Hubo un tiempo, mucho antes de que delegáramos nuestra inteligencia en el silicio y los algoritmos de Mountain View, en el que el saber no se almacenaba en la nube, sino en el músculo estriado de la memoria. En su Fedro, Platón —ese cronista implacable de la decadencia del logos— nos regala una fábula que hoy, en plena resaca digital de 2026, suena a profecía cumplida: el mito de Theuth.