Aquel día, a finales de octubre, llegamos a Úbeda a media mañana, justo para la hora del aperitivo. Debo reconocer que necesité una excusa para conocer esta ciudad y su inseparable vecina, Baeza. Es cierto, ninguna de las dos necesita excusas para ser visitada; su designación como Patrimonio de la Humanidad en 2003 es más que suficiente, pero admito que no soy un entusiasta del arte renacentista. Preparando la visita, me topé con dos personajes; conocía el origen de Sabina, pero no que Antonio Machado había pasado siete años en Baeza.