Pues en esfuerzo, ánimo & industria béllica, los caualleros de agora exceden á los antiguos sin comparación. ¿Qué exército de grandes millones de gentes de Darío, ni Creso, ni Xerxes se atreuiera á acometer lo que agora con mucha facilidad vence vn pequeño esquadrón de españoles? ¿Qué tiempo pasado se puede comparar con la brabosidad con que quatro mil españoles vencieron en África la Goleta y el reyno de Túnez? ¿E de los ochocientos que desbarataron á ocho mil turcos quando Su Magestad estaua en Alemaña, en la ciudad de Viena? ¿Y en aquellas victorias de Pauía? ¿Qué Julio César, Alexandro ni Cypión fué más belicoso que nuestro Emperador Carlos? ¿Qué Haníbal fué más industrioso en la guerra que Antonio de Leyua? ¿Qué Pyrrho fué más animoso por el mar que Andrea Doria? ¿Quál Marcelo, Alciuiades ni Milciades fué de más ardid que Barbarroja? ¿Quál Hércules ni Theseo más diestro que Diego García de Paredes? ¿Quál antiguo nunca peleó tan sin nunca se cansar como el rey Francisco de Francia que agora es? ¿Qué capitanes ouo nunca como el Próspero Colona y don Hernando de Aualos, marqués de Pescara, cuya industria y ardid se puede saber por las auentajadas victorias que ouieron con muy pequeños exércitos, los quales si fueran yguales en número con aquéllos que leemos de Cyro, Alexandro y Xerxes, fuera fácil cosa subjectar este pequeño mundo y avn los infinitos mundos que Demócrito escriue que ay?
Cristóbal de Villalón, Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente, 1539.
En un libro de Peter Freuchen que leí una vez», escribe Fanshawe, «el famoso explorador del Ártico cuenta que quedó atrapado por una tormenta de nieve en el norte de Groenlandia. Solo con sus víveres disminuyendo, decidió construir un iglú y esperar a que amainara la tormenta. Pasaron muchos días. Temeroso, sobre todo, de ser atacado por los lobos —porque les oía merodear hambrientos junto al tejado de su iglú—, periódicamente salía fuera y cantaba a pleno pulmón para asustarlos. Pero el viento soplaba furiosamente, y por muy alto que cantase, lo único que oía era el viento. Sin embargo, si bien éste era un problema grave, el problema del propio iglú era mucho mayor. Porque Freuchen empezó a notar que las paredes de su pequeño refugio iban gradualmente cerrándose sobre él. Debido a las peculiares condiciones atmosféricas en el exterior, su aliento literalmente congelaba las paredes y con cada respiración éstas se volvían más gruesas y el iglú se hacía más pequeño, hasta que finalmente casi no quedaba espacio para su cuerpo. Ciertamente es aterrador imaginar que tu propia respiración te va metiendo en un ataúd de hielo, en mi opinión, es considerablemente más angustioso que, digamos, El pozo y el péndulo de Poe. Porque en este caso es el hombre mismo el agente de su destrucción y, además, el instrumento de esa destrucción es precisamente lo que necesita para mantenerse vivo. Porque ciertamente un hombre no puede vivir si no respira. Pero al mismo tiempo no vivirá si respira. Curiosamente, no recuerdo cómo consiguió Freuchen escapar de aquella apurada situación. Pero no hace falta decir que escapó. El título del libro, si no recuerdo mal, es Aventura Ártica. Hace muchos años que está agotado.
Trilogía de Nueva York, Paul Auster.
Encerrados tras las rejas del pensamiento único que acepta su propio vocabulario, los neoinquisidores se han lanzado incluso en contra de las ciencias exactas cuando sus conclusiones rompen los dogmas establecidos que promueven. Si la Inquisición en 1600 ejecutó al filósofo y científico Giordano Bruno haciéndolo arder en la hoguera, entre otras razones, por enseñar que los planetas orbitaban el sol, hoy día los neoinquisidores persiguen a académicos y científicos que intentan demostrar asuntos como que el género no es totalmente una construcción social, que la brecha salarial entre hombres y mujeres como producto de la discriminación es un mito, que la narrativa del patriarcado como figura únicamente abusadora de la mujer merece serias dudas, que la genética es uno de los factores que más inciden en la inteligencia, que el Islam podría ser incompatible con occidente, que las potencias coloniales hicieron grandes aportes a sus colonias o que la migración puede tener efectos negativos para la sociedad que la recibe, entre muchos otros temas. Todos estos son verdaderos tabúes que no pueden osar transgredirse sin ser arrasado en el intento. Como bien advirtió Sigmund Freud en su libro Totem und Tabu, «la violación de un tabú convierte al propio violador en tabú». Algunos de los peligros que esa violación puede generar, dice Freud, solo «pueden evitarse mediante actos de expiación y purificación»[18]. Y más adelante añade: «Cualquiera que haya violado un tabú se convierte en tabú porque posee la cualidad peligrosa de tentar a otros a seguir su ejemplo: ¿por qué se le debe permitir hacer lo que se les prohíbe a otros? Por eso es verdaderamente contagioso, porque cada ejemplo fomenta la imitación, y por esa razón él mismo debe ser rechazado»
La epidemia de disculpas, de castigos y de ostracismo social que han experimentado tantas personas, de izquierda y derecha, en tiempos recientes por opiniones o conductas que han quebrado tabúes hablan de la forma irracional y primitiva en la que podemos actuar colectivamente. Se trata de verdaderas hordas que encuentran éxtasis en el castigo y el daño que pueden generar sin ser conscientes de que exista una razón para ello. Como explicó Freud, en una sociedad de tabúes «todo tipo de cosas están prohibidas, las personas no tienen idea de por qué, y no se les ocurre plantear la pregunta. Por el contrario, se someten a las prohibiciones como si fueran una cuestión evidente y se sienten convencidas de que cualquier violación de ellas se resolverá automáticamente con el castigo más grave». Este aspecto es esencial para entender por qué, una vez que un tema se ha convertido en tabú, es decir, en un objeto sagrado y a la vez peligroso y prohibido, se produce una espiral del silencio de la cual resulta casi imposible salir. Como veremos más adelante, la característica distintiva de la era de corrección política que estamos viviendo es precisamente la autocensura, que en muchos sentidos es peor que la censura oficial impuesta por el Estado, pues se basa en el triunfo del miedo a un castigo y enemigo tan difuso que no se le puede enfrentar. Sin embargo, el mismo Freud explica que los pueblos que cultivan los tabúes tienen una relación ambivalente con ellos. De un lado les temen y por otro los quieren romper, solo que el miedo es más fuerte que las ganas inconscientes de transgredirlo. Ahora bien, esta ambivalencia, dice Freud, implica que la realidad psicológica tras los tabúes sea comparable a una neurosis. Más aún, Freud sostiene que en el caso de las personas privilegiadas, es decir, por las que se tiene un exagerado afecto —como podría ser un líder— «junto con la veneración y la idolatría, sentidas hacia ellas, hay en el inconsciente una corriente opuesta de hostilidad intensa que nos enfrenta a una situación de ambivalencia emocional»[. Cabe preguntarse, siguiendo a Freud, si acaso la «ideología políticamente correcta» y su retórica de victimización, además de mostrar afecto desmedido hacia las supuestas víctimas que pretende defender, oculta al mismo tiempo una profunda hostilidad hacia ellas. Si ello fuera así, significaría que los inquisidores de hoy proyectan inconscientemente en otros aquel rechazo y desprecio con el que no quieren tener nada que ver, pero que de todos modos habita en ellos. «El tabú emerge de la ambivalencia emocional», insiste Freud, y agrega que «el proceso se resuelve en lo que en psicoanálisis se denomina proyección […] la hostilidad, de la cual no saben nada y además no desean saber nada, es expulsada de la percepción interna hacia el mundo externo y, por lo tanto, se separa de ellos y es atribuida a otro». Las acusaciones de racismo, xenofobia, sexismo, homofobia, etc., que fácilmente hacen estos defensores del discurso inclusivo y de las minorías serían, bajo esta lectura, en muchos casos nada más que esfuerzos por alejarse del racismo, xenofobia, sexismo y homofobia que los mismos acusadores sienten.
En Busca de la política. Zygmunt Baumann
Los periódicos se ocuparon del caso durante todo el mes de septiembre. Las noticias llegaban de puntos tan dispares como Venezuela o Montecarlo: «Localizado el banquero desaparecido». Pero siempre resultaban erróneas. Por último, la desaparición de Norman Winters quedó como uno de aquellos misterios que sólo pueden resolver esos grandes detectives que son el Tiempo y la Casualidad. Sus datos personales fueron difundidos del uno al otro confín del mundo civilizado: estatura, un metro setenta y ocho; descripción, cabello castaño, ojos color gris oscuro, nariz aguileña, piel blanca; cuarenta y seis años; aficiones, historia y biología; señas particulares, un pequeño lunar al borde de la ventana derecha de la nariz.
Su hijo no pudo dedicar mucho tiempo a la búsqueda, pues un mes antes de su desaparición Winters se había retirado prácticamente de los negocios, dejándolos en las capaces manos de aquél. No había ningún indicio en cuanto a sus motivos, porque carecía absolutamente de enemigos y disponía de todo el dinero necesario para satisfacer sus inclinaciones científicas. En octubre, sólo la generosamente pagada agencia de detectives que había contratado su hijo se acordaba del hombre desaparecido. Aquel año la nieve llegó temprana al suburbio de Westchester donde estaba sita la residencia de Winters, cubriendo la tierra con su manto blanco. En las colinas de la otra orilla del Hudson, los osos dormían el sueño invernal en sus madrigueras, debajo de la tierra y el hielo.
En el estanque de la propiedad, los sapos habían desaparecido para ocultarse bajo el barro del fondo: un milagro de hibernación, un desafío a la agudeza de los biólogos. El mundo siguió ocupándose de sus asuntos invernales y se desentendió del banquero desaparecido. Y, sin embargo, les habría bastado fijarse en los sapos... o en los osos, para tener una pista.
Pero el verdadero escondite de Norman Winters era aún más extraño. Yacía quince metros bajo la helada tierra, en una cámara cuya anchura era de tres metros y medio, hecho un ovillo entre suaves edredones apilados hasta un metro y medio de espesor, con los ojos cerrados. Vivía en la oscuridad de la noche eterna y en el silencio absoluto. Durante todo el mes de octubre su corazón latió lenta y levemente y, si alguien hubiera entrado con una luz, habría observado que su pecho subía y bajaba de vez en cuando. En noviembre, incluso esos indicios de vida cesaron y la figura quedó inmóvil.
Transcurrieron semanas y la nieve se derritió. Los osos salieron hambrientos de sus cuarteles de invierno y se dispusieron a restaurar sus carnes enflaquecidas. Los sapos regresaron con las primeras noches cálidas de la primavera, tan melodiosos para los amantes de la naturaleza como odiosos para las personas de sueño ligero. Pero Norman Winters no despertó de su sueño a estos anuncios primaverales. Su cuerpo yacía inmóvil; con la inmovilidad de la muerte y sus rasgos tenían una palidez de cera. No se había iniciado la descomposición, y los tejidos estaban turgentes y frescos. Las heladas no llegaban a tan gran profundidad. Pero la temperatura que reinaba en la cámara no se explicaba por este solo hecho. En efecto, una caja cerrada situada en un rincón había irradiado durante todo el invierno una determinada cantidad de calorías. Por la pared de la cámara descendía una gruesa cañería de plomo procedente de un conducto tallado en la roca, hasta llegar a dicha caja cerrada. Otra tubería similar salía de ésta y desaparecía en el suelo. Sobre la caja había un cuadrante, a primera vista parecido a la esfera de un reloj. Su escala, expresada en millares, tenía cien divisiones, y el índice apuntaba un poco por debajo de la correspondiente al dos mil.
Dos hilos de platino iban desde la caja hasta la figura inmóvil entre el rimero de edredones, conectados a dos bandas de oro: una que ceñía una muñeca, y la otra el tobillo del lado opuesto. Más allá, una especie de armario empotrado en la roca, cerrado y misterioso como todo lo que contenía aquella cámara. Pero allí no había luz que permitiera ver todo esto, sólo oscuridad, la negrura de la noche eterna, la ciega y sofocante oscuridad de los sepulcros. La luz, fuente de vida y alegría estaba desterrada de aquel lugar. Un forro de plomo inalterable aprisionaba el aire; el polvo en suspensión se había precipitado a los pocos días, cosa que nunca ocurre en la atmósfera de nuestro mundo, dejando la de la cámara tan pura e inmóvil y tan estéril como un cristal. Porque sin cambio y movimiento, no puede haber vida. En el aire flotaba un débil olor a desinfectante, como si las bacterias tampoco estuviesen toleradas en aquel lugar de muerte.
"El hombre que despertó en el futuro." Laurence Manning.
Cuentan que un hombre compró a una muchacha por cuatro mil denarios. Un día la miró y echó a llorar. La muchacha le preguntó por qué lloraba; él respondió:
-Tienes tan bellos ojos que me olvido de adorar a Dios.
Cuando quedó sola, la muchacha se arrancó los ojos. Al verla en ese estado el hombre se afligió y le dijo:
-¿Por qué te has maltratado así? Has disminuido tu valor.
Ella le respondió:
-No quiero que haya nada en mí que te aparte de adorar a Dios.
A la noche, el hombre oyó en sueños una voz que le decía:
-La muchacha disminuyó su valor para ti, pero lo aumentó para nosotros y te la hemos tomado.
Al despertar, encontró cuatro mil denarios bajo la almohada. La muchacha estaba muerta.
(Ah'med el Qalyubi.)
Hay personas que en la vida social sólo quieren recibir y nunca dar ( fruges consumere natos “Nacido sólo para consumir frutos”. N. del t.), que reclaman de los demás que las entretengan, les sirvan, instruyan, elogien o alimenten, sin aportar nada a cambio; son esas personas que se quejan de aburrimiento sin preguntarse si ellas han causado menos aburrimiento a otras; que se sientan con toda comodidad escuchando placenteramente, pero que no piensan en contribuir al entretenimiento de la compañía, esto es tan injusto como cargante.
También hay otras personas que sólo hablan de sí mismas, de sus circunstancias domésticas, de sus relaciones, sus acciones y sus ocupaciones, y logran que todo gire en torno a ellas. Evita en lo posible, cuando te encuentres en compañías mixtas, el tono, las maneras propias de tu educación especial, de tu oficio, de tu peculiar modo de vida. No hables de asuntos que no interesan a nadie salvo a ti. Ten cuidado de no caer en el error de aquellos que se parodian a sí mismos y piensan que no pintan nada. Esto confunde a los presentes y traiciona un egoísmo vanidoso. No aludas a anécdotas que son desconocidas a tu vecino, a pasajes de libros que él probablemente no haya leído. No hables en una lengua extranjera cuando no es seguro que todos los que están a tu alrededor la entienden. Aprende a adaptarte al tono de la sociedad en la que te encuentras. No puede haber nada de peor gusto que cuando un médico describe a unas jóvenes damas su colección de preparados anatómicos, el jurista habla al cortesano de la nulidad de la posesión de la cosa y del edictum Divi Martii, o el viejo y achacoso erudito se explaya con la joven coqueta sobre su herida abierta en la pierna.
Puede ocurrir también a menudo que uno se encuentre en sociedades donde es difícil introducir un tema que despierte el interés. Cuando un hombre sensato está rodeado de personas vacías y pobres de espíritu, que no tienen sentido para nada, bueno, pues entonces no es culpa tuya que no te entiendan. Te puedes consolar pensando que has hablado de cosas que deberían haber interesado.
Adolph Knigge. De como tratar con las personas
menéame