Las propinas, tal como se consolidaron en Estados Unidos, pueden leerse menos como un acto espontáneo de generosidad y más como una respuesta incómoda a una desigualdad social evidente. En una sociedad que producía riqueza a gran escala, pero la distribuía de forma obscenamente desigual, la propina apareció como un gesto mínimo para aliviar la culpa de quienes podían pagar sin sentirlo frente a quienes vivían de servir. No resolvía nada, no corregía el desequilibrio, pero ofrecía la ilusión de humanidad: unas monedas para suavizar la conciencia y evitar la pregunta incómoda sobre salarios justos y condiciones dignas. Así, la propina no nació como puente entre iguales, sino como un parche moral que permitía convivir con la miseria ajena sin tener que mirarla demasiado de cerca.