Todo empezó lentamente, sin aspavientos, al principio se pagaba porque te curaran, te operaran, te dieran medicación a precios bastante competitivos de libre mercado y la sanidad pública quedó reducida a mínimos, lo justo para poder decir que existía algo llamado «sanidad para todos».
Lo que nadie vio venir es que terminaríamos pagando literalmente por vivir. La cuota mensual de vida era alta al principio pero asumible, cuando fallabas en el pago se te acababa la vida, te “desvivían”, como se decía; eso sí, incluía descuentos familiares si los órganos eran útiles para trasplantes.
Nadie lo vio venir y si alguno lo anticipó fue inútil porque jugar con las cartas del futuro marcadas siempre te hace ganar la partida.
La guerra bacteriológica estalló hace dos años y nadie puede imaginar dónde se dará el próximo golpe. Las fronteras no se pueden cerrar completa e indefinidamente y los portadores de virus super contagiosos, como el nuevo patógeno modificado de una cepa de finnlakeviridae, no muestran signos de la enfermedad los primeros días. Los bacterroristas envían a personas inoculadas a una muerte segura pero en dos semanas pueden contagiar a miles de personas, en un mes un millón. Cepas modificadas de tristromaviridae, de portogloboviridae y un largo etcétera, todas diseñadas en laboratorio. Es imposible luchar contra algo así. Y el problema es el contraataque en una espiral sin fin de enfermedades mortales.
(NdA.: Escrito en 2012, como idea para desarrollar. Cosa que nunca hice.)
menéame