LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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La inquisición y el tabú

Encerrados tras las rejas del pensamiento único que acepta su propio vocabulario, los neoinquisidores se han lanzado incluso en contra de las ciencias exactas cuando sus conclusiones rompen los dogmas establecidos que promueven. Si la Inquisición en 1600 ejecutó al filósofo y científico Giordano Bruno haciéndolo arder en la hoguera, entre otras razones, por enseñar que los planetas orbitaban el sol, hoy día los neoinquisidores persiguen a académicos y científicos que intentan demostrar asuntos como que el género no es totalmente una construcción social, que la brecha salarial entre hombres y mujeres como producto de la discriminación es un mito, que la narrativa del patriarcado como figura únicamente abusadora de la mujer merece serias dudas, que la genética es uno de los factores que más inciden en la inteligencia, que el Islam podría ser incompatible con occidente, que las potencias coloniales hicieron grandes aportes a sus colonias o que la migración puede tener efectos negativos para la sociedad que la recibe, entre muchos otros temas. Todos estos son verdaderos tabúes que no pueden osar transgredirse sin ser arrasado en el intento. Como bien advirtió Sigmund Freud en su libro Totem und Tabu, «la violación de un tabú convierte al propio violador en tabú». Algunos de los peligros que esa violación puede generar, dice Freud, solo «pueden evitarse mediante actos de expiación y purificación»[18]. Y más adelante añade: «Cualquiera que haya violado un tabú se convierte en tabú porque posee la cualidad peligrosa de tentar a otros a seguir su ejemplo: ¿por qué se le debe permitir hacer lo que se les prohíbe a otros? Por eso es verdaderamente contagioso, porque cada ejemplo fomenta la imitación, y por esa razón él mismo debe ser rechazado»

La epidemia de disculpas, de castigos y de ostracismo social que han experimentado tantas personas, de izquierda y derecha, en tiempos recientes por opiniones o conductas que han quebrado tabúes hablan de la forma irracional y primitiva en la que podemos actuar colectivamente. Se trata de verdaderas hordas que encuentran éxtasis en el castigo y el daño que pueden generar sin ser conscientes de que exista una razón para ello. Como explicó Freud, en una sociedad de tabúes «todo tipo de cosas están prohibidas, las personas no tienen idea de por qué, y no se les ocurre plantear la pregunta. Por el contrario, se someten a las prohibiciones como si fueran una cuestión evidente y se sienten convencidas de que cualquier violación de ellas se resolverá automáticamente con el castigo más grave». Este aspecto es esencial para entender por qué, una vez que un tema se ha convertido en tabú, es decir, en un objeto sagrado y a la vez peligroso y prohibido, se produce una espiral del silencio de la cual resulta casi imposible salir. Como veremos más adelante, la característica distintiva de la era de corrección política que estamos viviendo es precisamente la autocensura, que en muchos sentidos es peor que la censura oficial impuesta por el Estado, pues se basa en el triunfo del miedo a un castigo y enemigo tan difuso que no se le puede enfrentar. Sin embargo, el mismo Freud explica que los pueblos que cultivan los tabúes tienen una relación ambivalente con ellos. De un lado les temen y por otro los quieren romper, solo que el miedo es más fuerte que las ganas inconscientes de transgredirlo. Ahora bien, esta ambivalencia, dice Freud, implica que la realidad psicológica tras los tabúes sea comparable a una neurosis. Más aún, Freud sostiene que en el caso de las personas privilegiadas, es decir, por las que se tiene un exagerado afecto —como podría ser un líder— «junto con la veneración y la idolatría, sentidas hacia ellas, hay en el inconsciente una corriente opuesta de hostilidad intensa que nos enfrenta a una situación de ambivalencia emocional»[. Cabe preguntarse, siguiendo a Freud, si acaso la «ideología políticamente correcta» y su retórica de victimización, además de mostrar afecto desmedido hacia las supuestas víctimas que pretende defender, oculta al mismo tiempo una profunda hostilidad hacia ellas. Si ello fuera así, significaría que los inquisidores de hoy proyectan inconscientemente en otros aquel rechazo y desprecio con el que no quieren tener nada que ver, pero que de todos modos habita en ellos. «El tabú emerge de la ambivalencia emocional», insiste Freud, y agrega que «el proceso se resuelve en lo que en psicoanálisis se denomina proyección […] la hostilidad, de la cual no saben nada y además no desean saber nada, es expulsada de la percepción interna hacia el mundo externo y, por lo tanto, se separa de ellos y es atribuida a otro». Las acusaciones de racismo, xenofobia, sexismo, homofobia, etc., que fácilmente hacen estos defensores del discurso inclusivo y de las minorías serían, bajo esta lectura, en muchos casos nada más que esfuerzos por alejarse del racismo, xenofobia, sexismo y homofobia que los mismos acusadores sienten.

En Busca de la política. Zygmunt Baumann

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El hombre que despertó en el futuro

Los periódicos se ocuparon del caso durante todo el mes de septiembre. Las noticias llegaban de puntos tan dispares como Venezuela o Montecarlo: «Localizado el banquero desaparecido». Pero siempre resultaban erróneas. Por último, la desaparición de Norman Winters quedó como uno de aquellos misterios que sólo pueden resolver esos grandes detectives que son el Tiempo y la Casualidad. Sus datos personales fueron difundidos del uno al otro confín del mundo civilizado: estatura, un metro setenta y ocho; descripción, cabello castaño, ojos color gris oscuro, nariz aguileña, piel blanca; cuarenta y seis años; aficiones, historia y biología; señas particulares, un pequeño lunar al borde de la ventana derecha de la nariz.

Su hijo no pudo dedicar mucho tiempo a la búsqueda, pues un mes antes de su desaparición Winters se había retirado prácticamente de los negocios, dejándolos en las capaces manos de aquél. No había ningún indicio en cuanto a sus motivos, porque carecía absolutamente de enemigos y disponía de todo el dinero necesario para satisfacer sus inclinaciones científicas. En octubre, sólo la generosamente pagada agencia de detectives que había contratado su hijo se acordaba del hombre desaparecido. Aquel año la nieve llegó temprana al suburbio de Westchester donde estaba sita la residencia de Winters, cubriendo la tierra con su manto blanco. En las colinas de la otra orilla del Hudson, los osos dormían el sueño invernal en sus madrigueras, debajo de la tierra y el hielo.

En el estanque de la propiedad, los sapos habían desaparecido para ocultarse bajo el barro del fondo: un milagro de hibernación, un desafío a la agudeza de los biólogos. El mundo siguió ocupándose de sus asuntos invernales y se desentendió del banquero desaparecido. Y, sin embargo, les habría bastado fijarse en los sapos... o en los osos, para tener una pista.

Pero el verdadero escondite de Norman Winters era aún más extraño. Yacía quince metros bajo la helada tierra, en una cámara cuya anchura era de tres metros y medio, hecho un ovillo entre suaves edredones apilados hasta un metro y medio de espesor, con los ojos cerrados. Vivía en la oscuridad de la noche eterna y en el silencio absoluto. Durante todo el mes de octubre su corazón latió lenta y levemente y, si alguien hubiera entrado con una luz, habría observado que su pecho subía y bajaba de vez en cuando. En noviembre, incluso esos indicios de vida cesaron y la figura quedó inmóvil.

Transcurrieron semanas y la nieve se derritió. Los osos salieron hambrientos de sus cuarteles de invierno y se dispusieron a restaurar sus carnes enflaquecidas. Los sapos regresaron con las primeras noches cálidas de la primavera, tan melodiosos para los amantes de la naturaleza como odiosos para las personas de sueño ligero. Pero Norman Winters no despertó de su sueño a estos anuncios primaverales. Su cuerpo yacía inmóvil; con la inmovilidad de la muerte y sus rasgos tenían una palidez de cera. No se había iniciado la descomposición, y los tejidos estaban turgentes y frescos. Las heladas no llegaban a tan gran profundidad. Pero la temperatura que reinaba en la cámara no se explicaba por este solo hecho. En efecto, una caja cerrada situada en un rincón había irradiado durante todo el invierno una determinada cantidad de calorías. Por la pared de la cámara descendía una gruesa cañería de plomo procedente de un conducto tallado en la roca, hasta llegar a dicha caja cerrada. Otra tubería similar salía de ésta y desaparecía en el suelo. Sobre la caja había un cuadrante, a primera vista parecido a la esfera de un reloj. Su escala, expresada en millares, tenía cien divisiones, y el índice apuntaba un poco por debajo de la correspondiente al dos mil.

Dos hilos de platino iban desde la caja hasta la figura inmóvil entre el rimero de edredones, conectados a dos bandas de oro: una que ceñía una muñeca, y la otra el tobillo del lado opuesto. Más allá, una especie de armario empotrado en la roca, cerrado y misterioso como todo lo que contenía aquella cámara. Pero allí no había luz que permitiera ver todo esto, sólo oscuridad, la negrura de la noche eterna, la ciega y sofocante oscuridad de los sepulcros. La luz, fuente de vida y alegría estaba desterrada de aquel lugar. Un forro de plomo inalterable aprisionaba el aire; el polvo en suspensión se había precipitado a los pocos días, cosa que nunca ocurre en la atmósfera de nuestro mundo, dejando la de la cámara tan pura e inmóvil y tan estéril como un cristal. Porque sin cambio y movimiento, no puede haber vida. En el aire flotaba un débil olor a desinfectante, como si las bacterias tampoco estuviesen toleradas en aquel lugar de muerte.

"El hombre que despertó en el futuro." Laurence Manning.

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