Trump mira de reojo, o no tan de reojo a Groenlandia. La Unión Europea mira de reojo, o no tan de reojo a Groenlandia. Uno dice cosas, los del otro lado del charco; mientras aquí, no saben ni qué decir. “Oye, que dice que quiere comprar la torre Eiffel y llevársela por piezas a Paris, Texas” (buena película).
Lo de la ley de la selva parece que ha calado mucho y el pez grande se va a comer a todos los peces que encuentre, pequeños o medianos. ¿No es esa la misión y el objetivo de los peces grandes? Pues eso.
He leído por ahí, en otras prensas, que “Trump huele nuestra debilidad”. Me he tenido que reír. A Trump le importa un pimiento la debilidad de nadie, se siente el gorila más fuerte del zoo, puede tenerle respeto al panda asiático, puede ser. Puede tenerle respeto al oso del frío, puede ser. Lo malo de Europa, de la Unión Europea es que no tenemos animal simbólico. Los estadounidenses con sus águilas calvas ya van sobrados. Aquí poner de acuerdo a los casi 30 países sobre qué animal nos representaría llevaría años, discursos apasionados, cabreos, “yanoteajunto”, votemos otra vez, y mil cosas para al final elegir como animal europeo la Quimera, sí, el del cuerpo de cabra, cola de serpiente o de dragón y cabeza de león, o poned la mezcla de animal que le venga bien a Belerofonte y a Pegaso para cargárselo.
Los líderes europeos, si ese concepto existiera, nos harían un favor si elaboraran un único discurso. Venga, todos a votar por Quimera como animal representativo europeo, aunque mejor la versión de cuatro cabezas, una de león, otra de macho cabrío, otra de dragón, y una de serpiente. Seguro que Macron le cambiaba algún detalle y le añadía aliento de dragón o algo así.
Igual Trump al final nos está haciendo un favor.
Mientras, los rusos deben estar riéndose viendo cómo sus bases ocultas o semi ocultas llevan años allí... en Kullorsuaq, o a 200 kms. de Etah, en mitad de ninguna parte, o al lado de Estación Nord, o en medio del Avannaarsuani Tunumilu Nuna Allanngutsaaliugaq...
En fin.
Una excelente forma de conocer por dónde irán los pasos de un determinado agente político o incluso de un Estado, es leer las justificaciones preventivas que sus propagandistas realizan en los días previos a la decisión que tomará, sobre todo si es una decisión humillante para él. Cuando Israel empezó a atacar a Hizbolá en serio, yo leía diariamente los tweets de Elijah Magnier, uno de los periodistas que más fielmente sirven a los intereses de Irán y sus proxys. Me bastó leer unos cuantos textos donde sostenía que lo sensato por parte de Hizbolá era dejarse machacar sin oponer resistencia, para saber que la organización había aceptado convertirse en el puching ball de los genocidas sionistas, y que, sabedora de lo indigno e injustificable de tal postura, estaba usando sus terminales mediáticas para intentar que sus simpatizantes tragasen con la nueva estrategia y salvar la cara en la medida de lo posible.
Estos días he escuchado a Juan Carlos Monedero en varias entrevistas diciendo que Venezuela debe ser responsable y someterse a los dictados de Trump, porque la alternativa es que éste bombardee Petare y mate 20.000 civiles. Sabedor de lo bochornoso de este vasallaje, Monedero afirmaba que "EEUU quiere asesinar a miles de venezolanos y no debemos ponérselo fácil". No, Juan Carlos. EEUU no quiere asesinar a venezolanos, de hecho le resultaría muy molesto y un claro contratiempo en su estrategia, y no porque valore su vida, sino porque también pueden morir soldados yankis en el proceso y eso hundiría electoralmente a Trump. Muy al contrario, EEUU sólo quiere un vasallo en Miraflores, con el menor esfuerzo y coste posibles. Y la rendición de las élites chavistas que Monedero intenta justificar con ese discurso es el camino más corto a ese objetivo.
Lo verdaderamente abracadabrante de la nueva estrategia trumpista no es el neofeudalismo que promueve (reyezuelos locales en las colonias del Imperio que pueden gobernar con cierta libertad siempre que obedezcan al milímetro las órdenes del emperador). La extraordinaria novedad de la estrategia de Trump está en que acepta reyezuelos "rojos" si su obediencia es ciega. El clásico tirano de extrema derecha solamente toleraría caciques de su ideología, pero Trump ha optado por un utilitarismo que deja cualquier cuestión moral (incluida la moral ultraconservadora) al margen y se guía tan sólo por las probabilidades de éxito que le ofrece cada candidato a mamporrero del imperio.
Si Delcy, que controla todo el aparato del Estado venezolano, desde la policía el ejército, puede ofrecerle un 80% de probabilidades de éxito en el proceso degradación de Venezuela a colonia imperial, y Corina sólo un 30%, Delcy se queda y Corina se va al carajo. Y Delcy tendrá permiso imperial para gritar "socialismo o muerte". Y para colocar fotos de Chávez e incluso del Che en cada calle de Caracas. Y para detener a todos los opositores políticos que desee. Y para robar, enchufar familiares y aprovecharse en beneficio propio de las estructuras del Estado. E incluso para no convocar elecciones, porque si demuestra ser una buena vasalla, un proceso electoral podría derivar en graves contratiempos si el pueblo elige a otro presidente. Eso sí, Delcy tendrá que regalar el petróleo venezolano, permitir bases militares yankis en su territorio y cumplir cualquier capricho del emperador. Es el requisito inexcusable para que Venezuela "siga siendo chavista".
Dos de los tres puntos fuertes del neoimperialismo yanki son viejos conocidos: la potencia militar norteamericana y el terror que genera a sus víctimas. Pero Trump ha traído uno nuevo que le fortalece aún más: la total y absoluta falta de valores morales que le caracterizan, incluidos los que siempre fueron propios de los ultraconservadores. Trump no tiene Dios, ni dogmas ideológicos, ni axiomas morales. Sólo un ansia infinita de dinero y poder. En este marco, y como sus antecesores, puede torturar, asesinar o secuestrar, puede cometer auténticos genocidios. Pero también puede hacer algo más que es absolutamente novedoso y demuestra hasta qué punto sus planes carecen de cualquier límite ético: puede escoger marionetas de tela roja si le son más útiles que las azules. De ahí a invadir militarmente territorio europeo sólo hay un pequeño paso. Es más, para la ultraderecha norteamericana resulta más infumable lo primero que lo segundo...y Trump ya lo ha hecho.

Foto: Steve Bannon y Jeffrey Epstein.
Llevamos años escuchando la misma cantinela: "el algoritmo favorece los contenidos de extrema derecha", "las redes sociales amplifican la polarización", "la tecnología está rota". Como si las plataformas digitales fueran criaturas autónomas con voluntad propia, como si los feeds de Facebook o los trending topics de X se generaran por algún tipo de magia oscura e incontrolable.
Es una narrativa cómoda. Despersonaliza la responsabilidad, tecnifica el debate, nos hace creer que enfrentamos un problema de ingeniería cuando en realidad estamos ante una cuestión mucho más antigua y prosaica: el poder del dinero para fabricar consenso.
Cuando hablamos del "sesgo algorítmico" que supuestamente beneficia a la ultraderecha, estamos invirtiendo causa y efecto. No es que el algoritmo tenga preferencias ideológicas programadas en su código. Lo que ocurre es mucho más simple y, a la vez, más preocupante: los algoritmos amplifican lo que funciona, y lo que funciona es aquello en lo que se invierte.
La extrema derecha global no domina el debate digital porque haya descubierto algún truco mágico en el funcionamiento de Twitter o YouTube. Lo domina porque ha construido una infraestructura de comunicación masiva, profesional y extraordinariamente bien financiada. Mientras la izquierda y el centro político debaten sobre la pureza ideológica de sus mensajes o se fragmentan en mil pequeñas causas identitarias, la derecha radical ha entendido algo fundamental: la batalla por el relato requiere inversión constante, coordinación estratégica y, sobre todo, repetición.
Pensemos en la arquitectura real de esta operación. Hay think tanks produciendo contenido sin parar, creando el marco intelectual que luego se simplifica en titulares. Hay fundaciones que financian "periodismo independiente" que casualmente coincide con determinadas líneas editoriales. Hay ejércitos de cuentas —algunas automatizadas, muchas no— que replican, comentan, comparten.
Y hay medios digitales que operan con pérdidas durante años porque detrás hay mecenas dispuestos a asumir el coste como inversión política a largo plazo. El caso de Madrid es paradigmático. La trama destapada en torno a la Comunidad de Madrid y su financiación a medios afines mediante contratos publicitarios millonarios no es una anécdota: es el manual de instrucciones. Medios como OKDiario o Periodista Digital han recibido cantidades desproporcionadas de dinero público —el de todos— para sostener líneas editoriales que casualmente amplifican el discurso del gobierno regional. Miguel Ángel Rodríguez, el gurú comunicativo de Isabel Díaz Ayuso, no ha inventado nada nuevo: simplemente ha aplicado con eficacia la vieja receta de comprar altavoces con fondos públicos y llamarlo "inversión en publicidad institucional".
No hablamos de pequeñas ayudas. Hablamos de contratos que multiplican por diez o por veinte la audiencia real de estos medios, que convierten portales digitales de dudosa credibilidad periodística en actores centrales del debate público. Y lo más importante: lo hacen con absoluta impunidad, porque la línea entre publicidad legítima y compra de línea editorial es tan difusa que resulta casi imposible de perseguir judicialmente.
Hay, en definitiva, una estrategia industrial de producción de contenido y generación de debate. No es espontáneo. No es viral en el sentido romántico de "la gente comparte lo que le emociona". Es ingeniería social aplicada con recursos prácticamente ilimitados.
Y aquí está la clave: cuando inviertes suficiente dinero en producir contenido, en pagar profesionales que sepan envolverlo en narrativas atractivas, en saturar todos los canales posibles de distribución, el algoritmo no tiene más remedio que darte visibilidad. Porque el algoritmo no es juez moral ni árbitro político. Es una calculadora que mide engagement, clics, tiempo de permanencia. Y esas métricas se pueden comprar.
La metáfora del aceite que lo inunda todo es especialmente acertada. No se trata de ganar un debate frontal con argumentos superiores. Se trata de estar en todas partes al mismo tiempo, de manera que ningún tema pueda discutirse sin que su marco interpretativo esté presente. De que cada noticia, cada controversia, cada acontecimiento político se procese automáticamente a través de sus categorías mentales.
No necesitas convencer a todo el mundo. Solo necesitas normalizar ciertas ideas, hacer que ciertos debates sean inevitables, instalar determinadas asociaciones mentales. Y para eso, la saturación funciona mejor que la persuasión. Es la vieja técnica publicitaria aplicada a la política: si ves el mismo mensaje suficientes veces, desde suficientes ángulos diferentes, acabas integrándolo como parte del paisaje natural de las ideas.
Los medios privados, muchos de ellos en crisis económica permanente, son especialmente vulnerables a esta estrategia. Cuando tu modelo de negocio se tambalea, cuando los ingresos publicitarios se han evaporado y la competencia por la atención es feroz, resulta tentador subirse a la ola de lo que "genera conversación". Y lo que genera conversación es, cada vez más, aquello que irrita, polariza, escandaliza. Aquello que, no por casualidad, la ultraderecha financia generosamente.
Mientras tanto, el resto del espectro político sigue comportándose como si estuviéramos en 1985, como si bastara con tener razón, como si la fuerza de los argumentos pudiera competir, en igualdad de condiciones, con la artillería pesada de la manipulación financiada. Hay una ingenuidad casi conmovedora en creer que la corrección factual es un escudo suficiente contra la narrativa bien producida y masivamente distribuida.
No lo es. Nunca lo ha sido en la historia de la propaganda, y no lo es ahora que la propaganda se ha vuelto fractal, omnipresente, algorítmicamente optimizada.
El debate sobre "cómo arreglar las redes sociales" es, en gran medida, una distracción. No hay nada que arreglar en el código. El problema no es técnico. Es político y, sobre todo, económico. Hasta que no estemos dispuestos a hablar claramente sobre quién financia qué, sobre cómo se construyen los consensos artificiales, sobre el papel del dinero en la fabricación de la realidad percibida, seguiremos culpando a algoritmos inocentes de crímenes cometidos por estrategas muy conscientes de lo que hacen.
menéame