El iglú nace del clima, claro, pero también de la cultura. Pensemos en los inuit, pueblos indígenas del Ártico que habitan una de las regiones más duras del planeta. Sus asentamientos cambian con las estaciones y se organizan en torno a la caza, la pesca y la presencia de animales como la foca, la morsa, el narval o el caribú. Parte del año se pasa cerca del mar y parte en el interior. Como arquitectura temporal, el iglú responde a esa forma de vida nómada. La casa sigue al alimento.