He ahí las olas presurosas
montañas de moléculas,
cada una estúpidamente ocupada en lo suyo,
separadas por trillones,
y empero,
formando blanca espuma al unísono.
Edad tras edad
antes que ojo alguno pudiera ver;
año tras año
golpeando atronadoras en la orilla, como ahora.
¿Para quién? ¿para qué?
En un planeta muerto
sin vida que entretener.
Jamás en reposo
torturado por la energía
prodigiosamente derrochada por el Sol
lanzada hacia el espacio.
Una pizca hace rugir al mar.
En lo profundo del mar
todas las moléculas repiten
los patrones de otra
hasta formar otras nuevas más complejas.
Ellas hacen otras como ellas
y un nuevo baile comienza.
Creciendo en tamaño y complejidad
cosas vivas
masas de átomos
ADN, proteínas,
bailando una danza aún más intrincada.
Abandona la cuna
para pisar tierra firme,
ahí está de pie:
átomos con conciencia;
materia con curiosidad.
Plantado frente al mar
se pregunta por qué se pregunta:
un universo de átomos,
un átomo en el universo.
Richard P. Feyman (Nueva York, 1918 - Los Ángeles, 1988)
