Harlequin ha decidido echarse en los brazos de la inteligencia artificial. Y así, las decenas de traductores que llevaban años trabajando con la editorial acaban de recibir la noticia de que sus contratos en curso serán los últimos. La mítica editorial romántica no está simplemente “probando” la tecnología, sino desmantelando el oficio a sangre fría: donde antes había un traductor con derechos de autor, ahora imponen la figura del “post-editor”, un eufemismo perverso para designar al humano que se limita a limpiar lo que escupe la máquina.