Cualquier seminario de historia económica, casi inevitablemente, tropieza con dos grandes mitos cuando abordamos el caso de Prusia.
Por un lado tenemos la caricatura del "Estado-cuartel" sin base productiva (como si un ejército pudiese vivir del aire). Por otro lado, tenemos el determinismo perezoso que básicamente asume que su músculo industrial no es más que un simple subproducto de la política de Bismarck. Ambas narrativas hacen aguas en cuanto empezamos a indagar.
Situémonos a mediados del siglo XVIII. Prusia no era más que una economía agraria bastante rígida. Al este del Elba, teníamos a los Junker que mantenían unas estructuras casi feudales y la productividad total de los factores se había estancado. Sin embargo ¿dónde radica la anomalía prusiana? En la capacidad estatal.
Mientras otras monarquías europeas externalizaban la recaudación o se endeudaban sin pensárselo, Prusia articuló una burocracia fiscal y administrativa que, para la época, era tremendamente eficiente. Esta capacidad estatal temprana le otorgó un músculo fiscal desproporcionado respecto a su modesta renta per cápita.
Con Federico el Grande lo que vemos es crecimiento Smithiano clásico. Ganancias derivadas de la expansión territorial, dividendos demográficos y roturación de nuevas ttierras. Crecimiento extensivo en estado puro. De cambio técnico endógeno o transformación estructural profunda había más bien poco. El verdadero shock vendría un poco más tarde.
El punto de inflexión no es político sino arancelario. Por supuesto hablo del Zollverein de 1834. Los manuales suelen despacharlo bastante rápido pero desde el punto de vista macroeconómico es una obra maestra del diseño institucional. Prusia lideró la creación de un mercado común que terminó con los costes de transacción y eliminó las fricciones interestatales. Esto generó un espacio para economías de escala masivas mucho antes de que se llegase a disparar un solo tiro en las guerras de unificación. La integración de los mercados de bienes se adelantó a la integración política. Este detalle lo cambia todo.
A partir de la década de los 1850 la dinámica salta por los aires y aquí entran ya los modelos de geografía económica pura. La explotación del carbón en Silesia y en el Ruhr, sumada a la red ferroviaria, no sólo desplomó el coste de los fletes. El tren arbitró los precios y destruyó los monopolios locales además de generar unas externalidades de red formidables con unos encadenamientos productivos hacia atrás y hacia adelante (acero y maquinaria) que dispararon la aglomeración industrial.
Al irnos a las bases de datos de Angus Maddison, el crecimiento del PIB en el espacio alemán en la segunda mitad del siglo XIX ronda el 2-3% anual. A los ojos de un contemporáneo que está acostumbrado a las tasas asiáticas actuales puede parecer bastante mediocre pero para una economía que apenas estaba escapando de la trampa malthusiana, mantener esas tasas compuestas de forma sostenida es un rendimiento sencillamente espectacular.
Hay un factor que la literatura ortodoxa a veces infravalora. Me refiero al capital humano. El sistema educativo prusiano no se limitó a erradicar el analfabetismo sino que generó un capital humano brutalmente sesgado hacia las disciplinas técnicas. No es casualidad que hacia el 1914 empresas como BASF o Bayer no tuvieran rival en el mundo.
¿Fue todo esto un triunfo del laissez-faire? Admito que no del todo. Pero tampoco fue una economía de planificación central. La paradoja prusiana es que teníamos un Estado políticamente muy autoritario que, al mismo tiempo, garantizaba una seguridad jurídica enorme para los derechos de la propiedad y convertía en infraestructuras clave. Además, el modelo se apoyó en la banca universal para financiar a largo plazo a la industria pesada. Gerschenkron tenía mucha razón en este tema.
Evidentemente, tras la Primera Guerra Mundial el sistema colapsa. El esfuerzo bélico, luego la monetización crónica del déficit y el shock brutal de las reparaciones de Versalles destrozaron la estructura de incentivos y los equilibrios macroeconómicos. La hiperinflación de Weimar del 23 no solo es la anécdota de gente moviendo billetes en carretillas. Es el manual clásico de lo que ocurre cuando el anclaje fiscal desaparece por completo y las expectativas se desanclan debido a decisiones políticas extremas. Ahí ya no hablamos de Prusia sino de un régimen institucional patológico.
No fue ningún milagro alemán. Fue un proceso de convergencia muy bien documentado que estuvo condicionado por la geografía, la reducción de costes y el diseño institucional.
Si queréis nos metemos a destripar las series temporales de producción industrial de Hoffman y los ratios de urbanización, pero prefiero que no queráis porque es un trabajo enorme.