He intentado menear el vídeo original, de un programa de la TV francesa llamado "En Société" emitido hace dos días, pero está sólo para suscriptores. Alguien ha capturado el fragmento relevante del vídeo, lo ha subtitulado en inglés y lo ha puesto en X, pero tampoco se puede menear, así que pongo la transcripción del vídeo (la parte relevante) en castellano. Al final incluiré el enlace al tuit, por si alguien quiere ver el vídeo:
Jueza Laurence Le Vert, instruyó el año pasado el caso de Marine Le Pen por corrupción:
"Me gustaría decir lo que ocurrió en mi oficina.
A petición de la Embajada de EE.UU. en París, recibí a 2 personas enviadas por la Administración Trump, supuestamente para hablar sobre Derechos Humanos, tal y como hago a menudo con diplomáticos de aliados de Francia.
Pero rápidamente la conversación giró hacia el juicio de Marine Le Pen, con la idea de encontrar, conmigo o con otros, elementos que indicaran que era un juicio puramente político para impedir que pudiera ser elegida Presidenta. El objetivo era encontrar pruebas de interferencia.
Me quedé tan sorprendida por lo que me estaban diciendo, por el tono (incluso siendo muy educado), que hice algo que no hago nunca cuando recibo a diplomáticos extranjeros: notifiqué lo ocurrido a la Oficina de Asuntos Exteriores, lo que se dijo en la conversación, entendí que era mi obligación hacerlo. Sé que se lo tomaron en serio."
Después comenta sobre jueces y casos de otros países en los que han sido sancionados por Estados Unidos por no fallar, en esos juicios, en el sentido que Estados Unidos quería.
Enlace al tuit:
Así empieza el post en Twitter con más de 300.000 visualizaciones por Michael A Arouet. El post muestra la variacion de población en Europa dentro de 100 años debido a la caída de la natalidad y otros factores como el cambio climático.

Los extranjeros se están dando cuenta de cual es el futuro del sur de Europa y como las inversiones se van a hundir. De hecho si os fijáis el próximo mundial de fútbol es en EEUU y México otra zona donde el cambio climático va a hacer casi imposible vivir por las altas temperaturas y lo mismo para el mundial de 2030 entre España, Portugal y Marruecos, para vender lo que se pueda y mientras se pueda a los fanáticos del fútbol. A esto se le llama "salida de liquidez".
¡Esto se hunde!
Esta norma ha generado sorpresa en algunos usuarios y conviene explicarla con calma para evitar malentendidos. No está pensada para el uso normal de Menéame ni para quienes participan de buena fe, comentan, votan o simplemente leen. Quien utiliza la plataforma de manera habitual puede estar tranquilo, porque esta medida no va dirigida a él ni le afecta en su experiencia cotidiana.
La norma apunta a un perfil muy concreto y minoritario: usuarios que convierten su relación con la plataforma en un conflicto permanente, que usan comentarios, notas o artículos para hostigar a la administración, a otros usuarios o al propio proyecto, y que alimentan de forma constante un clima de desgaste, sospecha y confrontación, lo que podríamos llamar el «metamenéame» entendido como ruido tóxico y no como crítica legítima. En esos casos, si alguien quiere dedicar tiempo y energía a ese tipo de dinámica, lo razonable es que lo haga desde una posición de compromiso real con el proyecto, es decir, como suscriptor.
La lógica es sencilla. La crítica es legítima y necesaria, pero la intimidación, el acoso o la presión constante no forman parte del contrato implícito de una comunidad abierta. Quien no encaja en ese patrón no tiene nada de qué preocuparse. Quien sí lo hace, sabe perfectamente que esta norma va dirigida a él y ya ha sido advertido. Son muy pocos casos, pero suficientemente persistentes como para que haya sido necesario poner un límite claro.
Esta medida no busca recaudar, castigar ni silenciar opiniones incómodas, sino proteger el funcionamiento diario de la plataforma y a las personas que la sostienen. Si alguien quiere mantener una relación conflictiva y absorbente con Menéame, deberá hacerlo desde una suscripción que implique asumir también responsabilidades. Y si no, siempre tiene la opción de marcharse. No hay más misterio ni doble lectura.
El otro día os lo contaba con una anécdota casi personal, y hoy toca mirarlo un poco más de frente. Al fin y al cabo, el viejo aquel era un nazi, uno reconocido, con años de guerra a sus espaldas y décadas para haber asimildo la derrota, lo que genera siempre más cinismo que sentimientos humanitarios.
Pero el caso es que ahora, un presidente norteamericano ha decidido secuestrar al presidente de otro país y ha dicho, públicamente, que el objetivo es quedarse con los recursos de ese país para que las empresas del suyo hagan buenos negocios. No es una novedad, por supuesto, pero lo que sí es nuevo es que no sienta siquiera la necesidad de justificarse, y más aún la absoluta indiferencia con que se ha acogido esta noticia en la mayor parte del mundo.
Porque salvo cuatro voces contadas, en España, por ejemplo, le importa a todo el mundo un carajo lo que ha pasado. Puedo entender que el tío caía mal, que se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con su legitimidad, pero eso no deja de suponer que el acto ha sido intolerable.
Lo peor del asunto es que los que se oponen no lo hacen mayoritariamente porque crean en la justicia internacional y en la soberanía de los estados. Se oponen porque, de alguna manera, lo consideran uno de los suyos, pero hubiesen estado encantadísimos de que alguien se hubiese llevado a Franco o a Pinochet en un avión, para meterlo en una cárcel extranjera.
Los que nos oponemos a estas cosas, en general, sea quien sea el secuestrado, somos cuatro putos gatos. Esto me parece igual de mal que la detención de Eichmann en Argentina. ¿Cuántos pueden estar conmigo en eso? Casi nadie, lo sé. Y cuando el delito se juzga según la simpatía o antipatía que nos despierta la víctima, estamos listos para el yugo, para la ley de la selva, para regresar a un mundo de horca y cuchillo donde los poderosos hacen lo que quieren y los demás se joden y aplauden.
De momento el aplauso no es obligatorio, peor tampoco falta mucho para eso.
Al tiempo.

El Economista ha aprovechado el accidente de Adamuz para reciclar un artículo de julio de año pasado sobre el gasto en mantenimiento de la red ferroviaria, pero insistiendo en el mismo error que ya expliqué en un post. El párrafo clave del artículo donde se puede apreciar el absurdo del planteamiento es este:
La situación es relativamente diversa en ambas redes. En el caso de la convencional, el valor patrimonial de la misma ha crecido en casi 3.000 millones de euros desde la vuelta del PSOE al Ejecutivo central, una diferencia del 20% desde los 14.850 millones de 2018 a 17.840 millones de 2025. En ese mismo período, el gasto en mantenimiento ha crecido un 45%, más de 211 millones de euros, al pasar de 471 a 682 millones. Entonces, cada euro de conservación permitía cubrir 31,5 euros de patrimonio; hoy esa cifra baja a 26,1 euros, un 17% menos. Descontada la inflación, esa cifra baja a 25,6 euros.
Como se puede comprobar, dividen el patrimonio entre la inversión (14.850/471=31,5; 17.840/682=26,2) interpretando que cuando el cociente es menor, la situación es peor. Pero eso absurdo, y es fácil verlo con un simple ejemplo: supongamos que el patrimonio se mantuviera constante, pero la inversión se doblara, al calcular el cociente saldría la mitad. ¿Alguien con dos dedos de frente concluiría que la situación ha empeorado?. El cálculo correcto sería dividir la inversión en mantenimiento entre el patrimonio. No entro en el razonamiento de deflactar, porque es cierto que 682 millones de 2025 equivalen a 547 de 2018, pero si voy a compararlo con el patrimonio, tendría que saber como ser calcula cada año y si se tiene también en cuenta la inflación en ese cálculo.
Todo este despropósito matemático ha merecido para El Economista un articulo a toda pagina, el principal titular de la portada y hasta un editorial.


Si vas a copiar algo, por lo menos hazlo del que lo hace bien, no como La Razón que ha publicado un artículo sobre la evolución del gasto en mantenimiento en la red ferroviaria en que utiliza los mismos datos erróneos de un artículo publicado por El Economista en julio del año pasado. El error era que, para calcular el gasto por millón de valor patrimonial de la infraestructura ferroviaria, hacían la división al revés y dividían el valor patrimonial entre el gasto, obteniendo un resultado absurdo. En su días ya dediqué un post a desmentir detalladamente el artículo de El Economista.
El problema de la vivienda en España no es una crisis de falta de ladrillos, sino una crisis de distribución territorial. Mientras el mapa demográfico del país se redibuja hacia un modelo de "ciudades-estado", el mercado inmobiliario responde con una polarización extrema que asfixia a los residentes locales y condena al olvido a las zonas rurales.
En 1980 la población total de España era de aproximadamente 37 millones de habitantes, y la mayor parte vivía todavía fuera de los grandes núcleos urbanos, mucho más redistribuidos por las distintas poblaciones de España. Hoy, con 49 millones, la tendencia de las últimas décadas ha sido una hiperconcentración de la población en grandes ciudades en detrimento de otros territorios que han quedado cada vez más despoblados. Esta migración hacia los centros urbanos ha contribuido a que la demanda de vivienda en esas áreas no deje de aumentar, donde ya no cabe más gente.
A menudo se dice que el problema se resuelve construyendo 500.000 casas al año. Es un análisis simplista: en España se forman 246.000 nuevos hogares anuales, pero la construcción no llega a las 90.000. Existe una brecha, sí, pero el problema real es que es físicamente imposible construir el 100% de las viviendas demandadas donde se concentra la economía, infraestructura actual y servicios. La saturación de Madrid, Barcelona o Valencia ya no permite absorber ese volumen sin degradar totalmente la calidad de vida, el transporte y movilidad de grandes cantidades de personas tal y como están diseñadas estas ciudades, siguiendo el patrón de Le Corbusier donde la zonificación es muy fuerte: ciudades dormitorio en los alrededores, barrios obreros en las afueras sin apenas empleos más allá del bar, tienda de barrio, etc, poligonos industriales y zonas comerciales y empresariales de oficinas, que implican mucha movilidad y largas distancias en mismos sentidos, saturando, colapsando todo medio de transporte.
Pero además, una gran parte de la nueva construcción ocurre lejos de los grandes centros de empleo y servicios, donde la demanda está mucho más concentrada. Esto hace que incluso cuando se construye, no se satisfacen las necesidades reales de quienes buscan vivienda en Madrid, Barcelona, Valencia y otros núcleos tensos, agravando la presión de precios, largos desplazamientos, contaminación y la congestión urbana que ya sufrimos.
Aunque la urbanización es una tendencia global, el caso de España ha sido especialmente intenso: comenzó ya en los años 50 y 60 del siglo XX de una manera poco planificada y se ha prolongado con más fuerza que en muchos otros países europeos. España es además uno de los países con mayor densidad de población en sus grandes núcleos urbanos, con un promedio que supera al de ciudades comparables en Europa. Este contraste con países como Francia o Alemania, donde incluso en ciudades importantes la densidad es significativamente menor, refleja cómo la concentración de población en unos pocos centros urbanos ha sido mucho más marcada en España.
España es uno de los países con mayor densidad urbana de Europa. Mientras que Francia o Alemania han promovido hubs regionales (Lyon, Toulouse, Lille, Burdeos, Munich, Frankfurt, Dusseldörf, Hamburgo, etc) o se han empezado a impulsar políticas de redistribución de actividad económica por diversas regiones y ciudades como el caso de la BBC en Reino Unido a pesar del peso de Londres, en España el diseño radial de infraestructuras (AVE, aeropuertos) ha actuado como una aspiradora hacia el centro, creando un desequilibrio territorial que repercute directamente en el precio de cada m².
Esta tendencia hacia la singularidad urbana no es casual, sino el resultado de un modelo que prioriza la concentración y el interés económico de unos pocos (aunque ello conlleve hacinamiento y saturación de ciudades) sobre la cohesión. Para entender cómo hemos llegado a esto, es necesario analizar los nodos de succión que están vaciando el mapa:
1. Madrid y Barcelona: Las "Aspiradoras" de Talento y Capital
Madrid y Barcelona funcionan como grandes motores de succión. Su hegemonía no es casual; es el resultado de décadas de centralización de infraestructuras (el diseño radial del AVE, el aeropuerto de Barajas y El Prat) y de sedes corporativas. El símbolo de este modelo son los grandes edificios de oficinas acristalados en la Castellana en Madrid, sus ciudades financieras como el BBVA o Santander o el distrito 22@ en Barcelona.
2. El Auge de los Nodos Regionales: Del Cantábrico al Mediterráneo
Ciudades como Bilbao, Donostia, Valencia, Málaga, Mallorca o Tenerife sufren una "tormenta perfecta". Al ser polos atractivos, combinan la presión de la población local, el auge de los nómadas digitales (profesionales europeos con sueldos de más de 5.000€ que teletrabajan desde el sol) y la inversión extranjera, desplazando al trabajador local.
3. La España de la Desinversión: El origen del desequilibrio
Mientras los precios suben en la costa y las capitales, el interior de la península y las zonas alejadas de los núcleos industriales sufren el proceso inverso.
4. El Teletrabajo como "Válvula de Escape" atascada
El freno legislativo y la mentalidad empresarial: una ley pensada para proteger al trabajador ha acabado protegiendo el presencialismo. A pesar de que la tecnología existe, la actual Ley del Teletrabajo ha generado un efecto perverso. Al obligar a las empresas a compensar económicamente los gastos del trabajador si se supera el 30% de la jornada, muchos empresarios —en un país donde la cultura del ahorro de costes y salarios bajos prima sobre el bienestar del empleado— han limitado el teletrabajo a uno o dos días semanales como mucho para no superar ese límite del 30% y no tener que pagar las compensaciones del teletrabajo a cada trabajador. Esto impide que el empleado pueda mudarse a zonas rurales o ciudades medianas, ya que sigue encadenado a la oficina la mayor parte de la semana, manteniendo la presión de demanda en las zonas saturadas.
La "Cultura del Presentismo": Persiste una mentalidad empresarial obsoleta que confunde "calentar la silla" con productividad. Muchos jefes necesitan ver físicamente al empleado para sentir que tienen el control, impidiendo que el trabajador se mude a un entorno con vivienda menos tensionada.
La tecnología actual permite que muchos de esos puestos en "edificios acristalados" se realicen desde cualquier lugar. Esto supone una oportunidad histórica para equilibrar el país:
5. La España de la Desinversión: El reto de la conectividad
Para que el teletrabajo sea la solución, el Estado debe corregir la falta de inversión en el resto del territorio.
6. Conclusión: Repartir el país para bajar los precios
El precio de la vivienda es el termómetro que nos dice que el país está "inflamado" por un lado y "anémico" por el otro. La solución no es solo construir más en las ciudades saturadas, sino desocupar las oficinas acristaladas y permitir que la gente se disperse.
Si se potencia el teletrabajo, se mejoran los caminos rurales y se recuperan los servicios de transporte, los 3.000 baserris vacíos de Gipuzkoa o las casas cerradas de Castilla dejarán de ser ruinas para convertirse en la solución real al problema de la vivienda en España.
La solución no pasa únicamente por construir más pisos en las ciudades saturadas, sino por repartir el país:
Sin un plan para "llenar" la España vaciada mediante tecnología, servicios e infraestructura, la "España saturada" seguirá batiendo récords de precios, expulsando a sus propios ciudadanos de sus barrios de origen, y se seguirán llenando tertulias, debates y artículos del problema de la vivienda día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año hasta que de una forma u otra el modelo reviente y se resquebraje por todos los lados.