En los últimos tres años, Washington ha reclamado un extenso poder para imponer normas globales que prohíben a las empresas de cualquier parte del mundo enviar a China chips informáticos de última generación o herramientas necesarias para fabricarlos. Los funcionarios estadounidenses han argumentado que ese enfoque es necesario para asegurarse de que China no obtenga ventaja en la carrera hacia la inteligencia artificial. Pero un conjunto amplio de restricciones anunciadas por Pekín la semana pasada demostró que dos pueden jugar ese juego.
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