Cuando Frank Woodhull desembarcó en la Isla de Ellis, revisó que su sombrero de ala ancha siguiera bien calado ensombreciendo su rostro y que sus gafas de leer disimularan unos ojos claros delatadores de su miedo. Confiaba en tener suerte y que no fuese uno de los inmigrantes escogidos al azar para hacer un reconocimiento médico exhaustivo.
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