En las últimas décadas, mientras las bombas caían sobre Líbano, atacantes suicidas se hacían explotar en mercados repletos de personas en Irak y el autodenominado Estado Islámico secuestraba y decapitaba en espectáculos macabros a trabajadores extranjeros en Siria, Dubái era una fiesta constante. Los ricos del mundo compraban mansiones en islas artificiales frente a sus costas, se paseaban por el Louvre de Abu Dhabi, o hacían safaris por el desierto catarí. En un vecindario sacudido por guerras, protestas e inestabilidad, los países del golfo.