Sin pecado

Antes que el pecado fue el castigo.

Fue después de una charla extraña,

un diálogo consigo mismo: ¿como lo horrible

aparentaba ser tan cierto?

No había culpa, pero las consecuencias

eran duras y claras: el dolor,

la degeneración, la corrupción

de la carne en vida,

por fin, la muerte.

Y, ¿por qué saberlo?

¿Por qué condenar la existencia

ignorante, pacífica y dichosa,

en una espera consciente

del final más humillante posible,

la descomposición más absoluta,

la transformación en barro

de la ideas luminosas,

la imaginación más creadora

negada de un plumazo,

sin dejar semilla,

sin evolución ni posible emulador.

La condena de todo a la nada

a través de generaciones

que arrastraran por siempre

la misma condena.