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Mamá, no insistas, no voy a ponerme bufanda
Cuando era un crío y llegaba el invierno o los fríos del otoño, que por entonces el otoño era una una estación donde también hacía un frío que pelaba, vivía atemorizado por la imagen de mi madre persiguiéndome por todos los rincones de la casa con esos gorros de lana que llamábamos verdugos, o con la bufanda, y esa orden en forma de grito conminándome a ponerme esas prendas para no enfriarme la cabeza.
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