Aunque se echa de menos en este documental a los sindicatos de vivienda y a los colectivos que luchan contra los desahucios y la especulación, no deja de ser un valioso producto de interés público para entender cómo funciona parte de este negocio. No es que se nos haya ido de las manos, es que nunca deberíamos haber permitido que nuestras vidas se conviertan en mercancías. Pero qué iluso, digo, pensando lo que esgrimió el jerarca nazi juzgado en Jerusalén y sobre el que Arendt definió la banalidad del mal.