Lo que observaron es que las pupas obreras enfermas no se limitan a “oler distinto” por efecto del hongo, sino que modifican de forma activa su perfil de hidrocarburos cuticulares como señal. Esto hace que las obreras abran el capullo antes de tiempo, muerden a la pupa y la rocían con sustancias antimicrobianas, lo que termina con la vida del individuo, pero también con la del patógeno, y reduce el riesgo de que la infección se propague por el nido
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