Qué conmovedora revelación: después de miles de millones quemados, economías drenadas, ciudadanos empobrecidos y una guerra eternizada, nuestros genios estratégicos descubren que quizá -solo quizá- habría que hablar. Estambul 2022 estaba ahí, pero era más emocionante jugar a la geopolítica de salón con dinero ajeno, vidas ajenas y facturas que, por supuesto, paga el contribuyente europeo. Ahora que las arcas se vacían, la industria armamentística ya ha hecho caja y la población empieza a preguntarse dónde demonios fue a parar su bienestar, resulta que el diálogo vuelve a ser una opción “pragmática”. Qué eficacia deslumbrante: primero incendian la casa durante cuatro años y luego, cuando no queda mobiliario que vender, sugieren llamar a los bomberos. Pero tranquilos, seguro que nos dirán que todo fue por nuestra seguridad.