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Cuando uno visita el observatorio de Greenwich se lleva dos sorpresas. Una: se pronuncia «grénich«. Y dos: si uno lleva un GPS encima, y todos lo hacemos puesto que llevamos un teléfono móvil a todas partes, podrá comprobar que la longitud que se indica en el mapa no es la que debería. Teóricamente, si uno se sitúa con un pie a cada lado del meridiano que está pertinentemente dibujado en el patio del edificio, el dispositivo debería indicar longitud cero. Cero patatero. Pero no lo hace.
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