No lo leas.
Eran casi 30 años, faltarían meses, y un linfoma de menos de un año de evolución. Consultan por dolor. La madre lo dice claro "nunca hasta ahora se ha quejado de dolor, es alguien muy fuerte". Han sido 5 las líneas de quimioterapia. Y finalmente habían conseguido controlar la enfermedad en mediastino. Hasta marzo, que se nota una adenopatía, y en un PET-TAC de control de repente la enfermedad está extendida, como nunca lo había hecho. Ya no sólo había recurrido en mediastino, que la quimioterapia había barrido, sino que ahora afectaba a pleura y a nivel infradiafragmático.
Entramos en la habitación. Ahí está ella. Está tranquila. Le sonreimos. Desde su punto de vista debemos ser sonrisas en la alta madrugada, en la noche más oscura. Pero ese día hacía sol, y era radiante, para nosotros.
Escalamos en analgesia. Pero no sirve. Sólo dice que le funciona el tramadol. Y en cuestión de 48 horas tiene que pedirlo cada dos horas. Nadie lo había dicho, pero ya todos lo sabíamos, ella también. Y se inició la perfusión. Ya no hace falta suero, ni controlar la fiebre, ni ver constantes... Solo que esté tranquila. Y alguien hace el comentario "me sorprende la entereza con la que ha llevado todo esto". Las médicos que la han acompañado casi parecían más afectadas que la propia paciente.
Esa noche salgo, voy a un estanco. "Esta es la última, pienso". A mi lado un hombre borracho de unos 50, comprando. ¡Qué cosas! La vida es un poco una lotería.
Y esta disertación es algo personal. El motivo es otro. Disfruta del presente.