Relatos cortos
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El cosmos odia la incongruencia

El dinero corrompe. Sobre todo al que no lo tiene. Hay gente que piensa en su pasado y cree que se sentía mejor cuando era más pobre, gente que va a los supermercados en busca de productos tristes, con envoltorios feos, de mala calidad o poco conocidos, tratando de hacer justicia mercantil a los débiles de la estantería. A mí, eso, la verdad, me parecen restos de una póliza de seguros. Antes de que me tocara la primitiva yo también creía en la honradez de la miseria, pero ya me explicó mi sicólogo …
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El tren de Navidad

En todas partes hay un tonto; si miras alrededor y no lo ves, ponte en lo peor. En mi casa nacimos todos con mala sombra. ¿Quiere un ejemplo? Yo creo que el mejor es el del tren de Navidad. En casa éramos once hermanos, como ya dije. Entonces, un accidente se convirtió en un inesperado golpe de suerte para todo el pueblo. En la curva de las Posadas había descarrilado un tren de mercancías y la carga de uno de los vagones estaba desperdigada por el suelo. Para cuando llegó la Guardia Civil, ya había desaparecido sin dejar …
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Publicada por entregas en Menéame la novela corta "Cada tela teje su araña"

Tal y como prometí en su momento, dejo aquí el ínidice de la publicación: Desde el viejo C3 de León, aprovechamos para felicitaros también el Año Nuevo. Feindesland, Ministerio de La Verdad, Psicostasis, Retruécano y dos más que no quieren identificarse.
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Cada tela teje su araña (y IX). Final

18 La gerencia del hotel está en el último piso, cerca de las máquinas de los ascensores. Los despachos en el último piso tienen la triple ventaja de las buenas vistas, el valor simbólico de la jerarquía y la facilidad de frenar a las visitas molestas antes de que lleguen. Julio Portillo, el gerente, ha sacado docenas de carpetas de un archivador metálico. Comprueba su contenido y rompe sistemáticamente cientos de hojas. En el suelo ya hay un buen montón de papeles rotos, en …
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Cada tela teje su araña (VIII)

16 María lleva todo lo que va de la mañana escuchando cuchicheos por los pasillos, carreras y alborotos, pero no se ha molestado en preguntarle a nadie qué pasa. Hace ocho años que entró a trabajar en el hotel como camarera y sabe de sobra que pasan cosas raras, pero prefiere no preguntar ni enterarse de nada. De hecho, sus compañeros ya no se acercan a ella a comentarle chismes, porque siempre los despacha con un “¿y a mí que me importa?” María lo tiene claro: …
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Cada tela teje su araña (VII)

14 La habitación 202 no tiene cama. Hace tiempo que la 202 es un despacho, y allí trabaja Luis Molina, encargado de relaciones públicas del hotel y responsable de los eventos y congresos que se celebran en la planta baja. Su mesa está impecable, y en los cajones sólo hay un par de agendas abarrotadas de números de teléfono. A Molina le basta con conocer y poder llamar a las personas necesarias en cada momento. Ni siquiera tiene un archivador en el despacho: todo lo que importa lo almacena en el …
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Cada tela teje su araña (VI)

12 Hans Hoffmann es Vitali Kirilenko haciéndose pasar por Gerdhard Schepke. Al final, todo se reduce a un tipo calvo y con bigote que guarda los tres pasaportes en la misma mesilla de noche de la habitación 401. Ahora acaba de sacarlos los tres y, sentado en la cama, se cambia de calcetines mientras piensa qué hacer. Acaba de escuchar la noticia que ha sacudido los cimientos de la v ida en el hotel y echa sus propias cuentas. Nada. No va a hacer absolutamente nada. Si acaso, ir a ver a la mujer de la …
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Cada tela teje su araña (V)

10 Justino casi vive en la cocina. Tiene su propia casa y una habitación en el hotel, pero lleva treinta años presentándose en su puesto a las siete de la mañana sin marcharse nunca antes de la medianoche. Suele decir que si le pagasen las horas extras sería millonario, pero lo cierto es que ni siquiera las ha reclamado, ni tampoco sabría qué hacer con el sobresueldo si llegara a cobrarlo algún día. Justino enviudó hace quince años, poco después de empezar a …
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Cada tela teje su araña (IV)

7 Malindo miró el reloj. Las once y cuarto. El objetivo probablemente no llegaría antes de la una, pero a partir de las doce debía estar preparado. O incluso un poco antes. Sacó el rifle de la bolsa de deportes, lo montó cuidadosamente y colocó la mira telescópica. Luego lo cargó con tres balas. Sólo iba a necesitar una, pero siempre cargaba tres balas por si algún golpe de mala suerte le obligaba a disparar contra alguien que mirase hacia la ventana. La mujer …
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Cada tela teje su araña (III)

5 La agente inmobiliaria se retrasó quince minutos y Malindo ya comenzaba a ponerse nervioso. A cambio, se alegró ver de que llegaba sola. —Disculpe la espera. Me llamo Rocío. Justo cuando iba a venir apareció una persona y no he podido terminar antes. —No se preocupe. Mi nombre es Néstor. Néstor Martínez —se presentó Malindo cambiando de mano la bolsa de deporte en la que llevaba el rifle. Precisamente su necesidad de llevar el rifle encima era lo que le …
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Cada tela teje su araña (II)

3 A Malindo el viaje se le ha hecho largo, y no sólo porque ha tenido que conducir cuatro horas nada más bajarse del avión, sino porque sabe de sobra que no puede permitirse que lo pare la policía bajo ninguna circunstancia y ha cumplido escrupulosamente todos los límites de velocidad, algo muy difícil, de noche, para quien está acostumbrado a poner al límite motores de doble o triple cilindrada del que ha tenido que conducir por España. Pero al fin ha llegado, justo a tiempo para unirse …
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Cada tela teje su araña (I)

Y cuando al fin venza el plazo señalado, volverán los dioses de su exilio. Llegarán en un barco construido con las uñas de todos los muertos y, expiada su culpa, purificados los dioses del mal que toleraron, juzgarán a los hombres. Ese día será Ragnarok. El regreso de los dioses. El último día. Edda Mayor. Mitología nórdica 1 Le dijeron que era una urgencia y no preguntó más. Ya se …
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Las siete de la tarde

Son las siete de la tarde. Solo las siete, y ya es de noche. Las luces de los SUVs eléctricos me ciegan mientras, con paso fúnebre, agarro un carrito de la entrada. Entro en el supermercado y lo primero que observo son las caras demacradas de los cajeros. Con esos chalecos verdes parecen un árbol de Navidad chino. Huele a muerte, hiede a desolación. Recorro los pasillos con el móvil en la mano. Voy clickando los checkboxes de la lista mientras esquivo los carritos de otros parias de la tierra. Ropas harapientas, ojos …
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