Siempre que se habla del precio de la vivienda aparece la frase “es solo oferta y demanda”. El problema es que esa explicación no encaja bien con este mercado. La oferta de vivienda es muy rígida: no se pueden construir pisos nuevos de un día para otro, y muchas viviendas ya existentes se retiran del alquiler para destinarse a usos más rentables como el turismo. Eso hace que el ajuste recaiga casi siempre en el precio y no en la cantidad.
La demanda, además, no funciona como en otros bienes. Nadie puede decidir “no consumir vivienda” si los precios suben demasiado. Es un bien básico y de primera necesidad, lo que hace que la gente acepte pagar precios que en otro mercado serían inasumibles. Esa inelasticidad permite que los propietarios trasladen subidas sin que la demanda caiga de forma significativa.
Por último, hay un factor especulativo muy fuerte. Los propietarios suben precios no solo porque lo marque la oferta actual, sino porque esperan que “el mercado aguante”. Esas expectativas, sumadas a la falta de parque público y a una regulación débil, generan un círculo donde los precios crecen más por decisiones individuales y por expectativas de beneficio que por una supuesta ley natural de la economía.
Aquí conviene diferenciar entre responsabilidad y culpabilidad. El gobierno es responsable porque define las reglas del juego: sin un parque público de alquiler, con incentivos fiscales mal diseñados y con una regulación débil frente a la especulación, deja que el mercado funcione casi sin contrapesos. Si no se corrigen esos fallos estructurales, los precios seguirán creciendo sin que exista un freno real.
Pero la culpa recae en los caseros cuando deciden subir los precios. Nadie les obliga a pedir 300 euros más de un año para otro, ni a inflar artificialmente el alquiler porque “la zona está de moda”. Esa es una elección individual, y cada casero tiene en su mano decidir si exprime al inquilino o si mantiene un precio justo.
Reducirlo todo a “oferta y demanda” es borrar esa decisión consciente y cargar toda la explicación en una abstracción económica que enmascara la responsabilidad personal.