¡La había amado locamente!
¿Por qué se ama? ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo
pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un
nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del
alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en
todas partes, como una plegaria.
Voy a contaros nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La
conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente
envuelto, atado y absorvido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de
día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.
Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa
muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una
semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron,
escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus
manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo
le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo!
Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡y yo
comprendí! ¡Y yo comprendí!
Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo
el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios
mío!¡Dios mío!
¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres
amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa
y al día siguiente emprendí un viaje.
Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación - nuestra habitación, nuestra cama,
nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte -, me
invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a
la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían
encerrado y la habían cogijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su
aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la
puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder
contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que
llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas
veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie,
temblando, con los ojos clavados en el cristal - en aquel liso, enorme, vacío cristal - que la había
contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas.
Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo,
ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el
hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo
lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de
mármol blanco, con esta breve inscripción:
«Amó, fue amada, y murió.»
¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y
permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y
loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última
noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer?
Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte.
Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual
vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros
necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven
la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las
llanuras.
¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido,
aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde
los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están
podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie
ciuda, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí
entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra
a una tabla.
Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente,
lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro,
pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos,
chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi
cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué
las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas.
Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y
no pude encontrarla!
No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos
senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo Tumbas! A mi derecha,
a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de
ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos
de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza,
en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres
humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba
paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.
Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba
moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que
me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual
estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo
con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz
pude leer:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue
bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»
El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una
piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró
lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A
continuación con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras
luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a
disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó
a sus vecinos, robó todo lo que pudo, y murió en pecado mortal.»
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar
a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de
ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas,
sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos,
maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían
robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles
esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos
hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo
tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar,
mientras estaban vivos.
Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los
ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido que la
encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por
un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
Amó, fue amada, y murió.
ahora leí:
«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.
Guy de Maupassant.
En todas partes hay un tonto; si miras alrededor y no lo ves, ponte en lo peor.
En mi casa nacimos todos con mala sombra. ¿Quiere un ejemplo? Yo creo que el mejor es el del tren de Navidad.
En casa éramos once hermanos, como ya dije. Entonces, un accidente se convirtió en un inesperado golpe de suerte para todo el pueblo. En la curva de las Posadas había descarrilado un tren de mercancías y la carga de uno de los vagones estaba desperdigada por el suelo.
Para cuando llegó la Guardia Civil, ya había desaparecido sin dejar rastro el contenido del vagón volcado.
Algunos cogieron azúcar, aceite, o mantequilla. Nosotros conseguimos coger dos cajas, y no de las más grandes, ¿y qué se cree que tenían? Pues una cepillos para limpiar el calzado, peines, calzadores y betún; y la otra, pintura blanca.
Mi padre estuvo meses pensando si intentar vender aquellos cepillos, pero como no quería que los señalasen como procedentes del saqueo, hasta el día de hoy queda alguno de esos peines, y cepillos, ¡cago en su alma!
Y con la pintura blanca, pintamos la casa, que tenía ya buena necesidad. Los que habían cogido cosa de comer nos miraban con una mezcla de compasión y rechifla, pero sólo algunos, unos pocos, compartieron algo de lo suyo.
Pero lo peor de todo fue cuando después de pintar la casa vinieron todos los perros y los gatos del pueblo a lamer las paredes. Porque no era pintura, sino leche en polvo, pero a nadie se le había ocurrido que existiera una cosa así.
¡No me diga que no es mala sombra!
Feindesland. Veinte cuentos que no mienten.
Nicolás Montes sabía que tenía que entregar el informe de contabilidad del último semestre, también era consciente del desastre de la última lanzadera que había quedado a la deriva más allá de la Luna. El rescate había disparado la contabilidad del departamento de seguros para el que trabajaba, así que ese día no estaba de buen humor. Cansado, cerró la aplicación holográfica de administración moviendo los dedos como si fueran un molinete. Se levantó y comenzó a desvestirse camino de la ducha de vapor que todas las empresas tenían. La Ironhammer Ltd., donde trabajaba Nicolás, tenía además cubículos de sueño de última generación, una gran sala de desconexión neural, y lo que popularmente se conocía como el “cubo”; la enorme sala de realgame que poseía la compañía era lo que más le gustaba.
En la ducha, envuelto en microgotas de agua templada, en una nube de vapor que limpiaba cada poro, que lo abrigaba cálidamente en una fina bruma de agua, comenzó a relajarse pensando en su personaje: Elionor Atmiko. La última batalla contra el semidiós Ayperos había sido tan infructuosa como dura, sus compañeros de armas Potheros Wibling y Alena Miranda habían unido fuerzas en una de las cuevas laterales para cerrar el suministro de almas que abastecía al semidiós, durante horas habían defendido esa entrada con valor y destreza, hasta que el número de diablillos de plasma se había multiplicado por cuatro y tuvieron que retroceder para poder resucitar a Potheros, cosa que hizo hábilmente la cronomante Alena. Su ducha había terminado y el secador corporal con fragancia de cedro lo había dejado como nuevo, sacó de un armario el mono rojo con cierres magnéticos que se usaba en el “cubo” y se dirigió hacia allí con fuerzas renovadas.
La sala de realgame era un cubo perfecto de treinta metros de lado, con microsensores máser repartidos en un patrón que a él le parecía aleatorio, el generador iónico que producía los 250kw necesarios para poner en marcha el ingenio zumbaba imperceptiblemente. Tras cerrar la puerta de la sala, el mono que llevaba puesto se conectó a la interfaz neuronal que tenía implantada detrás de la oreja derecha. Al instante, los sensores de seguridad comprobaron el iris, la inducción del cuerpo de Nicolás y la biometría básica. Se situó en el centro de la sala y con voz clara dijo: “Confirmación de seguridad LH.954.VL. Orden voz mía, Profesor Kayington”. Al instante, la sala entera cambió a la presentación del realgame “Swashbuckler 2 RG”, un escenario de rocas oscuras con ríos de lava en las famosas Islas Flotantes de Morr.
-Orden voz mía, Elionor Atmiko –el escenario cambió a la sala de su clan en el Castillo de Gronnar.
El patio de armas se le mostraba en todo su esplendor, los pendones con el dragón dorado sobre campo de gules ondeaban movidos por la leve brisa marina de la Costa de Fashdor, una leve llovizna salpicaba las paredes y el suelo de piedra negra del patio; la armadura le pesaba en el cuerpo, la sala construía todo de un modo físico y real combinando haces de energía en objetos sólidos con una tecnología que a él le parecía mágica; la cota de mallas, áspera y fría, le caía pesadamente sobre los hombros debajo de la armadura de acero galaar forjada por su amigo Leonor Prizi, el mejor armero del clan, quien además había mejorado -con bismuto charriano- quijotes, rodilleras, grebas y escarpes. La armadura ya no brillaba como el primer día, los golpes, caídas, quemaduras, y demás penalidades que había soportado le habían pasado factura y ahora tenía partes abolladas, erosionadas, dobladas y reparadas a martillazos. En el camino a su estancia privada, dentro del castillo, saludó efusivamente a la nigromante Alissia Takiana. Gracias al traductor universal del juego la comunicación era fluida e instantánea en todos los idiomas del planeta.
-¿Váis a intentar hoy la cueva suroeste, Elionor? –preguntó la esbelta joven de corto pelo negro y tatuajes rojo sangre en cara y antebrazos, su armadura ligera tenía un abigarrado trenzado de huesos y tendones, terminados en una corta cota de mallas a modo de faldón protector, donde el verde obsidiana y el negro mate se mezclaban con sutil y oscura belleza.
-Sí, ¿vosotros iréis al flanco norte? –respondió Elionor mientras se ajustaba la correa del codal derecho.
-Ajá, esta vez se nos unen los aliados del clan Poscramon, vendrán todos... –contestó la nigromante encaminándose hacia sus aposentos personales en el castillo.
Elionor abrió el portón de su estancia y se acercó a la panoplia de armas, esta vez había pensado usar la espada larga de Victo, la puso sobre la mesa de trabajo y de una arqueta sacó un botecito rotulado como Almizcle de Dormur, con cuidado bañó la punta de la espada a sabiendas de que haría más daño a los peligrosos diablillos de plasma, y que para el resto de cadáveres andantes que pululaban por la cueva el efecto sería el contrario, sabía que si querían bloquear el avance en esa cueva había que tomar una decisión. Añadió a su pequeño zurrón varios ungüentos curativos pensando que ahora le llegaba el turno al escudo, sopesó su Kinslayer, evidentemente pesaba más que el que había usado la vez anterior y eso le quitaría movilidad, pero debía protegerse del fuego mágico que lanzaban los pequeños engendros voladores.
Se dirigió a la sala donde se encontraba el portal galaar, allí ya estaban varios compañeros de armas, ajustándose unos a otros correajes, yelmos y botas, podía ver a Izzy Junior, el neomante; dos nuevos guerreros que habían demostrado su valor en el combate; Lahsa Matador, el elementalista; Nina Porthbow, la esbelta arquera y Red Realms, experto animalmaestro con el que había compartido cientos de aventuras en el Bosque de Cristal.
El oficial al mando de esta incursión, Martin Bayer, dio las últimas indicaciones tácticas, recomendó un par de conjuros a Lahsa, regaló un elixir de aumento de la energía a Izzy y con el saludo del clan: “¡Igni Ferroque!”, atravesaron el portal galaar.
El Bosque de Miedoverde, desde el que se accedía a la cueva suroeste, era un caos: gritos, árboles ardiendo, carreras y gente herida asistida por otros compañeros de armas. El líder de la avanzadilla, Lord Strain, tenía el escudo partido en dos, el yelmo destrozado y un brazo herido, aún así seguía dando órdenes de retirada y de ayudar a los caídos, los gritos se mezclaban en confusa algarabía “¡¿Dónde se han metido los del clan Antorcha Oscura?!”, “¡Ayuda, aquí!”, “Nigro, levanta allí cadáveres”, “¡Maldita sea, dónde está Lady Regina, ¿alguien la ha visto?!”, “¿Y los refuerzos... dónde están los jodidos refuerzos?”, “¡No puedo andar, ayuda!”. Nicolás, cogió del brazo a un arquero que cojeaba herido, sin carcaj ni arco y con la coraza de cuero quemada en algunas zonas.
-¿Qué ha pasado, arquero? –preguntó Elionor, mientras le ayudaba apoyándolo sobre una roca para que descansara.
-Los diablillos de plasma... salieron de la cueva y... quemaron el bosque –respondió el arquero cogiendo aire mientras se palpaba la herida de la pierna.
-Pero si teníamos aquí apostados a tres clanes completos... Toma, bebe –dijo Nicolás mientras diluía su ungüento en agua para dárselo a beber.
-Los diablillos... vinieron con Lord Mortenecra, era cientos de diablillos y el... maldito demonio usaba escudo de alma... en todos ellos, era imposible contenerlos, mucho menos vencerlos.
La voz de Martin Bayer se sobrepuso al caos ordenando a la gente a reagruparse para el cambio de estrategia. Las instrucciones habían sido claras, para asistir a los heridos habían llegado dos clanes alemanes, apagando el fuego estaba el clan Kill Ten Rats y el argentino Espada de Justicia, varios guerreros galegoos armados con hachas talaban los árboles en llamas para contener el fuego y que no se extendiera, había que formar una línea defensiva mientras las labores de extinción y asistencia a los heridos se llevaba a cabo. Los miembros se habían distribuido en una variante de la formación macedonia, donde la primera línea estaba formada por guerreros, guardianes y neomantes con armadura pesada, piqueros de daño sagrado en segunda línea, y en formación de media luna arqueros, paladines y cronomantes, los aleros estaban cubiertos por ilusionistas y nigromantes.
De pronto, un rayo partió el cielo en dos a la altura del pico Kex, al norte, el trueno tardó pocos segundos en llegar y un fuerte aguacero comenzó a caer, el agua dificultaba la visión; Elionor se levantó la visera y se bajó la babera, para poder ver mejor, el barro sería un problema para las armaduras pesadas así que Martin estaba cambiando las posiciones cuando al fondo del bosque el grito chirriante de diablillos de plasma hizo que todos se girarán hacia donde se había oído el espeluznante tronar agudo de miríadas de diablillos.
Elionor apretó el escudo contra su cuerpo, puso la espada en posición tercera y apretó la empuñadura con tanta fuerza que nada se la arrancaría de las manos, ya veía acercarse volando al gran grupo de enemigos, aleteando sus negras alas mientras lenguas de plasma dorado se agitaban en sus pechos y brazos. Con un graznido salvaje, aceleraron hacia ellos.
La batalla iba a comenzar y ahora Elionor sólo podía oír el potente grito de guerra de la alianza: ¡Igni Ferroque!
FIN
Mucha gente piensa que la historia la escriben los vencedores, normalmente es así, pero esta historia la cuenta alguien que ha sido vencido por el sistema. Durante mi corta vida me han pasado muchas cosas, he pasado mi infancia y adolescencia en el bosque de pinos que hay junto a la ladera de la montaña.
Allí la mayoría de las personas que habitan la zona son fuertes leñadores que trabajan para la empresa papelera de la ciudad. La fábrica de papel produce una gran cantidad de libros para que los niños puedan estudiar en las escuelas y tener un papel relevante en la sociedad.
Un día me llevaron de visita a la fábrica para ver de cerca el proceso el cual convierte mi bonito hogar, el bosque de la ladera, en un montón de libros de obligada lectura para menores. Pude ver de cerca cómo introducían en las máquinas pinos jóvenes en su máximo esplendor, mutilados por sus extremidades. Solo dejan pasar por la máquina el centro del árbol, cómo si de un chupa chups sin caramelo se tratase, y en resto va a un contenedor de desechos.
La máquina transforma al dolorido pino en filamentos muy finos de celulosa, los compacta y da forma de rectángulo blanco al que llaman hoja de papel. Ahí se producen ingentes cantidades de estas hojas de papel listas para ser mutiladas y marcadas con tinta de colores en la siguiente máquina, salían más de las que a simple vista podrías contar, no se diferenciaba una de otra.
Al lado estaba la máquina que perfora un paquete de hojas y las une con hilo, dando a todas las hojas una forma de libro, cómo diciendo que todas las hojas son amigas y siempre han querido estar juntas, y en su conjunto cuenta una historia sobre algo que los niños deben enterarse antes de que lleguen a la pubertad, cómo que Carlos V estaba enfadado con su primo Luis XVI. Al final se le adjunta una portada con todos los datos del libro y una ilustración de la temática del libro, quitando toda la individualidad a las hojas.
No pude ver más allá de la máquina que hacía las portadas, me daba tantas ganas de vomitar y salir de allí que después de presenciar cómo convertían majestuosos pinos en montones de hojas para escribir historias absurdas. Salí corriendo de la fábrica tan rápido cómo un periodista rellena una noticia con el suceso del día.
Ya no me queda nada,estoy solo, separado de toda mi familia y amigos del bosque. He conseguido huir pero a que precio. Ya no soy el mismo que entró en la fábrica, ahora tengo en mi mente todos esos procesos mecánicos y químicos que hacen que los bellos árboles que nos dan vida y sirven de hogar a los animales del bosque, se transformen en simples aparatos de control mental para las nuevas generaciones de humanos. Esto no podré olvidarlo, ha marcado mi vida para siempre, pero tampoco quiero dejarlo pasar y que quede en el olvido.
Usare mi propio cuerpo para contar la historia de mi familia y amigos, todo este dolor y sufrimiento habrá valido la pena si otros seres llegan a mostrar empatía por nuestra situación, si solo uno llega a entender nuestro dolor habrá valido toda esta automutilación.
Firmado: Una simple hoja de papel.
Sabíamos que no debimos pedirle a Norma –ahora que estaba muerta– que viniese con nosotros de viaje.
Desde muchos puntos de vista, era una idea idiota. Pero ella tampoco debió empecinarse en morir tan de prisa, antes de que llegara el verano.
Es difícil precisar cuándo pensamos en volver a reunimos todos para un nuevo viaje. Quizá la idea que ahora cuajaba la habíamos engendrado ya en el Perú, hace justo diez años. Nunca pudimos olvidar el clamor del Urubamba, la sombra de la selva, las nubes y la noche, pesando sobre nuestras cabezas.
Entonces, algunos de nosotros no conocíamos la selva, y estábamos mareados por la altura, el verano pegajoso y una sensación bastante extraña de haber perdido toda posibilidad de razonar. Nos había seducido en especial el enterarnos de que Machu Pichu no era realmente la ciudad sagrada de los incas, sino que, de allí mismo, a tres días de lomo de mula, y partiendo de lo alto de las ruinas surgía un estrecho camino de tierra que nos llevaría hacia atrás, hacia otros palacios alejados de verdad de toda civilización. En realidad las ruinas conocidas eran tan sólo una antesala, a la vez que una buena forma de esconder la verdadera morada de sus reyes. Durante siglos los conquistadores, y luego los arqueólogos, detuvieron allí su búsqueda insaciable, deslumhrados por la grandeza de la piedra y pensando que era inconcebible aun suponer algo más suntuoso.
Abandonamos Cuzco por la mañana, en un trencito lleno de indígenas sonrientes y coloridos (gallinas y patos en el portaequipaje), y franceses ansiosos de experiencias ter-cermundistas. Niños algo raquíticos gritaban ofreciendo choclos hervidos con sal, tartas de queso de dudosa higiene, y cápuli –cerezas brillantísimas y lozanas– que fueron finalmente nuestro almuerzo. Coyas rubicundas, bruñidas como diosas de la tierra, colmaban los asientos con sus faldas chillonas y dialogaban, en un murmullo incomprensible para nosotros, con hombres más pequeños que ellas y que realzaban su condición de reinas antiguas. De tanto en tanto, volaba un coscorrón hacia alguno de los múltiples vastagos que se aprovechaban del levísimo coqueteo para sacar la cabeza por la ventanilla del tren, o para escapar de la protección de la madre. Frases en aymará o inglés, o quién sabe en qué idioma de los del norte (rubísimos y lánguidos turistas apoyados en sus mochilas), acompasaban el lento avanzar por la montaña. Norma, que siempre estaba atenta a las palabras, permanecía sin embargo distante, apoyada su frente clara en el cristal sucio de la ventanilla, fuera de la algarabía general. Su cara se repetía en el cristal y nosotros sólo veíamos la extraña expresión de sus ojos marrones y grandes en los que se dibujaría la selva, y que miraban, sin mirar, hacia afuera.
El tren avanzaba lentísimo, marcando un anguloso zigzag en la ladera de la montaña, y la vegetación se hacía más y más tupida en cada repetición del paisaje –más alto, más alto–. El movimiento casi pendular nos hacía sentir como en un monstruoso columpio que terminaría por lanzarnos contra las nubes.
Ajena al paisaje de cumbres enormes y redondas, al olor penetrante del vagón, Norma charlaba con un francés, gesticulando en el intento de establecer un código común: se habían quitado los zapatos, y sus pies se rozaban, apoyados como estaban en el otro asiento. Nos llamaron la atención sus ademanes lentos, tan extraños a su forma cotidiana. Tenía los vaqueros remangados hasta las rodillas, y el francés, entre nubes de humo de cigarrillo, le miraba discretamente las piernas.
Al llegar a Aguas Calientes, dejamos en el andén a un grupo de pálidos nórdicos bastante sucios, que irían a chapotear en las termas. Los indígenas, cargados y pequeños, tomaron el camino de la montaña. Luego de una breve vacilación, también descendió el francés de Norma, que hizo un saludo amistoso con la mano y fue a reunirse con el grupo de turistas del Norte. Norma le respondió con un gesto ausente, mientras preparaba su mochila para bajar en la próxima estación. Continuamos hasta Machu Pichu, en donde nos apeamos minutos después. Caía la tarde.
La estación estaba vacía, y divisamos las ruinas en lo alto de la montaña, como un pequeño dominó de piedra volcado sobre el verde intenso. Las nubes en las que nos veíamos envueltos y la ausencia absoluta de otros seres humanos desataban nuestros sentidos, absortos ante el pasado y la selva. Nos era ignoto el sonido de lo oscuro, y en medio del clamor de la tarde que moría llegamos a reconocer la fuerza del agua del Urubamba. Impactada tal vez por la desmesura del paisaje, o dolida por el descenso del francés, Norma caminaba adelante, en silencio. Se iba desdibujando conforme avanzaba, el paso ligero, la cabeza hacia abajo: era una extraña visión en la bruma, y el ritmo de sus pasos parecía marcar la energía de su pensamiento.
Antes de desplegar nuestras bolsas de dormir sobre los bancos de la estación desierta, decidimos acercarnos al río. Cuando pusimos el pie sobre el puente que lo atravesaba, un sentimiento de veneración casi física nos poseyó. Y olvidamos el cansancio del día, el calor, el pequeño tren que nos llevara hasta allí, olvidamos todo, quizá hasta nuestro propio pasado, tal era la emoción que se hizo dueña de nosotros, tal la frescura del cauce que bramaba bajo nuestros pies.
El fragor del agua nos atraía hacia el fondo, y vimos a Norma, que se había adelantado bastante, gritando algo con las manos ahuecadas en torno a su boca. Gritaba y gritaba, con un gesto de todo el cuerpo lanzado hacia adelante, con un gesto desmesurado, pero el estruendo envolvía sus palabras. La luna llena que aparecía ahora enorme era un brillo estriado sobre la corriente del río, y la boca de Norma era otra pequeña luna, hundida, oscura, en la densidad húmeda. Luego, su cuerpo, su gesto decidido fueron perdiendo contorno en la noche casi total.
Tiempo después, todos coincidimos en que no la habíamos escuchado. Nadie se atrevió a confesárselo a Norma, aunque pasaran los años, aunque ella insistiera en que aquellas fueron las palabras más sinceras que hubo dicho jamás: Norma insistía –siempre tuvo una endemoniada confianza en las palabras–, y todos supimos que no la habíamos tomado en serio, abismados como estábamos por el pasmo de la noche, y oyendo al río sagrado.
Pero ninguno de nosotros olvidó jamás esa noche singular de Norma, y el momento que no supimos compartir gravitó extrañamente, como una culpa indecible, sobre nuestros futuros encuentros, que se irían espaciando conforme avanzara el tiempo.
Sobre esa noche se amontonaron otras, y pasaron los años, y vinieron días de éxitos profesionales, créditos a sola firma, niños y vida cotidiana agradable y libre, que nos permitía ahora volver a encontrarnos y organizar un nuevo viaje al Perú, que, lo reconocimos todos, no era ajeno a nuestro temor a envejecer.
Norma tampoco siguió siendo la misma. Como era de esperar, se dedicó a la literatura. Desde aquel tiempo siempre subyació en ella la sensación de perder lo importante de las cosas, de captar tan sólo las palabras que se dicen, olvidando todo lo demás. Ignorábamos si en su vida privada era feliz, porque guardaba su intimidad, aparentemente plácida, con cierto recelo, pero era evidente que algo escapaba siempre de su mente demasiado lúcida, y a veces, en nuestros raros y cordiales encuentros, recordaba con nostalgia aquel grito en el puente que atraviesa el Urubamba.
Ninguno de nosotros se atrevió a confesarlo. Ninguno de nosotros le dijo jamás que no la habíamos escuchado, nadie le dijo que permitimos que la noche y el agua se llevaran para siempre lo que ella consideraba su palabra más esencial. Y alguna vez hasta supusimos que sus viajes posteriores, urgentes y súbitos, tenían que ver con la búsqueda o recuperación de aquel momento, más que con el modesto deseo de ver catedrales, sentir el vértigo de la altura, o perderse en la enunciación abusiva del arte que expresan los museos de Europa.
Sabíamos que ella se iba muriendo poco a poco. Pero no solíamos pensar en ello. Porque morir, moriríamos todos, y el que alguien pudiera hacer un cálculo más aproximado nos provocaba más curiosidad que espanto, y fuimos olvidando ese plazo oscuro que se estiraba como las fases de la luna, menguando y volviendo a crecer, repitiéndose más allá de las amenazas iniciales, y conscientes de que el tiempo de la vida nunca puede ser medido igual que el que marcan las agujas de un reloj. A pesar de todo, ella insistía en que, si "sucediera lo inevitable" (y Norma se burlaba de lo tópico de la frase), pusiésemos en la tumba las palabras de aquella noche.
Pero, en general, evitábamos pensarlo. Porque a todos nos gustaba Norma. Sobre todo cuando bailaba: tenía un cuerpo denso y vibrante que nos arrebataba en el mareo de la música y el vino. Nos gustaba su intensidad inquieta, la melancolía de sus viajes, y disfrutábamos de su entusiasmo por Cortázar, y de sus dotes evidentes de anfitriona (nos encantaba reunirnos en su casa), y, por qué no decirlo, tambien envidiábamos la calma aparente de sus días contados, el embrujo estético de un final en plena juventud. Ese rostro amable y sonriente que no envejecería nunca jamás.
Norma murió una semana antes de partir. La sorprendió la muerte en un revuelo de maletas, vacunas para la fiebre, ropa de verano y pélente para los mosquitos.
Nosotros habíamos confiado en que llegara a este nuevo viaje, y así volveríamos a oír lo que nos dijo, y por fin podríamos romper el secreto y superar la vergüenza de no haber sabido escucharla. Ahora, en la extraña ambigüedad del primer silencio, nos quedamos también callados, porque a todos nos molestaba mentir (nunca lo habíamos hecho entre nosotros), y preferimos cumplir con un duelo convencional antes que hacer evidente nuestra impotencia.
Nuestros labios sellados fueron el ruego que ella, si es que estaba en alguna parte, sabría comprender. La convocamos, sí, cómo la convocamos, allí, en la extraña ambigüedad del primer silencio, con palabras mudas, con esas palabras que sólo se pueden decir a los que ya no están.
Un sol fuerte caía sobre las piedras del cementerio, un sol tupido de mediodía, que hizo que nos disgregásemos pronto, porque no hay emociones profundas posibles en medio del calor. Nos fuimos alejando y, si alguien nos hubiera visto desde lejos, habría imaginado sin duda que nuestro silencio guardaba un lugar y un tiempo a los recuerdos, pero, en realidad, nosotros pensábamos en todo lo que nos quedaba por hacer: embarcar el equipaje, falsificar la firma del pasaporte, ocupar por ella el lugar en el avión, y llegar de prisa, al caer la noche de verano, en un trencito colorido y zigzagueante, al lugar exacto sobre el río, tras el crepúsculo de verano, a la cita del Urubamba. Al lugar en donde Norma tiene que estar esperándonos.
Del libro "Una mujer en la cama y otros relatos", de Clara Obligado.
menéame