Cada vez que tiramos de la cadena, activamos un sistema de tratamiento de aguas residuales vasto, costoso y energéticamente intensivo. Es una maravilla de la ingeniería del siglo XX, pero también es fundamentalmente ineficiente. El problema central es que mezclamos un residuo de bajo volumen pero altamente contaminante, la orina, con enormes cantidades de agua, solo para gastar una fortuna en volver a separarlos. Pero, ¿y si esa premisa fuera errónea?
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