LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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Solamente hazlo

Levántate y no lo pienses más,

si crees en ti, lo conseguirás.

Solamente hazlo.

No tienes ni que pensarlo,

no lo dejes pasar de largo.

Primera norma: si lo ves pasar agarrarlo.

¡Todos nacimos creando!

Si puedes imaginarlo, puedes hacerlo.

Si me caigo, me levanto y de nuevo vuelvo al intento.

Y en la segunda, antes de acabar en la tumba,

procura que el tiempo te rinda, no abandones nunca a tu musa.

Que no te importe nada de lo que te digan.

Solo levántate y hazlo.

Sabes muy bien lo que hablo.

No pierdes nada por intentarlo,

no tengas miedo al fracaso.

Cuánto tiempo necesitarás, para actuar.

Deja ya de pensar, déjalo que salga con naturalidad.

Cuánto más estarás, esperando, mientas el tiempo va pasando.

Somos lo que somos, somos lo que hacemos, somos lo que estamos creando.

No existe el dolor eterno que no vaya curándose con el tiempo,

No le des la espalda al amor por miedo o temor a que te hagan daño.

No existe otra forma de hacerlo, sólo confía en tu talento,

y espera el momento, estate atento,

recuerda mantenerte siempre en movimiento.

Si no es el primero, tranquilo, entonces será al segundo intento.

No dejes pasar la oportunidad, mucho menos dejes pasar el tiempo.

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Rubén David Morodo Ruiz

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Soledad en pareja, Michel Houellebecq

Soledad en pareja, Michel Houellebecq

“La soledad en pareja es un infierno consentido... Estos problemas crecen poco a poco, en silencio, hasta que unos años después terminan por explotar y destruir cualquier posibilidad de vida en común”.

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Crash de J. G. Ballard

Helen Remington estaba sola entre las butacas y nos observaba. Vaughan clavó los ojos en el coche destruido, casi como si fuera a abrazarlo. Acarició los desgarrones del capó y el techo. Mientras, los músculos de la cara se le abrían y cerraban como pinzas. Se inclinó a mirar dentro de la cabina, inspeccionando los maniquíes. Yo esperaba que les dijera algo, y mis ojos pasaban de las melladas curvas del capó y los guardabarros a la raya entre las nalgas de Vaughan. La destrucción de este coche y sus ocupantes parecía autorizar la penetración sexual del cuerpo de Vaughan; en ambos casos, se trataba de actos conceptualizados y despojados de todo sentimiento, cargados con cualquier idea o emoción que nosotros quisiéramos ponerles.

Vaughan raspó las astillas de fibra de vidrio en el rostro del conductor. Abrió de un tirón la portezuela y acomodó el muslo en el asiento, aferrando con una mano el volante retorcido.

—Siempre quise conducir un coche chocado.

Tomé la observación como una broma, pero Vaughan estaba serio. En realidad parecía más tranquilo, como si este choque de coches le hubiera aflojado algunas tensiones corporales, o hubiese expresado para él algún acto violento reprimido hasta ahora.

—Muy bien —anunció Vaughan, sacudiéndose las astillas de las manos—. Nos vamos ya… Te llevo.

—Viendo que yo titubeaba, afirmó–: Créeme, Ballard, todos los accidentes se parecen.

¿Llegaba a advertir que yo estaba duplicando en mi mente una seria de posturas sexuales donde participábamos él y yo, Helen Remington y Gabrielle, y que reactualizaría la prueba mortal de los maniquíes y el motociclista de fibra de vidrio? En los mingitorios del parque, Vaughan expuso con deliberación el pene semierecto, dando un paso atrás y dejando caer en el suelo embaldosado las últimas gotas de orina.

Cuando nos alejamos del Laboratorio, recobró la agresividad de costumbre, como si los coches que pasaban le despertaran el apetito. Tomó la ruta de acceso a la autopista, hostigando con los destartalados y pesados paragolpes a los vehículos más pequeños, hasta que los apartaba del camino.

Señalé el tablero de instrumentos.

—Este coche… un Continental de hace diez años. ¿He de entender que tomas el asesinato de Kennedy como una especie de accidente automovilístico?

—Es posible.

—¿Pero por qué Elizabeth Taylor? Mientras corres de aquí para allá en este coche, ¿no la pones en peligro?

—¿Por qué?

—Por Seagrave. Está medio loco.

Vi cómo conducía a lo largo de los últimos tramos de la autopista, sin tratar de aminorar la velocidad, pese a los letreros de advertencia.

—Vaughan… ¿ella tuvo algún choque?

—Nada serio… Es decir que en el futuro la espera todo un mundo. Con un poco de organización, podría morir en una colisión única, que transformaría nuestras fantasías y nuestros sueños. El hombre que muera con ella en un accidente…

—¿Seagrave está de acuerdo?

—A su manera.

Nos acercamos a una rotonda. Casi por primera vez desde la salida del Laboratorio, Vaughan aplicó los frenos. El coche pesado resbaló y patinó un poco hacia la derecha, poniéndose en el camino de un taxi que ya había empezado a virar. Vaughan apretó el acelerador y dobló frente al taxi. El chillido de los neumáticos sofocó la bocina enardecida. Vaughan le gritó por la ventanilla al chófer, y corrió hacia el estrecho ramal del norte.

Ya más tranquilos, tomó un maletín del asiento de atrás.

 —He estado haciendo una encuesta entre la gente del proyecto. Dime si olvidé algo.

J. G. Ballard, “Crash”.

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Advocatorum...

" Los abogados suelen exagerar su astucia: les gusta dar a entender que la justicia es un juego muy complejo; los tribunales, escenarios teatrales en miniatura, y los clientes, una mera excusa para que ellos entren en escena. También tienen la inquietante costumbre de que los voten para ocupar cargos políticos o los nombren para comisiones gubernamentales, y así pueden promover leyes que lo obligan a uno a contratar a un abogado simplemente porque no hay quien las entienda."

(James Crumley. "El último beso")

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Nunca más es mucho tiempo

A las afueras de la ciudad llegaron a un supermercado. Varios coches viejos en un aparcamiento sembrado de desperdicios. Dejaron allí el carrito y recorrieron los sucios pasillos. En la sección de alimentación encontraron en el fondo de los cajones unas cuantas judías verdes y lo que parecían haber sido albaricoques, convertidos desde hacía tiempo en arrugadas efigies de sí mismos. El chico le seguía. Salieron por la puerta de atrás de la tienda. En el callejón unos cuantos carritos, todos muy oxidados. Volvieron a pasar por la tienda buscando otro carrito pero no había ninguno más. Junto a la puerta había dos máquinas de refrescos que alguien había volcado y abierto con una palanca. Monedas esparcidas por la ceniza del suelo. Se sentó y paseó la mano por las tripas de las máquinas y en la segunda palpó un cilindro frío de metal. Retiró lentamente la mano y vio que era una Coca-Cola.

¿Qué es, papá?

Una chuchería. Para ti.

¿Qué es?

Ven. Siéntate.

Aflojó las correas de la mochila del chico y dejó la mochila en el suelo detrás de él y metió la uña del pulgar bajo el gancho de aluminio en la parte superior de la lata y la abrió. Acercó la nariz al discreto burbujeo que salía de la lata y luego se la pasó al chico. Toma, dijo.

El chico cogió la lata. Tiene burbujas, dijo.

Bebe.

El chico miró a su padre y luego inclinó la lata para beber. Se quedó allí sentado pensando en ello. Está muy rico, dijo.

Así es.

Toma un poco, papá.

Quiero que te la bebas tú.

Sólo un poco.

Cogió la lata y dio un sorbo y se la devolvió. Bebe tú, dijo. Quedémonos aquí sentados un rato.

Es porque nunca más volveré a beber otra, ¿verdad?

Nunca más es mucho tiempo.

Fragmento de La carretera (2006), de Cormac McCarthy

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Así que quieres ser escritor?

Si no te sale ardiendo de dentro,

a pesar de todo,

no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón

y de tu mente y de tu boca

y de tus tripas,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte durante horas

con la mirada fija en la pantalla del computador

o clavado en tu máquina de escribir

buscando las palabras,

no lo hagas.

Si lo haces por dinero o fama,

no lo hagas.

Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte

y reescribirlo una y otra vez,

no lo hagas.

Si te cansa solo pensar en hacerlo,

no lo hagas.

Si estás intentando escribir

como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,

espera pacientemente.

Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa

o a tu novia o a tu novio

o a tus padres o a cualquiera,

no estás preparado.

No seas como tantos escritores,

no seas como tantos miles de

personas que se llaman a sí mismos escritores,

no seas soso y aburrido y pretencioso,

no te consumas en tu amor propio.

Las bibliotecas del mundo

bostezan hasta dormirse

con esa gente.

No seas uno de ellos.

No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma

como un cohete,

a no ser que quedarte quieto

pudiera llevarte a la locura,

al suicidio o al asesinato,

no lo hagas.

A no ser que el sol dentro de ti

esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento,

y si has sido elegido,

sucederá por sí solo y

seguirá sucediendo hasta que mueras

o hasta que muera en ti.

No hay otro camino.

Y nunca lo hubo.

Charles Bukowski

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El robot perdido

En Hyper Base, las medidas se tomaron con una especie de furia frenética; fue como el equivalente muscular de un grito histérico.

Para clasificarlas por orden de cronología y desesperación, fueron:

1. Todo trabajo en la Zona Hiperatómica que atraviesa el volumen espacial ocupado por las Estaciones del Grupo Asteroidal Veintisiete quedó inmovilizado.

2. Todo volumen espacial del Sistema quedó aislado, prácticamente hablando. Nadie podía entrar sin permiso. Nadie podía salir bajo ningún pretexto.

3. Los doctores Susan Calvin y Peter Bogert, respectivamente Jefe del Departamento de Psicología y Director del Departamento de Matemáticas de la United States Robots & Mechanical Men Inc. fueron llevados a Hyper Base por una nave de patrulla especial del Gobierno.

 Susan Calvin no había salido nunca de la superficie de la Tierra ni tenía especiales deseos de salir de ella. En una era de energía atómica y de clara aproximación a la Zona Hiperatómica, seguía siendo muy provinciana. Estaba, pues, descontenta de su viaje y poco convencida de su urgencia y todas las facciones de su rostro, a su media edad, lo demostraron claramente durante su primera cena en Hyper Base.

Tampoco la lívida palidez del doctor Bogert abandonaba una cierta actitud de recelo. Ni el general Kallner, que dirigía el proyecto, olvidó una sola vez de mantener una expresión obsesionada.

En una palabra, aquella comida fue un tétrico episodio y la pequeña conferencia de los tres que la siguió, empezó de una manera gris y melancólica.

Kallner, con su reluciente calva y su uniforme, que desentonaba con el resto del ambiente, tomó la palabra con visible inquietud.

—Es realmente toda una historia la que tengo que contarles. Tengo que darles las gracias por su llegada al primer aviso y sin motivo justificado. Trataremos de corregir todo esto, ahora. Hemos perdido un robot. El trabajo ha parado y debe seguir parado el tiempo necesario para encontrarlo. Hasta ahora hemos fracasado y tenemos la sensación de que necesitamos una ayuda científica.

Acaso el general sintiese que su declaración resultaba decepcionante porque, con cierta desesperación, continuó:

—No necesito decirles la importancia que tiene el trabajo que aquí realizamos. Más del ochenta por ciento de las adjudicaciones de investigación científica de este año han recaído sobre nosotros...

—Sí, eso ya lo sabemos —dijo Bogert amablemente—. U. S. Robots percibe cuantiosos ingresos anuales por el uso de nuestros robots.

Susan Calvin introdujo una brusca y avinagrada nota.

—¿A qué es debida la gran importancia de un solo robot para el proyecto y por qué no ha sido localizado?

El general volvió rápidamente su rostro congestionado hacia ella y se pasó la lengua por los labios.

—En cierto modo, lo hemos localizado. —Pero añadió, angustiado—: Me explicaré. En cuanto nos dimos cuenta de la desaparición del robot, se declaró el estado de guerra y todo movimiento en la Hyper Base cesó. El día anterior había aterrizado una nave mercante trayendo dos robots destinados a nuestros laboratorios. Quedaban sesenta y dos robots de..., del mismo tipo, para ser llevados a otros sitios. De esta cifra estamos seguros. No cabe la menor discusión posible.

—¿Sí? ¿Y qué relación...?

—Una vez nos fue posible localizar al robot desaparecido, y le aseguro que hubiéramos localizado una brizna de hierba si hubiese estado allí para ser localizada, nos devanamos los sesos contando los robots que quedaban en la nave. Había sesenta y tres.

—¿Entonces el sesenta y tres, supongo, es el hijo pródigo desaparecido? —dijo la doctora.

—Sí, pero no podemos saber cuál de los sesenta y tres es.

Hubo un profundo silencio mientras el reloj eléctrico daba nueve campanadas; y la doctora en psicología robotiana, dijo:

—Muy extraño...

Las comisuras de sus labios se inclinaron hacia abajo y se volvió hacia su compañero con un indicio de furor.

—Peter, ¿qué ocurre aquí? ¿Qué clase de robots utilizan en Hyper Base?

El doctor Bogert vaciló y sonrió débilmente.

—Hasta ahora ha sido una cosa de gran discreción, Susan... —dijo.

—Sí, hasta ahora —dijo ella rápidamente—. Si hay sesenta y tres ejemplares del mismo tipo, uno de los cuales se busca y cuya identidad no puede ser determinada, ¿por qué no puede servir uno cualquiera de ellos? ¿Qué significa todo esto? ¿Para qué nos han llamado?

—Si me permite usted un momento —dijo Bogert con aire resignado—, Hyper Base, Susan, emplea diversos robots cuyos cerebros no tienen impresa toda la Primera Ley Robótica.

- ¿Qué no tienen impresa...? —preguntó Susan, echándose para atrás—. Ya... ¿Y cuántos se hicieron?

—Pocos. Fue un pedido del Gobierno y no había manera de violar el secreto. No tenía que saberlo nadie más que los altos dirigentes. Usted no estaba incluida, Susan. No era nada con que yo tuviese que ver.

 Isaac Asimov, "Yo, robot". Fragmento del relato: "El robot perdido".

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Antología de la literatura fantástica

Tornasolando el flanco a su sinuoso

paso va el tigre suave como un verso

y la ferocidad pule cual terso

topacio el ojo seco y vigoroso.

Y despereza el músculo alevoso

de los ijares, lánguido y perverso,

y se recuesta lento en el disperso

otoño de las hojas. El reposo…

El reposo en la selva silenciosa.

La testa chata entre las garras finas

y el ojo fijo, impávido custodio.

Espía mientras bate con nerviosa

cola el haz de las férulas vecinas,

en reprimido acecho… así es mi odio.

Enrique Banchs, "La Urna".

Extraído de "Antología de la literatura fantástica" de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. (1977)

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Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras

Salieron de la ciudad de Soria, no sé si arrojados de la pobreza o de alguna travesura de mancebos, Francisco y Roque de Torres, ambos hermanos de corta edad y de sana y apreciable estatura. Roque, que era el más bronco, más fornido y más adelantado en días, paró en Almeida de Sayago, en donde gastó sus fuerzas y su vida en los penosos afanes de la agricultura y en los cansados entretenimientos de la aldea. Mantúvose soltero y celibato, y el azadón, el arado y una templada dieta, especialmente en el vino, a que se sujetó desde mozo, le alargaron la vida hasta una larga, fuerte y apacible vejez.

Con los repuestos de sus miserables salarios y alguna ayuda de los dueños de las tierras que cultivaba, compró cien gallinas y un borrico; y con este poderoso asiento y crecido negocio empezó la nueva carrera de su ancianidad. Siendo ya hombre de cincuenta y ocho años, metido en una chía y revuelto en su gabán, se puso a arriero de huevos y trujimán de pollos, acarreando esta mercaduría al Corrillo de Salamanca y a la Plaza de Zamora. Era en estos puestos la diversión y alegría de las gentes, y en especial de las mozas y los compradores. Fue muy conocido y estimado de los vecinos de estas dos ciudades, y todos se alegraban de ver entrar por sus puertas al sayagués, porque era un viejo desasquerado, gracioso, sencillo, barato y de buena condición. Con la afabilidad de su trato y la tarea de este pobre comercio, desquitaba las resistencias del azadón y burló los ardides y tropelías de la ociosidad, la vejez y la miseria. Vivió noventa y dos años, y lo sacó de este mundo (según las señas que me dieron los de Sayago) un cólico convulsivo. Dejó a su alma por heredera de su borrico, sus gallinas, sus zuecos y gabán, que eran todos sus muebles y raíces; y hasta hoy, que se me ha antojado a mí hacer esta memoria, nadie en el mundo se ha acordado de tal hombre.

Diego de Torres Villarroel, "Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras". (1743-1751,  publicado por entregas).

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El comportamiento de las masas

Si calentamos una molécula, no podemos saber cómo se comportará.

Si calentamos un centenar de moléculas, no podemos saber lo que ocurrirá.

Pero si calentamos cien millones de moléculas, un dedal de gas, sabremos perfectamente cual será su comportamiento: se dilatarán, y podemos determinar cuánto exactamente.

Esa es la idea: no se puede predecir lo que harán los individuos, pero sí lo que harán las masas.

Corrientes alternas. Frederik Pohl

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Los gatos asociales

En aquella casa los gatos se comían a las palomas, como en todas partes, pero además, se las follaban antes por todos los orificios posibles, con manifiesto desprecio a la naturaleza y a las normas de la vida en sociedad.

Las máscaras del héroe. Juan Manuel de Prada

Para @helisan con cariño ;-)

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Pauvre...

"En no ser amado sólo hay mala suerte: en no amar hay desgracia".

Albert Camus.

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¿Salvar vidas?

Nadie salva vidas. Algunos, como mucho, las prolongan.

El Gris. Javier Pérez

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Ese trabajo tan bueno...

Una vez, un ratón, en pleno invierno, encontró un diminuto agujero en las paredes de un granero. Se estrujó, y se estrujó hasta que consiguió entrar. Aquello era el Paraíso. No había aves de rapiña, ni gatos, ni hurones... Y en cambio, se amontonaban allí verdaderas cordilleras de comida. El ratón pasó semanas caliente, comiendo a sus anchas... y engordó. Y cuando quiso salir, ya no cupo por el agujero. Por más que lo intentó, fue imposible.

Murió de pena.

¿Para qué entrar al granero, si el agujero es demasiado pequeño y si te sacias nunca podrás salir? No entres.

Diccionario Jázaro. Milorad Pavic.

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La Edad de los imperios

Lo que hay que señalar es simplemente que los analistas no marxistas del imperialismo han tendido a argumentar lo contrario de lo que decían los marxistas, y al hacerlo han oscurecido el tema. Han tendido a negar cualquier conexión específica entre el imperialismo de finales del siglo XIX y del siglo XX con el capitalismo en general, o con la fase particular de éste que, como hemos visto, pareció surgir a finales del siglo XIX. Negaban que el imperialismo tuviera alguna raíz económica importante, que beneficiara económicamente a los países imperiales, y mucho menos que la explotación de las zonas atrasadas fuera en algún sentido esencial para el capitalismo, y que tuviera efectos negativos en las economías coloniales. Argumentaron que el imperialismo no condujo a rivalidades ingobernables entre las potencias imperiales, y que no tenía ninguna relación seria con el origen de la Primera Guerra Mundial. Rechazando las explicaciones económicas, se concentraron en las explicaciones psicológicas, ideológicas, culturales y políticas, aunque por lo general se cuidaron de evitar el peligroso territorio de la política interna, ya que los marxistas también tendían a subrayar las ventajas para las clases dominantes metropolitanas de las políticas y la propaganda imperialistas que, entre otras cosas, contrarrestaban el creciente atractivo para las clases trabajadoras de los movimientos obreros de masas. Algunos de estos contraataques han demostrado ser poderosos y eficaces, aunque varias de esas líneas argumentales eran incompatibles entre sí. De hecho, gran parte de la literatura teórica pionera del antiimperialismo no es sostenible. Pero la desventaja de la literatura anti-anti-imperialista es que no explica realmente esa conjunción de desarrollos económicos y políticos, nacionales e internacionales, que los contemporáneos de alrededor de 1900 encontraron tan sorprendente que buscaron una explicación global para ellos. No explica por qué los contemporáneos sintieron que el "imperialismo" en ese momento era un desarrollo novedoso e históricamente central. En resumen, gran parte de esta literatura equivale a negar hechos que eran bastante obvios en su momento y que siguen siéndolo. 

Dejando a un lado el leninismo y el antileninismo, lo primero que debe restablecer el historiador es el hecho obvio, que nadie en la década de 1890 habría negado, de que la división del globo tenía una dimensión económica. Demostrar esto no es explicar todo sobre el imperialismo de la época. El desarrollo económico no es una especie de ventrílocuo con el resto de la historia como muñeco. Incluso el empresario más resuelto que persiguiera el beneficio en, por ejemplo, las minas de oro y diamantes sudafricanas, nunca puede ser tratado exclusivamente como una máquina de hacer dinero. No era inmune a los llamamientos políticos, emocionales, ideológicos, patrióticos o incluso raciales que estaban tan claramente asociados a la expansión imperial. Sin embargo, si se puede establecer una conexión económica entre las tendencias del desarrollo económico en el núcleo capitalista del globo en esta época y su expansión hacia la periferia, resulta mucho menos plausible poner todo el peso de la explicación en los motivos del imperialismo que no tienen una conexión intrínseca con la penetración y la conquista del mundo no occidental. E incluso los que parecen tenerla, como los cálculos estratégicos de las potencias rivales, deben analizarse teniendo en cuenta la dimensión económica. Incluso hoy en día, la política de Oriente Medio, que dista mucho de ser explicable por simples motivos económicos, no puede analizarse de forma realista sin tener en cuenta el petróleo.

La edad de los imperios, 1875-1914, Eric Hobsbawm.

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El puto PIB

La contratación de una cuadrilla de obreros, una semana, para construir un edificio, aumenta el PIB tanto como la contratación de la misma cuadrilla, una semana, para demoler un edificio. Con eso ya deberíamos saber de qué clase de magnitud "seria" hablamos.

Alvin Toffler. La tercera ola.

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El limitado alcance de los milagros

Jesús resucitó a los muertos, curó a ciegos, paralíticos y leprosos, pero jamás se dijo ni se escribió que consiguiera curar a un solo hijo de puta.

Mapas en el espejo. Orson Scott Card

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El tacaño de sí mismo

Tenía el corazón cerrado, como un bolso, y en vez de gastar la vida, la llevó usureramente hasta la muerte.

El grande. William McIlvanny

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La búsqueda desinteresada de la verdad

«Moralmente, un filósofo que emplea su competencia profesional para algo que no sea la búsqueda desinteresada de la verdad, es reo de una especie de traición. Y cuando da por supuesto, antes de haberlo indagado, que ciertas creencias, verdaderas o falsas, son capaces de fomentar la buena conducta, está limitando de ese modo el alcance de la especulación filosófica y haciendo filosofía trivial; el verdadero filósofo está dispuesto a examinar todos los conceptos previos. Cuando se ponen límites, consciente o inconscientemente, a la búsqueda de la verdad, la filosofía se paraliza por el temor y se prepara el terreno para una censura gubernamental que castigue a los que expresan "pensamientos peligrosos" —de hecho, el filósofo ha establecido ya tal censura sobre sus propias investigaciones»

Bertrand Russell «Historia de la filosofía occidental» capítulo XXXI

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La tragedia de la organización moderna

Hoy se prima ante todo la especialización, y parece que eso puede mejorar la eficiencia de cualquier sistema.

Pero el coordinador de cualquier conjunto o tarea debe tener una visión de conjunto, o sea, debe ser todo lo contrario a un especialista.

Así que, si las mejores mentes se convierten en especialistas, entonces la responsabilidad de la coordinación pasa a los menos preparados. Y eso es muy grave.

Cómo la vida imita al ajedrez. Garry Kasparov

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Los que están contra el derecho a heredar

Los que están en contra de la riqueza hereditaria no sólo demuestran que son unos inútiles incapaces de crear nada para sus hijos, sino que declaran también, supongo que involuntariamente, que sus padres también lo eran.

Otto Ohlendorf. (Entrevistado por Joe Heydecker)

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Sobre los Sentidos

Nuestros sentidos surgieron por pura adaptación y supervivencia, se basan y trabajan en conjunto con la alerta para tener más posibilidades de sobrevivir. Una vez adaptados y acomodados encima de la pirámide alimenticia, sucedió el milagro de usar los sentidos para el placer; y con ello nació el arte.

Aplicar los sentidos a una función que no les corresponde es todo un desafío para con la naturaleza, y eso en cierto modo nos hace libre.

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Inteligencia

"Inteligencia es lo que usamos cuando no sabemos qué hacer".

Jean Piaget, psicólogo suizo.

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Trabajador precoz

Logré mi primer empleo cuando tenía tres meses. Mi madre me alquilaba a una mendiga para que ganase más pidiendo...

El Hospital de la Transfiguración. Stanislaw Lem.

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"El callejón de los milagros", Naguib Mahfuz

"El callejón de los milagros", Naguib Mahfuz

"Las lágrimas se han secado, pero nos queda la risa. La risa es más fuerte que las lágrimas, y su resultado más positivo. Reíros desde el fondo del corazón, reíros hasta que nos oigan los dueños de las tiendas de nuestra calle feliz".

menéame