La historia de España no solo se escribió en los despachos y los libros; también se proyectó, a veces clandestinamente, en la penumbra de una sala de cine. Luis García Berlanga solía apuntar, medio en broma y medio en diagnóstico sociológico, que el español era “experto en sobrevivir al caos”. Y quizá por eso él mismo aprendió a moverse con sorprendente soltura en el orden asfixiante del franquismo. Esa paradoja —el cineasta que navega la rigidez desde el desorden— define buena parte de su obra. En aquellos años, mientras los censores buscaban.
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