, se pasaba el tiempo describiendo a su compañero lo qué veía por la ventana. Éste, solamente vivía para esos momentos donde su mundo se expandía por toda la actividad y color del mundo exterior.
La ventana daba a un parque con un bonito lago. Patos y cisnes jugaban en el agua mientras los niños capitaneaban sus barcos teledirigidos. Jóvenes amantes andaban cogidos de la mano entre flores de cada color del arco iris. Grandes y ancestros árboles embellecían el paisaje, y una fina línea del cielo sobre la ciudad se podía ver en la lejanía.
Mientras el hombre de la ventana describía todo esto con exquisito detalle, el hombre al otro lado de la habitación cerraba sus ojos e imaginaba la pictórica escena.
Una cálida tarde el hombre de la ventana describió un desfile en la calle. Aunque el otro hombre no podía oír la banda de música- se la imaginaba conforme el otro le iba narrando todo con pelos y señales. Los días y las semanas pasaron.
Una mañana, la enfermera entró para encontrase el cuerpo sin vida del hombre al lado de la ventana, el cual había muerto tranquilamente mientras dormía.
Se puso muy triste y llamó al doctor para que se llevaran el cuerpo.
Tan pronto como consideró apropiado, el otro hombre preguntó si se podía trasladar al lado de la ventana.
La enfermera aceptó gustosamente, y después de asegurarse de que el hombre estaba cómodo, le dejó solo.
Lentamente, dolorosamente, se apoyó sobre un codo para echar su primer vistazo fuera de la ventana. Finalmente tendría la posibilidad de verlo todo con sus propios ojos.
Se retorció lentamente para mirar fuera de la ventana que estaba al lado de la cama. Daba a un enorme muro blanco. El hombre preguntó a la enfermera qué había pretendido el difunto compañero contándole aquel maravilloso mundo exterior.
Y ella dijo: - Quizás sólo quería animarle.
Cuento anónimo (que yo sepa)
Cuando los hombres se arriendan a sí mismos para disparar contra otros hombres siguiendo ordenes, sin cuestionar la justicia de su causa, no me importa si a su vez disparan contra ellos.
Herbert Spencer, Segunda Guerra Afgana (1878-1880).
Unos años después de mi llegada, Ruth Tunnicliffe se unió al grupo y demostró ser una bacterióloga realmente eminente, con un éxito tan brillante como el que puede tener una mujer en ese campo. Esto significa que podía ser miembro de cualquier sociedad científica que eligiera, podía leer artículos y publicarlos, y ganarse el respeto de sus colegas tan bien como si fuera un hombre, pero no podía esperar obtener un puesto de relevancia alguna en una facultad de medicina. Recuerdo que la llevé a ver al director de un departamento de patología en una facultad de medicina donde la cátedra de bacteriología estaba vacante. El patólogo la recibió con cordialidad y respeto, y juntos conversaron un rato sobre su trabajo, luego habló de la vacante en la facultad de medicina y repasó con ella las calificaciones de los diferentes candidatos que estaban siendo considerados. Si ella hubiera sido un hombre, casi con certeza habría sido elegida, pero a él ni siquiera se le ocurrió pensar en ella.
Exploring the Dangerous Trades - The Autobiography of Alice Hamilton, M.D. [1943]
A few years after my arrival Ruth Tunnicliffe joined the group and proved herself a really eminent bacteriologist, with as brilliant success as a woman can have in that field. This means that she could be a member of any scientific society she chose, could read papers and publish them, and win the respect of her colleagues quite as well as if she were a man, but she could not hope to gain a position of any importance in a medical school. I remember taking her to see the head of a department of pathology in a medical school where the chair of bacteriology was vacant. The pathologist received her with cordiality and respect and together they discussed their work for some time, then he spoke of the vacancy in the medical school and went over with her the qualifications of the different candidates who were being considered. Had she been a man she would almost certainly have been chosen, but it never occurred to him even to consider her.
Exploring the Dangerous Trades - The Autobiography of Alice Hamilton, M.D. [1943]
“La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse”.

“El silencio nunca se manifiesta con tanta superioridad como cuando se emplea como réplica a la calumnia y a la difamación”.

Es solo por su estupidez que algunos pueden estar tan seguros de sí mismos.
Franz Kafka, El proceso.
"Ustedes tienen los relojes, nosotros tenemos el tiempo".
El Salvaje movió la cabeza.
– A mí todo esto me parece horrendo.
– Claro que lo es. La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.
– Supongo que no – dijo el Salvaje, después de un silencio -. Pero ¿es preciso llegar a cosas tan horribles como esos mellizos? ¡Son horribles!
– Pero muy útiles. Ya veo que no le gustan nuestros Grupos de Bokanovski; pero le aseguro que son los cimientos sobre los cuales descansa todo lo demás. Son el giróscopo que estabiliza el avión cohete del Estado en su incontenible carrera.
– Más de una vez me he preguntado – dijo el Salvaje – por qué producen seres como éstos, siendo así que pueden fabricarlos a su gusto en esos espantosos frascos. ¿Por qué, si se puede conseguir, no se limitan a fabricar Alfas-Doble-Más?
Mustafá Mond se echó a reír.
– Porque no queremos que nos rebanen el pescuezo – contestó -. Nosotros creemos en la felicidad y la estabilidad. Una sociedad de Alfas no podría menos de ser inestable y desdichada. Imagine una fábrica cuyo personal estuviese constituido íntegramente por Alfas, es decir, por seres individuales no relacionados de modo que sean capaces, dentro de ciertos límites, de elegir y asumir responsabilidad. ¡Imagíneselo! – repitió.
El Salvaje intentó imaginarlo, pero no pudo conseguirlo.
– Es un absurdo. Un hombre decantado como Alfa, condicionado como Alfa, se volvería loco si tuviera que hacer el trabajo de un semienano Epsilon; o se volvería loco o empezaría a destrozarlo todo. Los Alfas pueden ser socializados totalmente, pero sólo a condición de que se les confíe un trabajo propio de los Alfas. Sólo de un Epsilon puede esperarse que haga sacrificios Epsilon, por la sencilla razón de que para él no son sacrificios; se hallan en la línea de menor resistencia. Su condicionamiento ha tendido unos raíles por los cuales debe correr. No puede evitarlo; está condenado a ello de antemano. Aún después de su decantación permanece dentro de un frasco: un frasco invisible, de fijaciones infantiles y embrionarias. Claro que todos nosotros – prosiguió el Interventor, meditabundo – vivimos en el interior de un frasco. Mas para los Alfas, los frascos, relativamente hablando, son enormes. Nosotros sufriríamos horriblemente si fuésemos confinados en un espacio más estrecho. No se puede verter sucedáneo de champaña de las clases altas en los frascos de las castas bajas. Ello es evidente, ya en teoría. Pero, además, fue comprobado en la práctica. El resultado del experimento de Chipre fue concluyente.
– ¿En qué consistió? – preguntó el Salvaje.
Mustafá Mond sonrió.
– Bueno, si usted quiere, puede llamarlo un experimento de reenvasado. Se inició en el año 73 d.F. Los Interventores limpiaron la isla de Chipre de todos sus habitantes anteriores y la colonizaron de nuevo con una hornada especialmente preparada de veintidós mil Alfas. Se les otorgó toda clase de utillaje agrícola e industrial y se les dejó que se las arreglaran por sí mismos. El resultado cumplió exactamente todas las previsiones teóricas. La tierra no fue trabajada como se debía; había huelgas en las fábricas, las leyes no se cumplían, las órdenes no se obedecían; las personas destinadas a trabajos inferiores intrigaban constantemente por conseguir altos empleos, y las que ocupaban estos cargos intrigaban a su vez para mantenerse en ellos a toda costa. Al cabo de seis años se enzarzaron en una auténtica guerra civil. Cuando ya habían muerto diecinueve mil de los veintidós mil habitantes, los supervivientes, unánimemente, pidieron a los Interventores Mundiales que volvieran a asumir el gobierno de la isla, cosa que éstos hicieron. Y así acabó la única sociedad de Alfas que ha existido en el mundo.
El Salvaje suspiró profundamente.
– La población óptima – dijo Mustafá Mond – es la que se parece a los icebergs: ocho novenas partes por debajo de la línea de flotación, y una novena parte por encima.
– ¿Y son felices los que se encuentran por debajo de la línea de flotación?
– Más felices que los que se encuentran por encima de ella. Más felices que sus dos amigos, por ejemplo.
Y señalo a Helmholtz y a Bernard.
– ¿A pesar de su horrible trabajo?
– ¿Horrible? A ellos no se lo parece. Al contrario, les gusta. Es ligero, sencillo, infantil. Siete horas y media de trabajo suave, que no agota, y después la ración de soma, los juegos, la copulación sin restricciones y el sensorama. ¿Qué más pueden pedir? Sí, ciertamente – agregó -, pueden pedir menos horas de trabajo. Y, desde luego, podríamos concedérselo. Técnicamente, sería muy fácil reducir la jornada de los trabajadores de castas inferiores a tres o cuatro horas. Pero ¿serían más felices así? No, no lo serían. El experimento se llevó a cabo hace más de siglo y medio. En toda Irlanda se implantó la jornada de cuatro horas. ¿Cuál fue el resultado? Inquietud y un gran aumento en el consumo de soma; nada más. Aquellas tres horas y media extras de ocio no resultaron, ni mucho menos, una fuente de felicidad; la gente se sentía inducida a tomarse vacaciones para librarse de ellas. La Oficina de Inventos está atestada de planes para implantar métodos de reducción y ahorro de trabajo. Miles de ellos. – Mustafá hizo un amplio ademán -. ¿Por qué no los ponemos en obra? Por el bien de los trabajadores; sería una crueldad atormentarles con más horas de asueto. Lo mismo ocurre con la agricultura. Si quisiéramos, podríamos producir sintéticamente todos los comestibles. Pero no queremos. Preferimos mantener a un tercio de la población a base de lo que producen los campos. Por su propio bien, porque ocupa más tiempo extraer productos comestibles del campo que de una fábrica. Además, debemos pensar en nuestra estabilidad. No deseamos cambios. Todo cambio constituye una amenaza para la estabilidad. Ésta es otra razón por la cual somos tan remisos en aplicar nuevos inventos. Todo descubrimiento de las ciencias puras es potencialmente subversivo; incluso hasta a la ciencia debemos tratar a veces como un enemigo. Sí, hasta a la ciencia.
– ¿Cómo? – dijo Helmholtz, asombrado -. ¡Pero si constantemente decimos que la ciencia lo es todo! ¡Si es un axioma hipnopédico!
– Tres veces por semana entre los trece años y los diecisiete – dijo Bernard.
– Y toda la propaganda en favor de la ciencia que hacemos en la Escuela…
– Sí, pero ¿qué clase de ciencia? – preguntó Mustafá Mond, con sarcasmo -. Ustedes no tienen una formación científica, y, por consiguiente, no pueden juzgar. Yo, en mis tiempos, fui un físico muy bueno. Demasiado bueno: lo bastante para comprender que toda nuestra ciencia no es más que un libro de cocina, con una teoría ortodoxa sobre el arte de cocinar que nadie puede poner en duda, y una lista de recetas a la cual no debe añadirse ni una sola sin un permiso especial del jefe de cocina. Yo soy actualmente el jefe de cocina. Pero antes fui un joven e inquisitivo pinche de cocina. Y empecé a hacer algunos guisados por mi propia cuenta. Cocina heterodoxa, cocina ilícita. En realidad, un poco de auténtica ciencia.
Mustafá Mond guardó silencio.
– ¿Y qué pasó? – preguntó Helmholtz Watson.
El Interventor suspiró.
– Casi me ocurrió lo que va a ocurrirles a ustedes, jovencitos. Poco faltó para que me enviaran a una isla.
Aldous Huxley
"Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, gilipollas, infelices, baqueteados por la vida, desollados, siempre empapados en sudor, os aviso: cuando a los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón.”
Louis-Ferdinand Céline, “Viaje al final de la noche” (1932)

“¿Dioses? Tal vez los haya. Ni lo afirmo ni lo niego, porque no lo sé ni tengo medios para saberlo. Pero sé, porque esto me lo enseña diariamente la vida, que si existen ni se ocupan ni se preocupan de nosotros.”
Epicuro de Samos
Un viejo hombre, ya cercano a los noventa años, llevaba toda la mañana preparando un pequeño trozo de tierra en el jardín de su casa.
Había quitado las malas hierbas, había cercado con unas maderas un trozo de terreno y, con una pequeña pala, estaba cavando varios agujeros en el suelo.
Desde la casa de enfrente, su vecino lo había estado observando desde hacía ya más de una hora. Finalmente, preso de la curiosidad, se acercó para ver lo que hacía.
-Buenos días, vecino -le saludó.
-Buenos días -le contestó mientras abría una bolsa de semillas y las iba depositando en los agujeros.
-¿Qué está usted haciendo?
-Ah, esto... es que voy a plantar unos cuantos manzanos.
Su vecino no pudo contenerse y comenzó a reír a carcajadas.
-Pero, ¿en serio espera llegar a comer las manzanas que den esos árboles?
-Seguramente no -contestó el anciano-, pero toda mi vida he comido manzanas de árboles que no he plantado.
Cuento zen
“No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”.
Simone de Beauvoir
Govinda, el gran predicador Sikh, leía las escrituras sentado en una roca cerca de un torrente.
Raghunath, su rico discípulo, se inclinó ante él y depositó, como ofrendas, dos hermosos brazaletes de oro adornados de piedras preciosas. Govinda cogió un brazalete y lo hizo girar entre sus dedos. De repente la joya resbaló de su mano, rodó por la roca y desapareció en los remolinos de la rápida corriente.
Raghunath lanzó un grito y saltó al torrente. Buscó el brazalete mucho tiempo, mientras Govinda leía las escrituras.
El día se apagaba cuando finalmente el discípulo, cansado y empapado, subió por la orilla.
– Si me pudieses indicar dónde ha caído, – le dijo a su maestro– seguro que podría encontrarlo.
Entonces Govinda cogió el segundo brazalete y lo tiró a los remolinos del agua, mientras decía:
– ¡Ha caído allí!
Rabindranath Tagore
Si los gobiernos están implicados en eso de ocultar lo de las visitas extraterrestres, entonces están haciendo su trabajo mucho mejor de lo que están haciendo con todo lo demás.
– Stephen Hawking -
Un grupo de profesionales, todos triunfadores en sus respectivas carreras, se juntó para visitar a su antiguo profesor.
Pronto la reunión se enfoco acerca del interminable estrés que les producía el trabajo y la vida en general.
El profesor les ofreció café, fue a la cocina y pronto regresó con una cafetera grande y una selección de tazas de lo más selecta: de porcelana, plástico, vidrio, cristal…, unas sencillas y baratas, otras decoradas, unas caras y otras realmente exquisitas.
Tranquilamente les dijo que escogieran una taza y se sirvieran un poco del café recién preparado.
Cuando lo hicieron, el viejo maestro se aclaró la garganta y con mucha calma y paciencia se dirigió al grupo:
-Se habrán dado cuenta de que todas las tazas que lucían bonitas, se terminaron primero y quedaron pocas de las más sencillas y baratas; lo que es natural, ya que cada quien prefiere lo mejor para sí mismo, ésa es realmente la causa de muchos de sus problemas relativos al “Stress”.
Continuó:
-Les aseguro que la taza no le añadió calidad al café, en verdad la taza solamente disfraza o reviste lo que bebemos.
Lo que ustedes querían era el café, no la taza, pero instintivamente buscaron las mejores, después se pusieron a mirar las tazas de los demás.
Ahora piensen en esto: La vida es el café, los trabajos, el dinero, la posición social, etc. son sólo tazas que le dan forma y soporte a la vida, y el tipo de taza que tengamos no define ni cambia realmente la calidad de vida que llevemos.
A menudo, por concentrarnos sólo en la taza dejamos de disfrutar el café.
Anónimo
"Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor"
Ni idea de quien lo dijo pero me resulta sugestiva
“Un científico puede afirmar que su obra no es él mismo, que es pura y simplemente la verdad impersonal. Un artista no puede esconderse detrás de la verdad. No puede esconderse en ninguna parte.”
Ursula K. Le Guin
Un grupo de discípulos le preguntó una vez a su maestro:
-¿De dónde viene el lado negativo de nuestra mente?
El maestro se retiró un momento y enseguida regresó con un gigante lienzo en blanco. En medio del lienzo había un pequeño punto negro.
-¿Qué ven en este lienzo?, preguntó el maestro.
-Un pequeño punto negro, respondieron los discípulos.
El maestro dijo:
-Ese es el origen de la mente negativa. Ninguno de ustedes ve la enorme extensión blanca que lo rodea.
Cuento Zen
menéame