A principios del siglo XX, una mujer llevó una cámara a uno de los paisajes más remotos e inhóspitos de la Tierra, y lo que trajo de vuelta cambió la forma en que el mundo exterior entendía a las personas que durante mucho tiempo lo habían llamado hogar. Estas fotografías, íntimas y pausadas, ofrecen una ventana a una forma de vida moldeada enteramente por el Ártico, una civilización construida no a pesar del frío, sino gracias a él.