Las chicas de oro han terminado convertidas en mi unidad de medida para casi todo a medida que me voy acercándome inexorablemente a los 50. Para la amistad, para la ironía y, sobre todo, para tomarme con filosofía el decaimiento celular. Lo que me fascina ahora no es solo lo que ocurría en aquella casa de Miami, sino lo que pasaba cuando las cámaras se apagaban y el mito se sostenía con laca, prótesis y cucharadas industriales de tarta de queso. Porque sí, la tarta era real. Nada de espuma ni de cartón piedra. Los productores querían...