Europa aparece nuevamente en el escenario internacional como una nota al pie de la vorágine trumpista. Mientras Estados Unidos desataba una dinámica de brutalidad abierta —bombardeando la capital de un Estado soberano, secuestrando a su presidente y reivindicando sin pudor el botín del petróleo y las tierras raras y el obsceno festín que se darán con ellos los magnates amigos del jefe de la Casa Blanca—, el continente europeo observa, balbucea y, finalmente, asiente.