La belleza de la palabra
45 meneos
3321 clics

Ese gran pintor

Me gusta pintar cuadros

con chicles revenidos

poniendo mil sentidos

en tan bella labor. 

Me gusta ver las musas

huir, acojonadas,

si añado pinceladas

de aceite de tractor.

**

Me gusta que los lienzos

parezcan estropajos

con mil espumarajos,

con trozos de pulmón,

y si alguien me critica

decir que su ignorancia

no alcanza la fragancia

de tanta inspiración.

**

Me gusta pintar perstes

berridos y estertores

poniendo mil colores

por ahí, al buen tun tun,

y un día, si es posible,

pintar la sodomía

en la radiografía

de una fosa común.

**

Me gusta ver artistas

que van sin disimulo

de porros hasta el culo

mostrarme la verdad,

decirme que han sentido

sus vidas traspasadas

por fuertes oleadas

de amor y libertad.

***

Me gusta que los hippies

se vistan de marranos

y untándose las manos

de tiza o de carbón

proclamen la grandeza

de un mundo donde el arte

no deba tomar parte

del agua y del jabón.

**

Me gusta ver la vida

sin cielo y sin sentido,

oyendo el alarido

del genio en mi interior,

me gustan las ideas

que presta la cerveza

y pierdo la cabeza

por ser un gran pintor.

Feindesland. 1997.

20 25 5 K 52
20 25 5 K 52
7 meneos
585 clics

Por las noches

Cuando todos duermen, a menudo me siento solo,

y presto con gusto mi oído a la noche.

Entonces, la sabiduría fluye hacia mí,

y me dice lo que no puedo oír cuando todos están despiertos.

Es como si las cosas me mostraran solo su gris superficie diaria,

de noche, cuando las muchas miradas crudas

ya no se posan en ellas, su esencia me habla.

Cuando el extraño placer y el dolor se funden en uno,

oscuramente murmura la gran canción del universo,

ymi corazón se hunde con su salvaje codicia.

Solo mi alma impasible escucha.

Oigo girar las ruedas secretas:

las que oboligan a que todo gire mientras ellas giran.

Emmanuel Von Bodmann.

14 meneos
490 clics

Elogio de la mercromina

Química sangre arrumbada

en siniestros botiquines,

salvación menospreciada,

auxilio de paladines

y consuelo de criaturas.

Tú que sabes que no curas

cáncer, évola ni SIDA,

eres caricia sincera

que reconforta al que espera

que no se infecte la herida.

Tú que no eres engreída

y sabes bien lo que vales,

tú que te mides en gotas

y te importan tres pelotas

los cuarenta principales

del mundo de la farmacia,

tú que paseas la gracia

de tu fogoso color

por medio mundo y aún más,

te merecías quizás

un nombre con más honor.

-

Te llamaron mercromina,

y como aun se pronunciaba

guisaron en la cocina

de los nombres otra aldaba

con que atar tu maldición.

Así fue como un cabrón,

un cabrón de tomo y lomo

te llamo MERCUROCROMO. 

Feindesland, 1994

10 4 0 K 41
10 4 0 K 41
5 meneos
450 clics

Era más de media noche...

 Era más de media noche,

antiguas historias cuentan,

cuando en sueño y en silencio

lóbrego, envuelta la tierra,

los vivos muertos parecen,

los muertos la tumba dejan.

Era la hora en que acaso

temerosas voces suenan

informes, en que se escuchan

tácitas pisadas huecas,

y pavorosas fantasmas

entre las densas tinieblas

vagan, y aúllan los perros

amedrentados al verlas;

en que tal vez la campana

de alguna arruinada iglesia

da misteriosos sonidos

de maldición y anatema,

que los sábados convoca

a las brujas a su fiesta.

El cielo estaba sombrío,

no vislumbraba una estrella,

silbaba lúgubre el viento,

y allá en el aire, cual negras

fantasmas, se dibujaban

las torres de las iglesias,

y del gótico castillo

las altísimas almenas,

donde canta o reza acaso

temeroso el centinela.

Todo en fin a media noche

reposaba, y tumba era

de sus dormidos vivientes

la antigua ciudad que riega

el Tormes, fecundo río

nombrado de los poetas,

la famosa Salamanca,

insigne en armas y letras,

patria de ilustres varones,

noble archivo de las ciencias.

    Súbito rumor de espadas

cruje y un «¡ay!» se escuchó;

un «¡ay!» moribundo, un «¡ay!»

que penetra el corazón,

que hasta los tuétanos hiela

y da al que lo oyó temblor.

Un «¡ay!» de alguno que al mundo

pronuncia el último adiós.

                  El ruido

             cesó,

             un hombre

             pasó

             embozado,

             y el sombrero

             recatado

             a los ojos

             se caló.

             Se desliza

             y atraviesa

             junto al muro

             de una iglesia,

             y en la sombra

             se perdió.

El estudiante de Salamanca. José de Espronceda (fragmento)

11 meneos
440 clics

Mi brújula

En los ásperos muelles del puerto

Mi ardiente corazón aún te busca.

La aguja imantada del recuerdo

No tiene más norte que tú cuerpo

Y en todos los cuadrantes te dibuja.

Feindesland 1999

« anterior1234

menéame