La enseñanza en las universidades públicas españolas está en la práctica sujeta a una implacable meritocracia, de tal manera que solo aquellos de los más brillantes estudiantes pueden cursar las carreras más demandadas. Aunque sin embargo desgraciada y peligrosamente, estudiantes más que mediocres pueden acceder a cursar una carrera de prestigio siempre y cuando eso sí provengan de familias pudientes que puedan desembolsar el equivalente a la compra de un piso en una ciudad mediana del interior peninsular.