5
La agente inmobiliaria se retrasó quince minutos y Malindo ya comenzaba a ponerse nervioso. A cambio, se alegró ver de que llegaba sola.
—Disculpe la espera. Me llamo Rocío. Justo cuando iba a venir apareció una persona y no he podido terminar antes.
—No se preocupe. Mi nombre es Néstor. Néstor Martínez —se presentó Malindo cambiando de mano la bolsa de deporte en la que llevaba el rifle. Precisamente su necesidad de llevar el rifle encima era lo que le había puesto nervioso durante la espera.
—¿Puedo preguntarle de dónde es usted? Por el acento parece de Suramérica.
—Y lo soy, señorita. Soy salvadoreño —mintió Malindo mientras esperaban el ascensor— Me gustaría iniciar un negocio de importación y exportación y creo que su ciudad es una buena opción.
—Muy interesante.
—Exportamos conservas e importamos maquinaria.
—Pues puede que esta oficina le guste — lo animó la agente
—El lugar, desde luego, es inmejorable. En esta plaza tan hermosa, y con tan buenas vistas. Un poco alto quizás, para que se vea el letrero desde la calle, ¿no le parece?
—Bueno, eso depende... Un negocio de importación y exportación tampoco necesita un cartel muy grande. No es un negocio orientado a cualquier público, ¿verdad? —respondió Susana mientras abría la puerta—. Pase, por favor.
Malindo recorrió los ochenta metros de oficina, simuló comprobar la disposición de los enchufes, revisó los cuartos de baño y se dirigió a las ventanas. Desde una de ellas, se dominaba a la perfección la entrada del hotel. Además, tenía persinas de rejilla, perfectas para poder disimular el cañón del rifle. Era cuestión de abrir la ventana y apoyar el arma. Un tirador medianamente hábil no podía fallar desde allí, a menos de cien metros del objetivo, y menos él, que había logrado algunos blancos a casi un kilómetro.
—Es perfecto. Creo que es justo lo que buscaba: por tamaño, por ubicación, por precio —alabó Malindo.
—Me alegro de que le guste —celebró la agente. Pocas veces había conseguido cerrar un alquiler tan fácilmente.
—Es sensacional de veras. Dígame que tengo que hacer para firmar el contrato.
—Pues poca cosa. Hablamos con los propietarios, y ya está.
—Como le dije, me voy esta misma tarde.
—No es problema. Me deja una dirección y le envío la documentación a donde sea necesario.
Malindo echó mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre.
—Si le parece, para evitar desconfianzas, le dejo dos mil euros de anticipo, pero necesito quedarme aquí a tomar medidas. Son medidas muy detalladas para todo el mobiliario y puede llevarme toda la mañana. ¿Le parece bien?
—Es que eso no es posible. Ya le digo que tenemos que llamar a los propietarios y yo debo regresar a la agencia.
—¿Y no me puede dejar las llaves? Ya le digo que pago ahora mismo y al contado, para evitar cualquier duda. Y aquí no hay nada que pueda faltar o deteriorarse. Es parea ahorrarme un viaje e ir avanzando.
Susana dudó. Por una parte entendía las razones del cliente, pero por otra sabía que las normas eran muy claras a ese respecto. Si la agencia inmobiliaria hubiese sido suya hubiese dicho que sí, pero siendo empleada, prefirió preocuparse de su empleo.
—No, lo siento. Ya le digo que eso no puede ser.
—¿Y no puede llamar desde aquí a los propietarios?
—No tengo aquí su número. Está en la agencia.
—Pues llame a la agencia y que se lo den.
Susana suspiró, cansada de la insistencia.
—Ya le digo que no puede ser. Tenemos unas normas...
—Pues que lástima —respondió Malindo sacando la pistola del bolsillo.
Susana iba a gritar pero se contuvo.
—Lo intenté todo, señorita. Pongo a Dios de testigo de que lo intenté todo antes —se disculpó Malindo.
—No. No me mate... No...
—Siéntese en el suelo. Ahí, al lado de ese archivador grande.
La chica hizo lo que le mandaban.
Malindo sacó unas esposas de la bolsa de deporte y se acercó a la agente.
Ahora estése quieta y tranquilita. Voy a esposarla al archivador. Sólo eso. Si no grita y hace todo lo que le diga, no le pasará nada.
—¿Pero quién es usted? ¿Qué quiere?
—No haga preguntas. Cuanto menos sepa, mejor. Imagine que me hace una pregunta, se la respondo, y luego me arrepiento de haberle contado algo. ¿Se imagina lo que pasaría?
—Sí, sí... Por favor... —sollozó la chica, sin poder contener las lágrimas.
—Y no llore. ¿Tiene algún pañuelo?
—En el bolso.
Malindo recogió el bolso del suelo, pero se detuvo antes de abrirlo.
—¿Da su permiso para que abra el bolso?
A la agente le hizo gracia la pregunta. Incluso consiguió sonreír.
—¿Me pide permiso para eso después de esposarme a un archivador?
—Tenerla ahí atada es parte de mi deber. Fisgar en el bolso de una dama no lo es.
—Sí, por favor. Abra el bolso y déme un pañuelo, si es tan amable.
6
La habitación 409 lleva ocupada siete años. La mujer que vive en ella no paga nunca, aunque a veces tiene algún dinero, casi siempre pequeñas cantidades de las que nadie alcanza a señalar su procedencia y mucho menos a mencionarla en voz alta.
La mujer de la 409 tiene ojos de princesa, manos de pianista y un cementerio en el alma del que a veces asoman los santelmos de su risa. Cuando ella se ríe, todo el mundo mira al suelo, como si temiera que se le hubieran aflojado los cordones de los zapatos.
Por donde ella pasa se hace el silencio, incluso entre las grietas del edificio. Nadie la teme, pero su presencia resulta inquietante, como la de un tigre disecado y polvoriento en lo oscuro de un rincón. Algunos dicen que hay en ella algo siniestro, y otros simplemente creen que está loca, pero todos se limitan a tratarla con la mayor amabilidad y a alejarse de ella y sus historias cuanto antes.
Al principio contaba cuentos en primera persona, y cuando estuvo claro que no se refería a sí misma, comenzó a introducir en sus historias a los demás huéspedes habituales del hotel y a algunos miembros del servicio con los que compartía mesa. Las historias eran siempre inocentes, pero incluían detalles sobre la vida de sus protagonistas, detalles siempre insignificantes pero exactos, que los afectados se veían obligados a reír como bromas para no tener que confirmarlos o desmentirlos. El día que mencionó a la primera novia del gerente, este detuvo la narración con un puñetazo sobre la mesa y ya no hubo más relatos.
Sin embargo, aún habla de los otros como si los hubiese conocido de niños, acompañándolos en sus pequeñas aventuras, o como si hubiera pasado media vida detrás de una puerta, escuchando en secreto sus conversaciones o espiando sus movimientos. Procura ser siempre discreta, pero a veces, cuando escucha algunas frases, frunce el ceño de tal modo que a menudo obliga a rectificar a la persona que estaba hablando.
Ahora la mujer de la 409 está llorando. Acaba de leer el periódico que todas las mañanas le suben a su cuarto para que le eche un vistazo antes que nadie y cuente luego las noticias a los demás a la hora del desayuno. Pero no es el periódico lo que le preocupa: la acaban de llamar para decirle que prepare inmediatamente sus cosas porque tiene que marcharse. Sin discusión. Sin demora.
Su mundo no era del todo malo; su vida parecía tolerable en aquella habitación. Se había acostumbrado a la idea de no tener un hogar, pero nunca podría acostumbrarse a dejar de tener un techo seguro y una dirección a la que regresar después de sus paseos bajo los árboles del parque. Se había encariñado con aquel techo amarillento, presidido por una lámpara con sólo dos bombillas supervivientes. Se sentía a gusto paseando por la tarima crujiente, mientras declamaba en voz alta a Rubén Darío.
Ruega por nosotros, hambrientos de vida
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol...
No era malo vivir en aquella habitación. Nada lo era. Ni la moqueta oscurecida, ni los sillones fatigados, ni siquiera el hilo rojo que el agua había ido trazando en un lateral de su bañera, ese hilo rojo que tantas veces contempla, en busca de la puerta que se cerró en algún momento en su memoria. Sigue allí, pero lisa, sin manilla, sin una muesca que la distinga del enorme muro blanco que le impide mirar hacia el pasado.
“Yo soy quien espera a junto a un muro a que le abran una puerta. Junto a un muro sin puerta”. También eso lo había leído en alguna parte, en un libro de Pessoa, y nunca se había sentido tan retratada en unas líneas como entonces.
En aquella habitación la poesía latía con su propio pulso. Poesía auténtica, sin sentimientos fingidos, sin amores alambicados que acababan en suicidio o promesas de Eternidad. Allí podía echar ramas y raíces la poesía de las cosas, con toda la sutil mecánica de sentimientos intercambiados entre los objetos y las personas que los han utilizado. Allí podía dejar su alma en un vaso, como quien deja una dentadura postiza, y salir a la calle sin ella, porque estaba segura de que no necesitaría usarla en todo el día. Allí podía verse decantar, como el agua y el aceite que se separan lentamente, como esas capas de distintos colores que se ven a veces en las canteras, en los túneles y en las grandes obras ferroviarias cuando las excavadoras desnudan la intimidad de las rocas.
—Pararse a reparar y repararse—, repitió varias veces la mujer, en voz alta, tratando de recordar el autor de aquel verso.
Finalmente lo encontró: Jorge Enrique Adoum, un ecuatoriano. No recordaba el poema entero, pero había algo, mucho en él, que retrataba su vida:
....desretratado en su pasaporte
descontento en este descontexto
trabajando y trasubiendo
para desagonizarse de puro malamado
queriendo incluso desencruelecerse
pararse a reparar y repararse ...
Eso era lo que le faltaría: un lugar donde pararse y repararse. Por eso no le molestaban las pequeñas grietas y manchas del hotel: un taller nunca es un lugar impecable. Se va sin saber por qué, lo mismo que llegó.
Porque la mujer de la 409 no sabe cómo llegó al hotel, ni por qué está allí, ni qué hizo antes. Lo ha preguntado, pero nadie se lo dice y no alcanza a distinguir si los demás callan por piedad, por rencor, o porque de verdad no saben nada. Sólo le dicen que llegó un día de la mano del gerente, sin equipaje alguno, y que tardó una semana en hablar con alguien. Le hablan de un vestido rojo con cinturón blanco que nunca ha encontrado en su armario. Le hablan de unos zapatos con hebilla dorada que jamás ha visto. Le hablan de una herida en el cuello de la que aún conserva la cicatriz. Pero el gerente lo niega. El gerente dice que se inscribió en el registro y venía con una maleta negra, la misma que está haciendo ahora, e incluso ha llegado a enseñarle el libro de registros.
Cuando se tumba en la cama, vestida sólo con su bata carmesí, la mujer de la 409 consigue a veces que se formen algunas imágenes en el techo de la habitación. Entonces se ve mucho más joven, más hermosa, pero rodeada de otras mujeres que se ríen de ella, y la empujan, y la cubren de salivazos, como si estuvieran ejecutando alguna esperada venganza. Son rostros cuajados de violencia y de codicia, aunque algunos parecen echarse atrás cuando ella los mira, como si en lugar de seres humanos fuesen ratas que participan en el festín por imposición de su instinto, o del sanguinario líder de la manada. En una de esas ocasiones la mujer recuerda que la dejaron completamente desnuda y que luego la señalaban entre carcajadas, pero al comprobar que hno se sentía avergonzada comenzaron a pegarle hasta que perdió el conocimiento.
A fuerza de reflexionar sobre ello ha llegado a recordar que estuvo en la cárcel y que fue mucho tiempo. Aquellas mujeres eran las otras presas, e incluso sabía que una de ellas se llamaba Marta y cumplía pena por tráfico de drogas, y que otra se llama Alejandra y había matado a su marido. Recordaba sus peleas por cualquier cosa, y al ley de las rejas, con su silencio impuesto, pero no conseguía recordar de qué la habían acusado a ella, ni si había cometido o no aquel delito, ni cuándo la soltaron. Los único recuerdos nítidos que eras capaz de retrotraer eran los olores, y por alguna razón que era incapaz de comprender, creía que en aquel lugar todo olía a culpa. Y no a la de las demás prisioneras, sino a la suya propia. Por eso recordaba también que se pasaba el día entero lavándose y, quizás por eso, por intentar ahogarse en todos los perfumes y colonias que encontraba, era por lo que las demás internas se burlaban de ella y la atacaban algunas veces.
Todo eran recuerdos vagos, detalles, impresiones... Y cuanto más se esforzaba en enfocarlos, más se confundían los hechos reales con los imaginados, más de entremezclaban las palabras realmente pronunciadas con los diálogos interiores en que respondía a las demás o preparaba las respuestas para la siguiente ocasión.
La cárcel, en teoría, sirve para regenerar al preso antes de devolverlo a la sociedad. ¿Pero cómo puede rehabilitarse alguien que no recuerda lo que ha hecho?, ¿cómo es posible el arrepentimiento, o el escarmiento incluso, para una persona que ha perdido la memoria? Si mató a alguien, no puede reflexionar sobre la sangre vertida. Si robó lo de otros, no puede pensar en restituirlo, o en disfrutar de lo que se llevó. El que pierde la memoria pierde el pasado, pero sigue atado a su naturaleza, a sus inclinaciones y a sus instintos. ¿Y cuales eran los suyos?, se preguntaba en las noches de mayor lucidez. Se sentía pacífica, se sentía cariñosa, se sentía sedienta del afecto de los demás, pero sabía que en alguna parte había algo oscuro, acechante, aguardando la ocasión para salir de su escondrijo.
Pero era inútil mirar demasiado hondo o demasiado atrás. No se acordaba de nada. ¿Qué podía hacer ella? Dejar pasar la vida. Buscar el primer punto y seguido que fuese capaz de reconocer y comenzar a escribir de nuevo desde allí sin preocuparse de que la historia fuese o no coherente.
Lo difícil era encontrar aquel punto de enganche. No tenía siquiera fuerzas para buscarse a sí misma en aquel enmarañado laberinto, y cada intento que había iniciado de recuperar su nombre y sus amistades se había estrellado contra el muro blanco del olvido sin puertas.
Pero hizo cuanto pudo. Confió en los últimos restos de su lógica y trató de abrirse paso.
Al principio quiso saber quién pagaba su habitación y por qué la habían llevado precisamente a aquel hotel, pero no consiguió más que respuestas vagas y ningún dato concreto, a pesar de que era algo que el gerente tenía que saber. Un día consiguió hablar con una de las chicas de contabilidad, una recién llegada a la que posiblemente no habían tenido tiempo de aleccionar aún, y su corazón se aceleró cuando la joven echó mano a los libros para buscar el dato.
—Nada. Simplemente pone pagado. Y pagados también los seis meses siguientes, en efectivo. No puedo decirle otra cosa — le informó la chica, sinceramente apenada por no poder ayudarla.
Así, poco a poco perdió el interés por la pregunta y se limitó a disfrutar del servicio, de la vida sin necesidad de trabajar, de la pobreza ajustada que la dejaba siempre en la supervivencia y nunca un paso más allá. El día que vio el libro de registro y sospechó que algo no encajaba en las fechas decidió no pensar más, dio las gracias con una sonrisa y regresó a su habitación dispuesta a crearse una nueva identidad. Una cualquiera.
Luego, una noche de invierno, cuando el hotel estaba más vacío y silencioso, vio una película, el crepúsculo de los dioses, y se aficionó Norma Desmond, aquella vieja actriz del cine mudo que trataba de recuperar su mundo, arrasado por la novedad de lo sonoro y la frialdad de unos intérpretes que no necesitaban ya exagerar sus gestos, porque podían expresarse con palabras. Comenzó a maquillarse como ella, a vestirse y a peinarse como ella, y finalmente a repetir sus gestos exagerados de vieja musa despechada. Seguramente entonces se terminaron todos de convencer de que estaba loca, pero el cambio fue que a partir de ese punto la consideraron una loca especial, casi simpática, como un elemento más de la elegancia marchita que remataba la decoración del hotel.
—Usted es Norma Desmond, la estrella de las películas mudas— le dice el protagonista a la vieja diva en algún momento.
—Aún soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas—responde la actriz.
Ese era su personaje, y estaba decidida a interpretarlo hasta las últimas consecuencias. Cine mudo, sin palabras y con todo el sentido en cada gesto. Ese era su ideal, pero le faltaba el sentido.
Por seguirle la corriente o por participar en la farsa, los demás comenzaron a tratarla como a una especie de reina depuesta por una revolución injusta: el recepcionista le llevaba el periódico a ella en primer lugar, porque prefería que le contasen las noticias a leerlas él mismo. El cocinero le guardaba siempre algún dulce. El gerente mandaba reparar cualquier pequeña avería de su cuarto mientras dejaba que se cayeran a pedazos las otras habitaciones. No sabía si merecía todo aquel afecto, pero le gustaba sentirse el centro de la atención de todos. Le gustaba ser una estrella, aunque ni siquiera conservase recuerdos de los buenos tiempos. Pero resultó que los buenos tiempos no eran los del pasado, sino justamente los que estaba viviendo, los que se habían terminado con la llamada de aquella mañana.
La mujer de la 409 trata de secarse las lágrimas, pero no consigue dejar de llorar. Ni consigue saber por qué.
Le han dicho que prepare sus cosas porque tiene que irse. Ni sabe por qué llego, ni por qué debe marcharse. ¿Por qué la echan? ¿qué ha podido suceder? ¿La llevarán a su casa o a otro hotel, otro cualquiera, donde tendrá que empezar de nuevo y donde quizás ya no sea una loca simpática sino simplemente una loca? ¿Quién se ocupará de ella?
O quizás la dejaran en la calle y no las llevaran a ninguna parte. ¿Por qué iban a buscarle otro sitio donde vivir? ¿Quién era ella para esperar tal cosa? ¿Por qué iban a pagarle la habitación? El misterio tenía gracia cuando era un misterio, pero si dejaban de pagar el alojamiento, más que un misterio sería un problema. Un problema terrible que no tenía ni idea de cómo solucionar.
Ahí estaba la cuestión. No sabía quién era, pero estaba segura de que una enorme culpa pesaba sobre ella. Era culpable. Sólo eso. Un adjetivo sin nombre. Culpable.
La ropa que iba acumulando en la maleta tampoco le decía nada: zapatos elegantes, vestidos de noche, zapatillas deportivas y una diadema de piedras falsas. Pintaúñas, pintalabios, maquillaje, un abrigo largo con un bolsillo desgarrado, cinturones, faldas, y un espejo roto que la dividía en dos, como la bisagra de su vida.
Tenía que marcharse del hotel. Quizás pudiese volver alguna vez a saludar a los viejos amigos. O quizás el secreto que ni ella misma conocía la conduciría a aquel otro lugar que recordaba: un cementerio pequeño, de algún pueblo perdido, y un panteón con la llave puesta. Era muy pronto, por la mañana, y no había nadie en el cementerio. Paseó un rato entre las tumbas, eligió las flores que más le gustaron y se hizo un ramo. Luego salió al camino. Era todo lo que recordaba. ¿Qué hacía allí? ¿Regresaba de visitar a alguien o se había escapado de alguna sepultura? ¿Era su tumba o la de su víctima?
Preguntas, preguntas, preguntas... Y lágrimas.
No volvería nunca. Si no iban a buscarla dejaría su maleta en medio de la acera y se sentaría sobre ella a esperar la muerte. No recorrería la ciudad ni regresaría a la sordidez de los lugares llenos de borrachos o de mujeres violentas. Prefería sentarse en la maleta, sí, para tratar de recordar aquellos otros paisajes que a veces aparecían en su memoria: prados llenos de flores, aldeas con casas de piedra y niños enfermos o heridos sonriéndole.
¿Había sido enfermera? ¿Por qué tantos niños heridos? Recordaba las casas ardiendo, y los caminos embarrados, y los hombres de uniforme. ¿Pero en qué guerra? No era tan mayor como para haber estado en la Guerra Mundial. ¿Vietnam?, ¿Corea? No eran niños asiáticos, sino europeos. Los había rubios y morenos, pero estaba segura de que no eran asiáticos. ¿Yugoslavia? En el piso de abajo vivía una chica yugoslava y había tratado de hablar con ella en su lengua para probar si conocía el idioma. Pero no, ni una palabra: la muchacha se rió y le soltó una larga parrafada en la que no reconoció ni una sola sílaba.
¿Dónde estaban aquellos campos, felices a pesar de la destrucción y de la guerra?
La mujer de la 409 sabía que a veces se mezclaban en su mente la imaginación y la memoria, que los rostros que recordaba podían ser los de personas conocidas o personajes de cine, pero aquellas flores y aquellas praderas olían a fresco, las aldeas olían a humo y los niños a desinfectante. La diferencia entre los recuerdos reales y los inventados estaba en los olores.
¿Y a qué olía el hotel?, ¿A qué olería en su memoria?
—A derrota —dijo en voz alta la mujer de la 409, mientras cerraba las maletas.
-¡Qué más da qué gen sobreviva! –dijo Hans Bolber dando un puñetazo sobre su atril.
-Porque de eso se trata, porque esa es la única explicación biológica de la especie humana, de todo organismo vivo, plantas, insectos, o marsupiales... –Manuel Codoheria no iba a dejar pasar el comentario de su colega.
Estas reuniones se habían vuelto eternas en esos años, donde la población humana había disminuido en un cincuenta por ciento... Entre el cambio del clima terrestre, la baja natalidad, la economía secuestrada en un absurdo cajón de sastre; el mundo humano, la construcción humana de sociedades, culturas, deseos, sueños, ideas se había modificado tanto que sólo quedaban posturas extremas, blanco o negro, arriba o abajo. Muerte o vida.
-Debemos dejar de pensar que nuestra supervivencia como especie depende de sobrevivir como individuos –respondió Hans, mirando con ojos de acero al grupo de biólogos del departamento de exobiología.
-¡No! –respondió rotundo Marcel Muró, tan enfadado que su puño cerrado se volvió casi blanco- Una ameba, un virus, un mecanismo vivo o no vivo sólo quiere sobrevivir, copiarse y multiplicarse... ¿Por qué razón? Dígame, por qué razón.
-¡No! –dijo Hans, golpeando de nuevo su atril- No es así, los organismos dependen de otros, dependen de los demás, de comer y ser comidos, en un grado concreto y correcto, sin esos mecanismos de interacción, no existe tal constructo humano de mejor gen para nada, para todo.
-Señor, Bolber, tenemos una secuencia de ADN de un organismo extraterrenal... –respondió Mauro Belbera, de la ESA.
-¿Y qué? Sin una estructura encadenada de ecología, repito de ecología sistemática, nada importa nada, es como si no me explica quién depredaba a los aliens insectívoros de la película del mismo nombre, eso no existe, no puede existir.
-Final de la cadena –Añadió el doctor Codoheria.
-No hay tal cosa. Los humanos no somos final de ninguna cadena. ¿Sabe lo que pasa cuando el planeta pasa a modo frío? ¿O cuando pierde la capa protectora del campo magnético? Que esos que usted llama final de cadena, acaban jodidos. Todos.
-Evolución –dijo el doctor Muró agachando la cabeza.
-Ecología, sistema ecológico, todo está enlazado con todo, el clima es un sistema ecológico, si lo rompe, rompe todo –Hans dejó el atril y se fue a su asiento.
Nadie estaba dispuesto a apostar porque el ADN extraterrestre encontrado en Venus pudiera ayudar a entender la realidad humana, porque simplemente era una cadena genética muy simple, de una bacteria muy simple.
(Escrito en 2020 para un fanzine... ContinuumST.)
(Como a lo mejor ya no encaja en el concepto "Relato corto" y me paso aporreando teclas para esta historia... esta parte viene de aquí: www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-7 )
***
Juan se levantó como siempre a las ocho en punto, preparó el desayuno según la lista semanal, tostada integral con aceite y queso fresco y un té de jazmín. Un rayo de sol matutino se colaba en la cocina, parecía que hoy haría un día despejado aunque algunas nubes corrían tras la torre del campanario.
Las ganas de leer las noticias crecían en su interior, pero sólo leía noticias después de la comida del mediodía y tras recoger la mesa.
Salió al jardín y se fijó en que un pequeño trozo de plástico estaba ensartado en una espina del rosal. No era posible, el rosal está a unos dos metros de distancia de donde preparó el paquete. Imposible, pero ahí estaba. El azar, como siempre, jugando con la realidad. Cogió el trocito de plástico y se lo llevó a su taller, quería comprobar si era del mismo tipo de plástico que el que usó el otro día. Efectivamente, lo era. Repasó mentalmente sus movimientos y no encontraba explicación, a no ser que mientras acercaba el plástico al cadáver, al ser tan grande... No, no encontraba explicación. Fue a la cocina, y usando el soplete de cocina, lo quemó en el seno del fregadero.
Ese detalle le obligaba a revisar a fondo el maletero del coche. Se vistió de calle y se dirigió a donde tenía el coche aparcado.
Aun era temprano para que las tiendas estuvieran abiertas pero no para los corredores que, con el despuntar del alba, ya estaban sudando la camiseta con los auriculares calados en las orejas. Un señor, que apenas podía dar dos pasos, medio andaba embutido en camiseta y pantalón corto, sano, muy sano. Una jovencita enmorcillada en ropa de colores tan reflectantes que había que mirarla con gafas de sol, el volumen de la música era tan alto que se podía adivinar la música rítmica que estaba escuchando. También estaban los madrugadores paseadores de perros, al menos el perro que se cagó al lado de su coche tenía un cuidador que recogió el excremento con esas bolsitas anudadas a las correas de los chuchos.
Juan abrió el coche y fue directo al maletero. Y allí estaban. ¿Cómo se había olvidado de las bolsas de esa cadena de supermercados que llevaba para las compras? Él, metódico, concienzudo, tenaz, no se había acordado de que las llevaba cuando metió el paquete en el maletero. Podría cogerlas y tirarlas a la papelera que había cerca, pero no quería tocarlas, obsesivo como estaba todo le parecía imposible. Sacó un pañuelo de papel de su bolsillo derecho del pantalón y cogió las bolsas reutilizables. Cayó en la cuenta de que las había tocado y manipulado docenas de veces. Se sintió ridículo. El paquete de plástico no podría de ninguna manera haber contaminado sus bolsas. Ni el fondo del maletero. Pero ese trozo de plástico ensartado en el rosal no le había gustado nada. Azar, maldito azar.
Arrancó el coche y lo llevó a un lavado de coche, por el camino observó que algunas calles seguían embarradas de la fuerte tromba de agua, otras estaban más secas, algunas alcantarillas estaban cegadas de barro y objetos, algunos operarios del ayuntamiento ya estaban limpiando muchas zonas. En el lavado de coches se fue directo a la zona de aspiradores y pasó estos concienzudamente, obsesivo. Miró y remiró cada esquina buscando algún error, algún “plástico en el rosal”.
Satisfecho, se dirigió en coche a la zona donde había tirado el paquete, pasó lentamente por allí y ya nadie estaba mirando el cauce del río.
En la zona de su casa, hoy no había aparcamiento cerca, así que lo dejó al principio de la calle. Al bajarse del coche vió cómo la señora “tutticolori” sacaba a su perro a pasear, la siguió mientras se dirigía calle abajo, hacia su casa, la observó y se dio cuenta de que miraba a veces por las vallas de las casas con la excusa de que su perro se paraba en ese lugar a hacer sus cosas. Vieja del visillo tres punto cero, cotilla sin vida de toda la vida.
Cuando llegó a su casa se quedó en la puerta con la botella de vinagre rebajado con agua, desafiante, la señora colorida levantó la cabeza, sin darse por aludida, y tironeó del chucho hasta sobrepasar su portón.
Juan miró la lista de comidas de hoy. Filetes adobados con arroz hervido y ensalada de pimientos asados. Pero no podía esperar más, tenía que leer las noticias del día saltándose sus propias reglas.
Sabía, sentía que esto era un error por su parte, un error de protocolo, pero si el azar a veces jugaba riéndose del mundo, pensó que él también podría reírse del azar. Conectó su portátil con el cable de red al router. Navegó por las noticias en el mismo orden de siempre, primero locales, luego regionales, nacionales e internacionales. Hizo clic en un anuncio de guantes de jardinería, y en una web de creación de páginas web a buen precio. En la información local había una noticia que le dejó sorprendido,
Ana Ferrer de 38 años se había declarado como desaparecida, pero además era la hija de un inspector de Policía de la localidad vecina, los periodistas cotillas habían conseguido su historia personal, divorciada el año pasado, trabajadora en Servicios Sociales en su localidad, buena persona. Su padre movería “Roma con Santiago” para encontrarla, el ex marido parecía que estaba en paradero desconocido. Azar. Buscó más información de la historia. En la prensa más amarilla de la zona se decía que iba a encontrarse con un amigo y que nunca llegó a su casa, había una foto del joven en cuestión. Y unas fotos de su padre hablando a los medios. No encontró los vídeos de sus declaraciones, pero claro, su hija tenía que aparecer, y lo de las 24 horas era una chorrada de las películas. Qué curioso es el azar, pensó Juan. ¿Pondrían más esfuerzo en localizarla? ¿Menos si era un comisario no querido? Azar.
Ahora ya se podía ir a comer tranquilamente.
La semana que viene terminaban las vacaciones de Juan, volvería a la sucursal bancaria donde trabajaba vendiendo pólizas que nadie necesitaba, limitando hipotecas al que más la necesitaba y, en resumen, mirando por la cuenta de resultados del banco, un empleado modelo. Pelota con los jefes de la central, ladino cuando quería, seco con los clientes que tenían mil euros en la cuenta, modelo perfecto de ese dicho de “así es el mundo en el que vivimos”.
Esa tarde se dedicó a serrar maderas para hacer marcos nuevos para sus cuadros, todos con los mismos colores, rojo y negro, cada uno con formas abstractas, algunos parecían insectos aplastados, otros manchas del test de Rorschach, la mayoría tenían un aire espeluznante, inquietante, alucinógeno. Para él era la única forma de mostrar su mente a los demás. Aunque nadie viera sus cuadros; no recibía visitas, no tenía amigos ni conocidos, no le interesaban las relaciones humanas, ni con hombres ni con mujeres. El sexo para él era algo aburrido y monótono. Y sólo cuando pasaba el tiempo y la llamada del sexo acudía remolonamente se dirigía a la ciudad a donar semen en una clínica, por darle utilidad a la cosa. Por nada más.
Mientras quitaba el inglete para hacer los cortes de las esquinas de los marcos, pensaba en los siguientes pasos que daría la Policía. El amigo que iba a visitar y su ex marido serían los primeros sospechosos y la última persona que la había visto con vida, según dicen en las novelas, aunque pensaba que la realidad era bastante diferente, o no, según se mire. La palabra azar seguía rebotando en su mente sin orden ni concierto. No había previsto las lluvias torrenciales. Ni que esa mujer menuda sería la hija de un policía. Tampoco que se acumularan escombros en esa zona del cauce. Que no se llevaran el móvil. Y sobre todo estaba obsesionado con el trozo de plástico enganchado en el rosal. Por lo demás, ardía en deseos de ver qué pasaba después.
Contempló uno de los cuadros que iba a enmarcar, con su firma “Juan 2024”. Le gustaba añadir el año para tener ordenadas sus obras. En las paredes laterales de la escalera que conducía al primer piso los tenía colgados por fechas, el primero era de 2010 y le recordaba una mancha de sangre en la negrura de la noche, o un sol rojo explotando en el firmamento, o... Miró la hora. Fue al salón y esperó hasta que fueran exactamente las ocho en punto de la tarde. Justo en eses instante marcó un número desde el teléfono fijo.
-Hola, ¿cómo estáis?
-Puntual como siempre –dijo una voz anciana al otro lado del teléfono-. Bien, estamos bien, a tu madre le van a hacer unos análisis la semana que viene para controlarle el azúcar y yo, pues como siempre con la artrosis de las rodillas que me duelen y no hay manera de que... ¿Y tú? Se te acaban las vacaciones, ¿no?
-Sí, el próximo lunes vuelvo al banco.
-No has ido a ningún lado este año... eso no es bueno para la salud y... espera que se pone tu madre.
-Hijo, no puedes estar así, tan solo y tan encerrado...
-Madre, estoy muy bien así, sin depender de nadie ni que nadie dependa de mí.
-¿Vendrás este año por las fiestas del pueblo?
-No sé si podré pedir días libres, lo intentaré. Cuidaos mucho.
-Un beso, hijo mío, cuídate mucho.
A Juan le incomodaba hablar con sus padres, no sabía por qué, habían sido unos buenos padres, pero los llamaba por una especie de obligación que no entendía. Se dispuso a dar un paseo antes de preparar la cena, tuvo que ir a la lista para ver qué le tocaba esta noche. Judías verdes salteadas con ajo y una manzana de postre. ¿Cómo era posible que no tuviera manzanas en el cesto de la fruta? Algo estaba fallando en su cerebro ordenado y meticuloso, pero no entendía qué podía ser. Miró el reloj, tenía tiempo de acercarse a la verdulería y comprar manzanas.
A lo largo de ese fin de semana, el último de vacaciones, enmarcó dos cuadros y los colgó en los huecos libres que quedaban en “la pared de los cuadros”, organizó el taller de bricolaje, planchó camisas con pulcra exactitud, cepilló la chaqueta del trabajo y el pantalón. Gris. Por supuesto. Todo listo para el lunes volver al banco. Revisó la lista de comidas y cenas. Tachó de la cena del domingo las alcachofas con jamón, había tenido que tirarlas, hablaría con el verdulero sobre la calidad de algunos productos. Hablaría muy seriamente, el mes pasado le vendió un tomate que no estaba maduro, inaceptable.
Las noticias sobre la desaparecida eran casi inexistentes, cosa que no le gustaba ni mucho ni poco. Había conseguido ver en un periódico local las declaraciones de uno de los tíos de la mujer, haciendo de portavoz de la familia para los medios. La investigación sobre el paradero estaba en marcha. Al parecer, no era una mujer de desaparecer así como así. Tampoco se descartaba que le hubiera pasado algo relacionado con la tromba de agua.
Por un lado a Juan le encantaba la idea de que no hubiera ninguna noticia relevante sobre el caso y por otro le decepcionaba que hubiera sido tan fácil. De algún modo quería vivir cómo era una investigación así; era imposible que lo relacionaran con eso. ¿Cuándo encontrarían el paquete? ¿Cuándo limpiarían esa zona del cauce? Había leído en otro periódico regional que había un problema de competencias sobre la responsabilidad de ese cauce seco: Local, autonómico o de la Confederación de turno.
Pensó que mientras más tardaran en encontrar el cadáver menos información forense obtendrían, aunque creía que poca información podrían obtener en cualquier caso. Se repetía una y otra vez que todo estaba en manos del azar. La idea le gustaba.
El lunes a las ocho menos un minuto ya estaba en la puerta de la sucursal bancaria, listo para entrar en su trabajo. Había tenido que aparcar un poco más lejos de lo habitual ya que las calles cercanas estaban llenas de coches aparcados, suponía que para evitar calles embarradas o zonas con alcantarillado embozado.
Ese primer día se le hizo monótono, incluso para una persona como él, esclava de la rutina y el orden.
Al llegar a casa, mientras aparcaba el coche, observó que en las casas colindantes a la suya y puestas a la venta había visita. La cancela que daba al jardín de la de la izquierda estaba abierta y un par de señores, acompañados del joven de la inmobiliaria, estaban saliendo de la vivienda al porche de entrada. Mirando y remirando. Tenían algo extraño pero no le dio tiempo a fijarse tanto. Sobre todo porque en la casa de la derecha, se abría el portón y salían un hombre y una mujer, estos estrechaban la mano pero no al señor mayor con aspecto cansado sino a un hombre calvo, trajeado y con aspecto de ejecutivo, o de jefe. Posiblemente el dueño de la inmobiliaria, demasiado especulativa la idea.
Cuando llegó a su casa, tras aparcar el coche, ya no había rastro de las visitas y todo seguía como siempre. Los carteles de cada inmobiliaria en cada casa, las puertas cerradas, todo igual.
La vuelta al trabajo le obligaba a cambiar sus horarios de comidas, pero los fines de semana dejaba comida preparada para varios días. Recalentó las albóndigas con tomate y abrió una bolsa de patatas chip.
Tras comer miró el móvil por si tenía algún mensaje o correo, dos emergentes de actualizaciones que ya haría más tarde, o mañana o... Se dispuso a leer las noticias en el portátil. No sabía para qué tenía un móvil si no lo usaba como teléfono móvil, alguna llamada, algún pedido para servicio puerta a puerta, poco más. El paquete de la compañía incluía en la promoción un móvil.
Ese día las noticias no arrojaban muchas novedades realmente ninguna. En las locales, un anciano de 90 años atropellado en un paso de cebra del centro de la localidad, cerrado un restaurante por problemas sanitarios, el comienzo de las labores de limpieza del cauce y la reconstrucción de la pasarela que se llevó el agua, y poco más. Se entretuvo un poco con un par de recetas, una de “salsa gribiche” y otra de cebolla confitada con mostaza, cerró el portátil.
Mañana sería otro día.
La semana laboral había pasado con varias noticias inquietantes para Juan, y había cierta dinámica en el barrio que le parecía diferente, algo en el aire le daba la impresión de que estaba cambiado o cambiando, algo impreciso, sutil, diferente. No sabía exactamente lo que era, pero era algo, como una niebla invisible que se estuviera extendiendo lenta e inexorablemente.
El martes ya se había publicado la foto de la desaparecida. “Ana Ferrer. 38 años. Vista por última vez entre la Plaza de la Paz y la Avenida de las Colonias, llevaba vestido de color azul, pelo corto castaño. Policía Nacional”.
El miércoles fue otro día extraño de la semana, la prensa local y regional publicó la noticia de que se había localizado a su ex marido en Montauban, Francia, y que estaba allí visitando a sus padres desde el mes pasado. Ese mismo día, la prensa local dio conocimiento de que había una persona, un testigo, que dice que la vió caminando sobre las 11:30 de la noche por la calle Villegas Delgado. Este dato le sorprendió tanto que le puso en alerta, esa calle estaba en su barrio, era una travesía perpendicular a su calle, al principio de la misma. Ese día estuvo un poco despistado en el banco y cometió pequeños errores que no eran propios de él. Los clips de colores estaban en el mismo cajón que los metálicos, imposible.
Para añadir incomodidad a esa semana, el viernes no podía dormir. Las once de la noche y daba vueltas en la cama, así que se levantó y se fue a su taller intentando pintar un nuevo cuadro buscando relajo y orden mental. Nervioso, se dio cuenta de que tenía poco “rojo escarlata 334” y mucho negro; le temblaron las manos, no podía ser, llevaba un registro perfecto de necesidades de pintura y se dirigió a la libreta donde anotaba cuántos botes tenía y si estaban llenos, medios o vacíos. Allí estaba el error, no había ninguna anotación al respecto. No se reconocía. No podía ser.
Intentando calmarse decidió dar un paseo, se vistió y miró su reloj, las 11:40. Comenzó a subir la calle cuando vio a la señora con ropa de colores chichones y mal combinados paseando a su chucho pero en la acera de enfrente. No se miraron pero algo extraño estaba pasando. ¿Habría sido ella la que había informado de haber visto a la mujer? ¿Por qué de repente no pasea al perro por la acera de siempre? ¿Podría ser que no tuviera nada que ver con el caso y que fuera por lo de la botella de vinagre del otro día? ¿Y la doble visita a la vez a las casas colindantes? ¿Por qué tenía los clips de colores mezclados con los metálicos? ¿Cómo es que no le quedaba apenas rojo escarlata?
Sin darse cuenta, andando sin rumbo, había llegado al puente desde donde tiró el paquete. El subconsciente le estaba traicionando, pero él siempre había creído que no tenía subconsciente, seguro que no era eso. Otro hombre venía de frente hacia él así que resistió la tentación de mirar hacia la zona del puente de cañas y árboles del cauce. Se cruzaron sin mediar palabra, pero el hombre no llevaba ropa deportiva ni paseaba a ningún perro. ¿Qué hacía allí? Se tranquilizó pensando que quizás tampoco podía dormir y estaba paseando. Al final del puente se paró casi en seco. Esa cara le recordaba a uno de los clientes que estaba el otro día visitando la casa en venta de la izquierda de la suya. Tenía buena memoria visual, pero esto ya era demasiado, el fantasma de la paranoia se estaba apoderando de su mente milimétrica.
Mañana sábado iría al mercado a comprar como todos los sábados y todo volvería a la normalidad. Volvió a casa y se acostó.
Media hora más tarde se levantó de golpe: “la maza”. Corriendo, fue al taller a buscar la herramienta. Buscó lejía y un bote e introdujo la parte metálica del mazo en el líquido. ¿Cómo podía haber olvidado eso? ¿Qué más estaba olvidando o no estaba teniendo en cuenta?
Se repitió machaconamente que mañana iría al mercado como todos los sábados y el mundo volvería a la normalidad.
La mañana era luminosa y el desayuno impecable, té con tostadas de mantequilla y mermelada, algunas veces dejaba de lado el maravilloso aceite de oliva por estas excentricidades, como si fueran un placer oculto. Repasó la lista de comidas y amplió la de la semana que viene, a mano, con la cuadrícula hecha con regla, creando celdas para siete días con desayuno, comida y cena.
En otro papel anotó con bolígrafo negro la lista de la compra del mercado y en la parte inferior de la hoja “óleo rojo”. Tendría que pasar por la papelería para encargarlo como hacía siempre. Dudó si le convendría más hacer el pedido por internet usando el móvil para que pareciera que se usaba en algún momento. Aun en pijama, se acercó a echarle un vistazo al móvil. Actualizó de mala gana lo que le pedía ese ser insaciable de megas, sabía que tenía que limpiar de fotos ese cacharro, pero lo haría más tarde, pasaría las fotos de sus cuadros al portátil y liberaría algo de espacio, el indicador le decía que estaba al 73% de capacidad. Aburrido de esta tecnología, dejó el móvil en su sitio.
Cogió el carrito de la compra. Eran las ocho y media de la mañana. Estaría en el mercado a las nueve. Antes de salir, se dio cuenta de que no se había puesto ropa de calle. Un despiste que le hizo reír.
Más tarde abrió el portón de casa, ya vestido con ropa informal, ropa de compra sabatina en el mercado. Mientras colocaba el carrito a un lado y cerraba con doble llave la puerta, se fijo en una mujer que estaba haciendo estiramientos en la acera de enfrente, apoyada en la valla de esas casas que no se construirían nunca.
Era sábado, era sábado, repetía diciéndose que todo estaba bien, ordenado, como siempre. Se fijó en el cartel de la inmobiliaria de la derecha mientras avanzaba por la acera: “Merea y Asociados”. Al fondo se acercaba un camión del Ayuntamiento, uno de esos camiones con canastilla, con brazo articulado para alcanzar zonas altas. Estaban reponiendo las bombillas fundidas de la calle y cambiando cristales rotos de las farolas. Parecía que las cosas comenzaban a funcionar en el consistorio. Organización. Orden. Método. Meticulosidad. Siempre dejando un poco de margen al azar y sabiendo enfrentarse a él, con afilada espada y sólido escudo. Esa era la clave de su mente y así era como el mundo debería funcionar, todo lo demás le parecía incomprensible.
¿Por qué todo el mundo llevaría un cacharro de esos, un móvil, en el bolsillo constantemente? Eso le hizo pensar en que ya deberían haber cursado la orden a la compañía para triangular torres de comunicaciones o localizaciones con el GPS o cualquier magia negra que usaran los tecnócratas de esos años. ¿Podrían encender el móvil a distancia, desde la central de la compañía? Si eso se pudiera hacer localizarían el cadáver. ¿Podrían rastrear la tarjeta sim aunque no estuviera en el móvil? A estas alturas, tendrían que revisar el depósito de basuras entero. ¿Podrían recomponer la ruta que hizo esa noche el móvil? Juan le dió un paseo al móvil por otras calles y además pensaba que si pudieran saber si por la velocidad iba andando, o corriendo o en coche, eso despistaría bastante a los investigadores.
Hoy era sábado de mercado y todo va a volver a la normalidad, pensaba mientras intentaba dibujar una media sonrisa en la cara.
En los márgenes más sombríos de la legalidad, donde la astucia suplanta a la virtud y la palabra se convierte en herramienta de engaño, convivían dos hombres unidos por una afinidad tan peligrosa como inevitable: el arte de la estafa.
Bruno Alcázar era un consumado embaucador, dotado de una elocuencia persuasiva y una habilidad casi teatral para adoptar identidades diversas. Había hecho de la simulación su oficio y de la credulidad ajena, su sustento. Su socio ocasional, Esteban Luján, no le iba a la zaga en cuanto a mañas, pero poseía una inclinación peculiar: la querulancia. Hallaba en los vericuetos legales un escenario donde desplegar su obsesiva tendencia a denunciar, reclamar y litigar, incluso en los casos más nimios o artificiosos.
Durante un tiempo, ambos colaboraron en empresas de dudosa moralidad, urdiendo engaños con precisión casi artesanal. Sin embargo, como suele acontecer entre quienes se mueven en tales terrenos, la confianza era tan frágil como interesada. Una disputa por el reparto de un botín particularmente sustancioso fracturó su alianza.
Fue entonces cuando Esteban, herido en su orgullo y movido por su naturaleza litigante, decidió actuar. Con minuciosidad enfermiza, reunió indicios, exageró pruebas, adornó relatos y presentó una primera denuncia contra Bruno. La acusación, aunque construida sobre medias verdades, bastó para inquietarlo.
Bruno logró esquivar las consecuencias inmediatas, apelando a sus propios recursos de persuasión y a ciertas lagunas probatorias. Pero apenas había recuperado el aliento cuando llegó la segunda denuncia, más elaborada, más incisiva, como si Esteban hubiese perfeccionado su arte en el intento anterior.
Fue entonces cuando la situación adquirió un cariz distinto.
Una tarde gris, Esteban se presentó en la residencia de Bruno. No traía consigo documentos visibles ni actitud airada; su calma era, si cabe, más perturbadora.
—No pretendo destruirte —comenzó, con una voz medida, casi didáctica—. Al contrario, vengo a ofrecerte una solución mutuamente beneficiosa.
Bruno, curtido en tretas, percibió de inmediato la trampa envuelta en cortesía.
Esteban expuso su propuesta con precisión quirúrgica: retiraría ambas denuncias, desistiría de toda acción legal y permitiría que el asunto se desvaneciera en los laberintos burocráticos… a cambio de obtener acceso irrestricto a la casa de Bruno y la facultad de disponer de ella —y de su anfitrión— según su capricho.
No se trataba de un simple uso del espacio, sino de una intromisión constante, de una forma sutil pero persistente de dominio. Esteban no exigía dinero ni participación en futuras estafas; exigía control.
—Lo considerarás —añadió—. Porque, si no, los tribunales harán su trabajo. Y esta vez, me he asegurado de no dejar cabos sueltos.
El silencio que siguió fue denso, cargado de cálculos y resentimientos. Bruno comprendió que, por primera vez, no tenía la ventaja. El querulante había convertido su obsesión en un arma, y lo había colocado en una posición de extrema vulnerabilidad.
Durante días, la mente de Bruno osciló entre la rebeldía y la conveniencia. Finalmente, cedió.
Desde entonces, su casa dejó de ser un refugio para convertirse en escenario de una dominación velada. Esteban aparecía y desaparecía a voluntad, reorganizaba espacios, imponía rutinas absurdas, alteraba la cotidianidad con una meticulosidad casi enfermiza. No había violencia manifiesta, pero sí una constante erosión de la autonomía.
Y así, dos estafadores, habituados a manipular a otros, quedaron atrapados en una relación donde el engaño ya no era un medio, sino un fin en sí mismo. En aquel juego perverso, la astucia no liberaba, sino que encadenaba, y la ley, invocada tantas veces como instrumento, se transformaba en la más sofisticada de las amenazas.
"Las palabras lo aguantan todo", dijo mientras oía el silbido de las bombas caer.
En todas partes hay un tonto; si miras alrededor y no lo ves, ponte en lo peor.
En mi casa nacimos todos con mala sombra. ¿Quiere un ejemplo? Yo creo que el mejor es el del tren de Navidad.
En casa éramos once hermanos, como ya dije. Entonces, un accidente se convirtió en un inesperado golpe de suerte para todo el pueblo. En la curva de las Posadas había descarrilado un tren de mercancías y la carga de uno de los vagones estaba desperdigada por el suelo.
Para cuando llegó la Guardia Civil, ya había desaparecido sin dejar rastro el contenido del vagón volcado.
Algunos cogieron azúcar, aceite, o mantequilla. Nosotros conseguimos coger dos cajas, y no de las más grandes, ¿y qué se cree que tenían? Pues una cepillos para limpiar el calzado, peines, calzadores y betún; y la otra, pintura blanca.
Mi padre estuvo meses pensando si intentar vender aquellos cepillos, pero como no quería que los señalasen como procedentes del saqueo, hasta el día de hoy queda alguno de esos peines, y cepillos, ¡cago en su alma!
Y con la pintura blanca, pintamos la casa, que tenía ya buena necesidad. Los que habían cogido cosa de comer nos miraban con una mezcla de compasión y rechifla, pero sólo algunos, unos pocos, compartieron algo de lo suyo.
Pero lo peor de todo fue cuando después de pintar la casa vinieron todos los perros y los gatos del pueblo a lamer las paredes. Porque no era pintura, sino leche en polvo, pero a nadie se le había ocurrido que existiera una cosa así.
¡No me diga que no es mala sombra!
Feindesland. Veinte cuentos que no mienten.
¡La había amado locamente!
¿Por qué se ama? ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo
pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un
nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del
alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en
todas partes, como una plegaria.
Voy a contaros nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La
conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente
envuelto, atado y absorvido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de
día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.
Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa
muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una
semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron,
escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus
manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo
le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo!
Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡y yo
comprendí! ¡Y yo comprendí!
Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo
el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios
mío!¡Dios mío!
¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres
amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa
y al día siguiente emprendí un viaje.
Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación - nuestra habitación, nuestra cama,
nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte -, me
invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a
la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían
encerrado y la habían cogijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su
aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la
puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder
contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que
llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas
veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie,
temblando, con los ojos clavados en el cristal - en aquel liso, enorme, vacío cristal - que la había
contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas.
Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo,
ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el
hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo
lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de
mármol blanco, con esta breve inscripción:
«Amó, fue amada, y murió.»
¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y
permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y
loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última
noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer?
Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte.
Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual
vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros
necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven
la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las
llanuras.
¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido,
aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde
los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están
podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie
ciuda, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí
entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra
a una tabla.
Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente,
lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro,
pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos,
chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi
cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué
las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas.
Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y
no pude encontrarla!
No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos
senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo Tumbas! A mi derecha,
a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de
ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos
de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza,
en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres
humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba
paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.
Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba
moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que
me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual
estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo
con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz
pude leer:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue
bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»
El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una
piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró
lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A
continuación con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras
luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a
disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó
a sus vecinos, robó todo lo que pudo, y murió en pecado mortal.»
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar
a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de
ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas,
sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos,
maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían
robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles
esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos
hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo
tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar,
mientras estaban vivos.
Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los
ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido que la
encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por
un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
Amó, fue amada, y murió.
ahora leí:
«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.
Guy de Maupassant.
—¿Otra copita?— preguntó María a sus aburridos invitados.
El coñac era tentador, pero no tuvo éxito en aquella ocasión; algunos incluso comenzaron a dar señales de que no pensaban quedarse mucho tiempo.
Las casas situadas en las afueras gozan de una paz desconocida en las ciudades, pero a menudo pecan de exceso de carácter, sobre todo las antiguas, imponiendo su obstinado silencio a quienes las habitan para mejor escuchar los propios crujidos. Tal vez la magnífica alfombra del salón, de la que tan orgullosa estaba su dueña, los muebles del siglo pasado y el aroma de la madera añeja tuvieron algo que ver con que el ambiente se hubiera relajado hasta el punto de invitar mas al sueño que a la conversación.
La cena había sido espléndida y el vino aún mejor, culpables en buena medida ambos de que aquella reunión de viejos amigos hubiera tocado fondo poco después de la medianoche. O quizás sea mejor no buscar otras razones y baste con decir que, por llevarlo ya ellos dentro o por haberlo contraído de algún rebuscado modo, el aburrimiento se había apoderado de todos ellos hasta que el murmullo de las conversaciones fue dejando paso al silencio, ya sólo desafiado abiertamente por Alberto, que cantaba suavemente la conocida canción de Gloria Lasso:
“Nunca sabré por qué siento tu pulso en mis venas,
Nunca sabré en que viento llegó ese querer...”
—¡Ah!, ¡por Dios!, deja esa maldita canción —le recriminó María—. Cecilia se pasaba todo el día cantándola.
Y aquel nombre surgió como un clavo ardiendo al que se aferró la conversación en un último intento, acaso póstumo, por no caer al vacío.
—¿Qué ha sido de ella?— Preguntó Marta, sorprendida por no haberse acordado antes de la amiga de antaño.
—Ni idea. Es como si se la hubiera tragado la tierra— respondió María. —No he vuelto a saber nada de ella desde hace tres años, cuando nos aguó la fiesta con aquella maldita historia. Y sinceramente, desde aquel día, tampoco me he preocupado mucho de buscarla: si quisiera, ella sabría donde encontrarme.
—¿Qué historia?— terció Alejandro, que trataba desesperadamente de huir de un nuevo acceso de locuacidad de Juan Antonio, el cura eternamente enfundado en su sotana, inmune a cualquier desaliento.
—La verdad es que preferiría no hablar de eso— se disculpó María.
Unos cuantos ruegos inopinadamente calurosos, y su enraizado sentido de la hospitalidad, la impulsaron a ceder a pesar de que no le apetecía para nada recordar lo sucedido.
La botella de coñac comenzó a pasar de mano en mano ante la expectativa de una historia, y los que, distraídamente, habían recogido sus guantes o su encendedor, volvieron a dejarlos en su sitio y se arrellanaron en sus asientos.
A la vista de que la noche aún podía saldarse con algo más que los obligados cumplidos y los saludos de rigor, la anfitriona decidió no hacer un simple esquema de los hechos y se lanzó a contar una verdadera historia, como todos esperaban.
—Hace tres años—empezó con voz voluntariamente engolada— nos reunimos el día de los Santos Inocentes y nos fuimos a cenar a casa de Miguel, en la ciudad. Sólo estábamos Miguel, Sonia, Cecilia, José Luis y yo. Los demás, no tengo ni idea de dónde os habíais metido ese día. Después de cenar nos pusimos a hablar hasta que la conversación se fue apagando poco a poco. El silencio empezaba a hacer estragos cuando Miguel propuso, medio en serio medio en broma, que hiciéramos espiritismo, como en los viejos tiempos.
—Con esas cosas no se juega—. Interrumpió Juan Antonio, siempre atento a la oportunidad de introducir su cuña moralista.
—Tal y como nosotros pensábamos hacerlo no pasaba de ser un mero entretenimiento, como el parchís, pero Cecilia se negó en redondo. Se negó con tal vehemencia que llegó a parecernos un poco histérica, y ya sabéis lo raro que es eso en ella.
"Tuve una experiencia horrible una vez y no quiero volver a saber nada ni de espiritismo ni de cosa que se le parezca", nos dijo. Pero como era el día de los Santos Inocentes, creímos que nos estaba tirando el anzuelo para gastarnos una broma y le preguntamos qué había pasado.
"¿Os acordáis de Javier?" , preguntó.
“ Si, claro, ¡cómo no nos vamos a acordar! ", respondió José Luis.
" Pues no murió de un infarto, como todo el mundo cree. Yo estoy segura de que no".
Los cuatro la miramos sin atrevernos a abrir la boca, esperando que ella dijera lo que tuviera que decir: si era una broma la había llevado demasiado lejos. Pero su expresión no parecía la de alguien que preparara una inocentada.
" Mucho tiempo después de que los demás dejarais de interesaros por esas cosas, nos seguíamos reuniendo él y yo, como cuando éramos estudiantes. Cogíamos un libro y unas tijeras e invocábamos a un espíritu, siempre al mismo."
" El mismo del que habláis en la novela”, dijo Sonia, que sabía algo del tema.
" Sí, ese. Y le preguntábamos muchas cosas, del pasado y del futuro; algunas eran muy importantes y otras no pasaban de simples tonterías: ya sabéis como suele funcionar el tema. Lo más curioso es que, a la larga, he podido comprobar que sus respuestas eran siempre ciertas, por inverosímiles que pudieran parecer en principio.
Era algo estupendo: era como tener un amigo que vive muy lejos y te cuenta cosas de un país extraño. Por lo que pudimos adivinar, en vida había sido un tipo magnífico y no había nada que temer de él mientras conserváramos nuestra buena disposición y nuestras buenas intenciones.
Luego, con el tiempo, el espíritu comenzó a mostrarse un poco más arisco con Javier, negándose a contestar sus preguntas o dándole respuestas ambiguas, pero a mí me seguía tratando igual que siempre.
En aquella época llegué incluso a soñar con él un par de veces. Yo misma sería la primera en decir que estaba obsesionada si no fuera por que se trataba de unos sueños rarísimos: él simplemente me sonreía, con su gorra ladeada sobre la cabeza, y desde su enorme estatura me miraba con ojos llenos de algo indescriptible, algo a medio camino entre la ternura y la pena. Entonces, daba un paso hacia mí y me ofrecía la mano, pero cuando yo la cogía él empezaba a desvanecerse y la tristeza se acentuaba en sus ojos. En ese momento, siempre en el mismo, me despertaba sobresaltada, aunque no con el terror de después de haber tenido una pesadilla.
Se lo conté a Javier y me dijo que se me estaba empezando a ablandar la sesera, y que si no durmiera sola no tendría esa clase de sueños precisamente. Ya sabéis como era Javier cuando bromeaba."
"¿Pero qué pasó luego?", preguntó Cristina, impaciente.
" Un día, un día tan húmedo y asqueroso como hoy, nos reunimos donde siempre y convocamos al espíritu, que parecía estar esperándonos, a juzgar por lo rápido que se empezó a mover el libro. Al principio todo fue igual que siempre, pero cuando llevábamos unos minutos haciéndole preguntas nos dimos cuenta de que una extraña luz blanquecina se extendía por todo el zócalo de las paredes. Javier se asustó un poco y le preguntó al espíritu si esa era su luz. La respuesta fue totalmente afirmativa y yo también me asusté, y más aún cuando la luz abandonó el zócalo de la pared y empezó a reptar por el suelo, como una mancha blanca, hasta rodearnos. Entonces, dejando el libro de lado, nos agarramos con todas nuestras fuerzas para enfrentarnos a lo que pudiera suceder.
El cerco de luz se estrechó aún más, hasta que se convirtió en un círculo bajo nosotros. En ese momento pareció tomar forma en el aire y se introdujo por nuestras bocas hasta que desapareció como si de verdad nos lo hubiéramos tragado.
Desde luego, cuando ocurrió esto, encendimos las luces y nos fuimos a la calle a toda velocidad. Javier dijo no encontrarse muy bien y se fue a casa.
Tres días después había muerto. Fue la última vez que lo vi."
”¿Y tú? ", le preguntó Miguel.
"Yo también me sentí rara, pero no puedo decir que fuera una sensación desagradable. Desde que ocurrió aquello me pongo enferma sólo de pensar en una sesión de espiritismo. Aunque sea en broma".
—Así que, después de escuchar esto, los cinco, amedrentados y cabizbajos, salimos a la calle a tomar unas copas, a pesar de la lluvia.
—La historia no deja de ser curiosa, pero tampoco es para tanto— dijo Alberto.
—Es que aún no he terminado. A mí, lo que realmente me dio escalofríos fue ver cómo, a pesar de la buena temperatura, el agua de la lluvia formaba carámbanos en los bajos del abrigo de Cecilia.
Feindesland. 1993
A José Olmillo le habían pasado la papeleta de resolver uno de esos líos que se venden como malentendidos. Se iba a dictar sentencia contra el señor Iñurra y parecía que ANIMUS se había vuelto loco, seis años y medio de cárcel por soborno, malversación y media docena de acusaciones demostradas.
ANIMUS era el megaprocesador que se encargaba de interpretar las leyes y dictar sentencias, no fallaba una o las fallaba todas, según convenía. Y ahora convenía que el fallo tuviera un fallo. Iñurra era un gran “benefactor” con contactos en todos los círculos donde hubiera dinero, poder y política, no siempre en ese orden. Tenía que ser declarado no culpable por narices, pero ANIMUS seguía aplicando las leyes con rigor y justicia.
Olmillo entró en el centro de datos y, martillo en mano, comenzó a machacar el cubo óptico con datos número seis, según le habían informado. ANIMUS ni se inmutó, tenía copias repartidas por medio planeta.
menéame