Me gusta pintar cuadros
con chicles revenidos
poniendo mil sentidos
en tan bella labor.
Me gusta ver las musas
huir, acojonadas,
si añado pinceladas
de aceite de tractor.
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Me gusta que los lienzos
parezcan estropajos
con mil espumarajos,
con trozos de pulmón,
y si alguien me critica
decir que su ignorancia
no alcanza la fragancia
de tanta inspiración.
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Me gusta pintar perstes
berridos y estertores
poniendo mil colores
por ahí, al buen tun tun,
y un día, si es posible,
pintar la sodomía
en la radiografía
de una fosa común.
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Me gusta ver artistas
que van sin disimulo
de porros hasta el culo
mostrarme la verdad,
decirme que han sentido
sus vidas traspasadas
por fuertes oleadas
de amor y libertad.
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Me gusta que los hippies
se vistan de marranos
y untándose las manos
de tiza o de carbón
proclamen la grandeza
de un mundo donde el arte
no deba tomar parte
del agua y del jabón.
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Me gusta ver la vida
sin cielo y sin sentido,
oyendo el alarido
del genio en mi interior,
me gustan las ideas
que presta la cerveza
y pierdo la cabeza
por ser un gran pintor.
Feindesland. 1997.
Cuando todos duermen, a menudo me siento solo,
y presto con gusto mi oído a la noche.
Entonces, la sabiduría fluye hacia mí,
y me dice lo que no puedo oír cuando todos están despiertos.
Es como si las cosas me mostraran solo su gris superficie diaria,
de noche, cuando las muchas miradas crudas
ya no se posan en ellas, su esencia me habla.
Cuando el extraño placer y el dolor se funden en uno,
oscuramente murmura la gran canción del universo,
ymi corazón se hunde con su salvaje codicia.
Solo mi alma impasible escucha.
Oigo girar las ruedas secretas:
las que oboligan a que todo gire mientras ellas giran.
Emmanuel Von Bodmann.
Química sangre arrumbada
en siniestros botiquines,
salvación menospreciada,
auxilio de paladines
y consuelo de criaturas.
Tú que sabes que no curas
cáncer, évola ni SIDA,
eres caricia sincera
que reconforta al que espera
que no se infecte la herida.
Tú que no eres engreída
y sabes bien lo que vales,
tú que te mides en gotas
y te importan tres pelotas
los cuarenta principales
del mundo de la farmacia,
tú que paseas la gracia
de tu fogoso color
por medio mundo y aún más,
te merecías quizás
un nombre con más honor.
-
Te llamaron mercromina,
y como aun se pronunciaba
guisaron en la cocina
de los nombres otra aldaba
con que atar tu maldición.
Así fue como un cabrón,
un cabrón de tomo y lomo
te llamo MERCUROCROMO.
Feindesland, 1994
Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego, envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas
cruje y un «¡ay!» se escuchó;
un «¡ay!» moribundo, un «¡ay!»
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela
y da al que lo oyó temblor.
Un «¡ay!» de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.
El ruido
cesó,
un hombre
pasó
embozado,
y el sombrero
recatado
a los ojos
se caló.
Se desliza
y atraviesa
junto al muro
de una iglesia,
y en la sombra
se perdió.
El estudiante de Salamanca. José de Espronceda (fragmento)
En los ásperos muelles del puerto
Mi ardiente corazón aún te busca.
La aguja imantada del recuerdo
No tiene más norte que tú cuerpo
Y en todos los cuadrantes te dibuja.
Feindesland 1999
menéame