De todas las explicaciones para el intento de Donald Trump de apoderarse de Groenlandia, la más atractiva a primera vista es que el presidente padece demencia. En ese caso, ¿por qué no fingir que se la concedieron? Llevarlo a un lugar que parezca verde, organizar un desfile militar y decirle que ya está. Fantasía senil hecha realidad. Por desgracia, la podredumbre es mucho más profunda. Trump no está loco, está haciendo lo que Estados Unidos siempre hace, solo que con crudeza y descaradamente.
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