Batidos, barritas, yogures «protein», panes enriquecidos, cafés con suero añadido o dietas que prometen músculo, saciedad y salud conviven hoy con total normalidad en supermercados, gimnasios y redes sociales. Lo que durante décadas fue un complemento reservado a atletas de élite y culturistas ha saltado a la población general, impulsado por una publicidad que asocia la proteína con el bienestar, el ansiado control del peso y una supuesta protección frente al envejecimiento. Comer «más proteína» se presenta casi como un seguro de vida.