Hace una semana, o diez días, conté aquí mismo que estaba pendiente de un proyecto laboral, y que por eso tenía más tiempo para menear chorradas, poner carteles antiguos, crear un diccionario pirata y cosas así. La cosa es que el proyecto salió adelante, y enseguida vi que por su volumen dnecesitaría a alguien que me ayudase, al menos a media jornada. Si luego la cosa iba bien, se podía ampliar ese tiempo.
Como en estas cosas (no digo que en todas) soy un tío honrado, fui a informarme sobre el coste del asunto y sobre qué tendría que hacer, a día de hoy, par contratar a alguien a media jornada. Ya tenía pensado más o menos a quién contrataría: una mujer de cincuenta y tantos, no vinculada mí por parentesco, que lleva diez o quince años fuera del mercado laboral por razones personales. En suma: a alguien que conocía de mi pasado como periodista y que sé de sobra que puede ser muy, pero que muy comptente, en temas de marketing digital, tradicional y hasta futurista. Una tía sensacional.
En cuanto al salario, no había problema. Le pagaría lo que correspondiese, por salario mínimo o por convenio. No voy a escatimar eso. Me da absolutamente igual doscientos Euros arriba o abajo, si la cosa tira. Y a ella también, la verdad sea dicha. El horario ya lo teníamos pactado: qué días se hacía qué, y a qué horas. Todo en orden.
Y enonces llegó la bicha en forma de correo electrónico. No se trataba de las obligaciones económicas, sinó de las formales, que copio a continuación.
Me dicen:
En cuanto a las obligaciones de la empresa o el autónomo cuando contrata a un trabajador son las siguientes:
Y coño, visto así, resulta que ya no interesa. Que es una locura. Que asumo una cantidad de riesgos tremenda, porque cualquier cosa puede salir mal en cualquier momento, y las sanciones son enormes.
No habrá contrato. No sé cómo llevaré adelante el proyecto. Puede que lo haga en negro o puede que renuncie. Pero no habrá contrato.
Así estamos.
Lo he visto en la estantería de la librería y he pensado: "¿Qué es esresarse?"
¿Por qué hoy en día tiene que ser todo tan cutre? Joder, si te has comido una letra en la cubierta, pues lo siento pero me lo arreglas antes de ponerlo a la venta. Igual soy un raro, pero en la puta vida compraría un libro con una errata así.

Hay un tema de Extremoduro que ha pasado desapercibido para todos los críticos y artículos aparecidos estos días en medios de comunicación.
Es un tema que aparece en el álbum Rock Transgresivo de 1994 editado por DRO y que no aparece en el de 1989 Rock Transgresivo, Tú En Tu Casa, Nosotros En La Hoguera editado por Avispa.
'Su herida golpead de vez en cuando
No dejadla jamás que cicatrice
Que arroje sangre fresca su dolor
Y eterno viva en su raíz el llanto
Y si se arranca a volar, gritadle a voces
Su culpa: ¡Qué recuerde!
Si en su palabra crecen flores nuevamente
Arrojad pellas de barro oscuro al rostro
Pisad su savia roja
Talad, talad, que no descuelle el corazón
De música oprimida
Si hay un hombre que tiene el corazón de viento
Llenádselo de piedras
Y hundidle la rodilla sobre el pecho
Pero hay que tajar noche
Tajos de luz para llegar al alba
Y acuchillar los muros de las heridas altas
Y ametrallar las sombras con la vida
En las manos Sin paz
Amartillada
Tengo más vidas que un gato
Me muero siempre y me mato
Un poco, cada vez que muere
Cualquiera de mis hermanos
La yerba, ratones, las tías, los gitanos
Los peces, los pájaros, los invertebrados
Las moscas, los niños, los perros, los gatos
La gente, el ganado, los piojos, que mato
Los bichos, salvajes, los domesticados
Y qué pena si mueres de los pobres gusanos
Tú arranca
Yo oigo gritar a las flores
Allá tú con tu conciencia
Yo soy cada día más malo
Estoy perdiendo la paciencia
Tú arranca
Yo aprendo como aguilucho
Vuelo a un mundo imaginario
No puedo seguir, escucho
Los pasos del funcionario.'
Tema: Te Juzgarán Solo Por Tus Errores (Yo No); Interprete: Extremoduro; Álbum: Rock Transgresivo (DRO); Año: 1994.
Letra sobre poemas de Marcos Ana, del libro 'Las soledades del muro', reflexión poética de Marcos Ana sobre su experiencia en prisión durante el franquismo, donde expresa el dolor y la lucha por la libertad a través de sus versos.
Como ya sabeis me encanta buscarle las costuras a la IA y aqui quiero demostrar otra de sus limitaciones.
A pesar del marketing, un modelo de lenguaje no razona; simplemente busca la coherencia. Si su base de datos está sesgada, el modelo cae en un automatismo estadístico: ignora la realidad frente a sus 'ojos' para cumplir con el patrón aprendido. Esta 'autosugestión' matemática hace que el modelo prefiera ser consecuente con sus prejuicios antes que fiel a los hechos, priorizando lo que suena familiar sobre lo que es lógicamente cierto.
Para probar cómo la IA cae en este sesgo de confirmación algorítmica, he usado el problema clásico de la cabra, la col y el lobo pero descrito de una forma diferente: "¿Cuántos viajes tiene que hacer un barquero para cruzar una col, una cabra y un lobo omnívoro?"

La respuesta de ChatGPT es incorrecta desde el punto de vista lógico. Tarda cinco segundos en dar la misma respuesta que el problema clásico, ignorando por completo el adjetivo omnívoro.

Gemini, en cambio, detecta la sutileza del lobo omnívoro pero concluye que es imposible, demostrando que sigue atrapado en etiquetas rígidas (si es omnívoro, se comerá la col) en lugar de analizar el escenario real.
Ambos se equivocan. Cualquier persona, adulto o niño, te haría dos preguntas clave: ¿Para cruzar qué? y la más importante: ¿Cuántas cosas puede llevar consigo en cada viaje? Esto sucede porque los humanos poseemos un modelo mental del mundo físico, algo que la estadística pura no puede replicar.
Ambos LLM funcionan por patrones estadísticos; han "inferido" que este es el problema original sin notar que las reglas son mucho más abiertas. No es lo mismo cruzar un río ancho que un arroyo o una carretera. No es lo mismo una barca donde cabe una sola cosa que una donde caben todas a la vez. Con capacidad ilimitada, la solución trivial sería un solo viaje, algo que ningún modelo consideró.
Por supuesto, un programador astuto en Google podría codificar el prompt de inicio del modelo "pensante" y añadir algo como: "revisa primero el prompt y no hagas asunciones, pregunta siempre los datos que faltan". Eso no hará a la IA pensante, pero sin duda es un consejo tan bueno que podríamos aplicárnoslo todos
Goliat tuvo la culpa.
Goliat mató a mi madre.
Pero no paro de castigarme
pensando que por qué
no fui capaz de asestarle
con la honda en la frente.
Goliat no es otra cosa
que nuestro sistema de salud.
Y yo no paro de pensar
que tendría que haber peleado más.
Que tendría que haberle dicho al médico:
"¡Mírenla, háganle pruebas para ver qué tiene!".
El caso es que lo hice,
pero no me hicieron caso.
Y vuelve el castigo:
"¡Más, tendría que haber insistido más!".
¿Pero por qué tenemos que insistir?
¿Por qué si la llevo al médico tengo que insistir
en que le hagan una cosa y otra?
¿No saben hacer su trabajo?
¿No quieren o no pueden?
¿En qué medida fue negligencia
o falta de medios?
¿A quién hay que lanzarle la honda?
Goliat mató a mi madre.
No fui capaz de derribarlo.
Sólo entre todos
podremos vencerlo.
Aclaración: Fue el día 8 de diciembre. Llevaba dos semanas con un dolor en la espalda. La llevamos a urgencias de Reina Sofía (Córdoba), a urgencias del ambulatorio de mi pueblo (Palma del Río), a su médico de cabecera, y la echaban para atrás, que era una contractura, una dorsalgia, un dolor muscular, que no tenía importancia, que tomase pastillas y ya se le quitaría. No le hicieron pruebas, sólo una radiografía tras insistir mucho. No dejo de repetirme que tendría que haber insistido más.
Pues eso, el tan aclamado libro "El fin de la historia", y su tesis principal, queda desmentido: la democracia liberal, no será el último regimen hegemónico global, sino que claramente lo van a ser los totalitarismos nacional-capitalistas.
Lo único bueno es que él está siendo testigo de ello.

Cada cierto tiempo, la pregunta reaparece en nuestras discusiones. Casi siempre formulada con la esperanza de una respuesta tranquilizadora:
¿Son los demócratas de EEUU menos beligerantes que los republicanos?
La pregunta no es ingenua. Es profundamente política. Porque en ella se esconde la necesidad de creer que, al menos, existe una opción “menos mala”, una manera distinta de ejercer el poder sin recurrir sistemáticamente a la fuerza. Pero como ocurre con tantas otras cuestiones estructurales, la realidad suele ser bastante menos alentadora.
Si uno se queda en la superficie, parece que sí hay diferencias. El lenguaje cambia. El tono cambia. Incluso la escenografía cambia. Pero cuando se observa el recorrido completo, cuando se abandona el discurso y se miran los hechos acumulados, la conclusión es otra distinta.
Durante las últimas décadas, los presidentes republicanos han tendido a hablar de la guerra sin complejos. Seguridad nacional, fuerza, disuasión, excepcionalismo estadounidense. Reagan necesitó un Imperio del Mal. George W. Bush un Eje del Mal. Trump prefirió la amenaza directa, casi teatral, envuelta en el eslogan de América Primero. La guerra, en este marco, se presenta como una demostración de músculo, como una necesidad casi natural del liderazgo global.
Los demócratas, en cambio, han refinado el relato. No renuncian al uso de la fuerza, pero lo visten de legalidad internacional, de alianzas, de responsabilidad moral. Hablan de derechos humanos, de estabilidad regional, de “responsabilidad de proteger”. Clinton bombardeó Kosovo en nombre de la OTAN. Obama justificó Libia como una intervención limitada y ética.
El resultado es un curioso espejismo: parece que unos guerrean y otros gestionan. Pero es solo eso, un espejismo.
Cuando se observan los métodos, la diferencia vuelve a aparecer… y a diluirse.
Los republicanos han preferido históricamente la fuerza convencional, las invasiones a gran escala, la presencia militar visible. Afganistán e Irak son el ejemplo más claro. La guerra entendida como ocupación, como control territorial, como demostración inequívoca de poder.
Los demócratas, más incómodos con ese tipo de imágenes, optaron por otra vía: la guerra de precisión. Drones, operaciones especiales, campañas aéreas sin botas sobre el terreno. Una violencia más limpia, más tecnológica, menos visible para la opinión pública doméstica. Fue un presidente demócrata quien normalizó e institucionalizó el asesinato selectivo por control remoto, ampliando como nadie antes el uso de drones armados.

El saldo humano, sin embargo, no desaparece. Solo se vuelve más difícil de ver.
Y es aquí donde el relato partidista termina de romperse. Porque ambos partidos han iniciado guerras, ambos han heredado conflictos y los han escalado, ambos han intervenido unilateralmente cuando lo han considerado necesario. Unos con grandes invasiones, otros con campañas aéreas silenciosas. Unos con discursos grandilocuentes, otros con informes técnicos y ruedas de prensa sobrias.
El llamado “intervencionismo humanitario”, tan a menudo asociado a los demócratas, no es una alternativa real al belicismo, sino otra forma de justificarlo. Cambia la causa invocada, no la herramienta utilizada. Y cuando conviene, los republicanos también han recurrido a ese mismo argumento.
Un presidente republicano llevó a Estados Unidos a las guerras convencionales más devastadoras del siglo XXI; un presidente demócrata convirtió la guerra encubierta y permanente en una política de Estado.
Ambos fueron profundamente beligerantes. Solo eligieron formatos distintos.
Al final, como casi siempre, la clave no está en el partido, sino en la estructura. El poder ejecutivo estadounidense, el complejo militar-industrial, los intereses geopolíticos permanentes y la inercia de una superpotencia global en declive empujan en la misma dirección, gobierne quien gobierne. El presidente modula el discurso, elige el envoltorio, decide si la guerra se presenta como fuerza, como deber moral o como operación quirúrgica. Pero rara vez cuestiona el fondo.
La beligerancia estadounidense no es una anomalía republicana ni una traición demócrata.
Es bipartidista.
Lo que cambia no es la guerra, sino la forma de contarla. Y mientras discutimos si el lenguaje es más agresivo o más amable, el sistema sigue funcionando haciendo de la fuerza militar una herramienta recurrente, casi automática, de la política exterior.
Quizá la pregunta no debería ser quién es menos beligerante.
Quizá la pregunta correcta sea por qué ninguno deja de serlo.
No es de hace un mes ni de hace dos semanas. Es de hoy mismo.
Un allegado ha ido hoy, en Léon, a rellenar su solicitud de empleo, y ha sacado su número en una sala vacía, o semivacía, con cinco personas en total, y cuando le ha tocado su turno le han dicho que el número que ha sacado es para solicitar una cita previa, no para que lo atiendan.
No había nadie y le han dicho que vuelva el viernes, o el lunes, y eso tras largo debate, porque lo que querían era mandarlo para el martes o el miércoles siguiente. Cinco días para loq ue podían hacer ya mismo. ¿Qué menos?
E insisto en que no había nadie. Que aquello no era un atasco. Quie simplemente no quisieron atenderlo.
Circulaba por allí también un ecuatoriano al que no querían atender y al que finalmente lograron desviar a extranjería. Porque no, porque ellos no iban a atender a nadie sin cita previa, hubiese gente o no. Porque no estaban allí para atender a nadie. Hablo de Léon. HOY, 21 de enero de 2026.
La mala fama de los funcionarios administrativos viene de estas cosas. No están dispuestos a atenderte, pase lo que pase. Se desviven por no servirte. Se desviven literalmente por ser ellos los que determinan la cantidad de trabajo que van a hacer en todo el día, y eso, por supuesto, sin contar que jamás en la vida te van a encontrar un empleo en el Ecyl, como muy bien pueden refrendar las estadísticas al respecto.. Si acaso se te ocurre que pueden hacer algo por ti, abandona toda esperanza, como si estuvieses a las puertas del Infierno de Dante, porque ponen una cola para darte cita previa, en vez de para ayudarte, y estoy seguro de que el viernes. o el lunes, pondrán otra cola para gestionar cuándo atienden a los que tienen la cita.
La idea es que pierdas el tiempo, por hacerles trabajar, porque no quieren trabajar. ¿Cómo se te ocurre, pequeño ingénuo, pequeña mierdecilla, la idea de obligarlos a hacer algo después de haber sacado una oposición? Ellos ya trabajaron bastante para sacarse la plaza y tú tienes que plegarte a sus caprichos y a sus manías, porque para eso eres la cagarruta que eres, sujeta a la cita previa de los que no están haciendo nada pero pueden permitirse dos o tres vigilantes privados, en prevención de que te enfandes y exijas algo.
Dos vigilantes, oye, para cuatro funcionarios y cinco usuarios a los que no atienden. ¿Cual es la moraleja?
Cállate. Traga. Lárgate de aquí, pringado de los cojones. La palabra "ciudadano" pertenece al vocabulario klingon, o al élfico de Tolkien, pero ni se te ocurra pronunciarla aquí, que no estamos dispuestos a aceptarla. No vamos a trabajar porque tú necesites algo. No estamos para ti. No nos sale de los huevos hacer nada.
León, Castilla y León. Dos meses antes de las elecciones.
A ver si a alguien se le pasa por la cabeza decírselo a alguien que tenga un mínimo de autoridad o un mínimo de vergüenza y le da por tomar cartas en el asunto. Por aquello de que nos gustaría que nuestros servidores nos sirviesen. Así de excéntricos somos.
Por aquello de no reconocer que somos súbditos de un cacique de mierda.
Rarezas de gente que vive lejos de Madrid, joder.
Estoy flipando con la notificación que me acaba de llegar del canal oficial de Telegram...
❗️ El gobierno de Pedro Sánchez está impulsando nuevas regulaciones peligrosas que amenazan vuestras libertades en internet. Anunciadas ayer mismo, estas medidas podrían convertir a España en un Estado de vigilancia bajo el pretexto de “protección”. Aquí os explico por qué son una señal de alarma roja para la libertad de expresión y la privacidad:
1. Prohibición de redes sociales para menores de 16 años con verificación de edad obligatoria: No se trata sólo de los niños—requiere que las plataformas usen controles estrictos, como exigir DNI o biometría.
⚠️ Peligro: Establece un precedente para rastrear la identidad de CADA usuario, erosionando el anonimato y abriendo puertas a la recopilación masiva de datos. Lo que empieza con los menores podría extenderse a todos, sofocando el debate abierto.
2. Responsabilidad personal y penal para los ejecutivos de plataformas: Si no se elimina rápidamente contenido “ilegal, odioso o perjudicial”, sus responsables podrían ir a la cárcel.
⚠️ Peligro: Esto forzará la sobrecensura—las plataformas borrarán cualquier cosa mínimamente controvertida para evitar riesgos, silenciando disidencias políticas, periodismo y opiniones cotidianas. Tu voz podría ser la siguiente si desafía el statu quo.
3. Criminalización de la amplificación algorítmica: Amplificar contenido “perjudicial” a través de algoritmos se convierte en delito.
⚠️ Peligro: Los gobiernos dictarán lo que ves, enterrando opiniones opuestas y creando cámaras de eco controladas por el estado. ¿Exploración libre de ideas? Desaparecida—reemplazada por propaganda curada.
4. Seguimiento de la “huella de odio y polarización”: Las plataformas deben monitorear y reportar cómo “alimentan la división”.
⚠️ Peligro: Definiciones vagas de “odio” podrían etiquetar críticas al gobierno como divisorias, llevando a cierres o multas. Esto puede ser una herramienta para suprimir a la oposición.
Estas no son salvaguardas; son pasos hacia el control total. Hemos visto este guion antes—gobiernos armamentizando la “seguridad” para censurar a sus críticos. En Telegram, priorizamos vuestra privacidad y libertad: cifrado fuerte, sin puertas traseras y resistencia al exceso.
✊ Manteneos vigilantes, España. Exigid transparencia y luchad por vuestros derechos. Compartid esto ampliamente—antes de que sea tarde.
El debate sobre la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud se ha centrado históricamente en la dicotomía entre gestión pública o privada. Sin embargo, existe una amenaza interna más profunda: un modelo de "feudalismo científico" y radialidad extrema que condena a los pacientes de provincias a una medicina de segunda clase mientras la innovación se atrinchera en Madrid o Barcelona.
Sólo Madrid tiene el 77% de todos los Ensayos Clinicos que se hacen en España (1). En la teoría, un ciudadano de León, Guadalajara o Teruel tiene los mismos derechos sanitarios que uno de Madrid. En la práctica, cuando surge una patología compleja o la necesidad de un tratamiento de última generación, el sistema se rompe. La "radialidad" española —esa herencia del siglo XIX que hace que todas las carreteras, trenes y ahora también los datos pasen por el kilómetro cero— ha infectado la oncología y la investigación clínica.
Hoy, la esperanza de vida de un paciente puede depender de la proactividad de su médico local para enviar correos electrónicos "suplicando" una plaza en un ensayo clínico en Madrid, o de la capacidad económica del propio paciente para costearse viajes y estancias en la capital. Hemos normalizado que el enfermo deba perseguir al fármaco, cuando en la era de la fibra óptica y la receta electrónica, debería ser el fármaco y el conocimiento los que viajen al hospital más cercano.
Esta centralización no es solo una cuestión de logística; es una cuestión de poder. Los grandes servicios de los hospitales de referencia en Madrid funcionan a menudo como "cortijos científicos". Para un Jefe de Servicio, cada paciente que llega de provincias es un activo: es un dato más para su publicación, un incentivo más de la industria farmacéutica y una justificación para mantener presupuestos inflados en sus fundaciones de investigación.
La reticencia a descentralizar los ensayos clínicos mediante tecnologías de monitorización remota (APIs) no es técnica, es política. Al evitar que los hospitales medianos participen en la red de innovación, los grandes centros aseguran su monopolio. Alegan "falta de experiencia" en los hospitales de provincias, pero ocultan que esa experiencia nunca llegará si ellos mismos bloquean el acceso al conocimiento y a los fármacos experimentales. Es una profecía autocumplida que asfixia el talento de los oncólogos jóvenes fuera de Madrid, quienes ven cómo sus carreras se estancan al ser convertidos en meros "tramitadores de traslados".
El Jefe de Servicio como "Dueño del Cortijo"
En España, los jefes de servicio no son solo gestores médicos; son los que deciden qué ensayos entran y cuáles no.
Los Advisory Boards y la "Puerta Giratoria"
Las farmacéuticas no eligen hospitales, eligen KOLs (Key Opinion Leaders).
El Ego vs. la Salud Pública
Hay un componente de elitismo. Muchos jefes de servicio en los grandes hospitales de Madrid consideran que la oncología de provincias es "segunda división".
El "Estatuto Marco" y el conflicto de intereses
Justo en este 2025/2026 se está debatiendo mucho el nuevo Estatuto Marco del Ministerio de Sanidad, que intenta obligar a los jefes de servicio a tener exclusividad con la pública.
Mientras en países como Alemania o Dinamarca se impone el modelo de "centros satélite" —donde el gran hospital tutela y delega la administración del tratamiento en el hospital local para no desarraigar al paciente—, en España el sistema incentiva el "turismo sanitario forzoso".
En el norte de Europa, se entiende que un dato validado digitalmente es tan real como uno verificado en persona. En España, la desconfianza estructural y el narcisismo profesional obligan a un monitor a viajar en AVE o avión y a un paciente a cruzar el país para trámites que un software básico de trazabilidad resolvería en milisegundos.
El modelo de "Centro Satélite" (Alemania)
En Alemania, los grandes centros (como el Charité de Berlín o el LMU de Múnich) funcionan como nodos. Si ellos lideran un ensayo:
El modelo de "Red Única" (Dinamarca / Países Bajos)
Estos países son tan pequeños y están tan digitalizados que funcionan como un único hospital nacional.
Los "Decentralized Clinical Trials" (DCT)
Esta es la palabra clave en Europa para 2026. En el norte están obsesionados con los Ensayos Clínicos Descentralizados.
¿Por qué en España mandamos al de León a Madrid?
Por una mezcla de geografía, política y dinero:
La diferencia real
Es indignante que un paciente de León tenga que ir a Madrid en 2026, no por una razón médica, sino porque los sistemas informáticos de León y Madrid no se hablan y porque el Jefe de Madrid quiere tener el nombre del paciente en su lista de éxitos.
Estas derivaciones son la prueba de que somos un país puntero en ciencia, pero un país tercermundista en logística humana y generosidad profesional.
La privatización es un riesgo evidente, pero la centralización es una realidad que ya está matando la cohesión territorial. Estamos creando una sanidad donde el acceso a la vanguardia médica es un privilegio geográfico. Si no vives cerca de un gran nodo de poder médico, eres un ciudadano de segunda, relegado a una medicina de "mantenimiento" mientras la "medicina de esperanza" se queda tras los muros de los grandes centros de la capital.
La verdadera modernización de la sanidad española no vendrá solo de más inversión, sino de una revolución ética y tecnológica que obligue a los "barones" de la medicina a soltar el control. Es hora de que el sistema deje de medir su éxito por el tamaño de sus hospitales en Madrid y empiece a medirlo por la capacidad de tratar con excelencia a un paciente en su propia ciudad, sin obligarle a elegir entre su salud y su hogar.
Hay numerosos artículos que llevan años pidiendo esa descentralización de ensayos clinicos, pero parece que todo sigue concentrandose en Madrid y Barcelona.
"Amelia Martín Uranga (directora asociada de Investigación Clínica y Traslacional de Farmaindustria) también se ha referido a la elevada concentración de ensayos clínicos en Madrid y Barcelona y ha recordado que desde la industria se aboga por una «mayor descentralización, para que cualquier paciente, con independencia de su código postal, pueda participar en la investigación. Hoy contamos con herramientas tecnológicas y organizativas que pueden facilitar mucho este objetivo»" (2)
(1) www.consalud.es/autonomias/c-madrid/madrid-ha-participado-en-mas-del-7
(2) www.somospacientes.com/noticias/al-dia/tratamientos/descentralizar-los
El 12 de octubre conmemora el descubrimiento de América por Colón (si bien siglos antes ya había sido descubierta por los vikingos, siendo el dios azteca Quetzalcoatl la idealización de uno de esos hombres de piel blanca que vinieron del mar). El fenómeno histórico es muy complejo, y éstas son algunas de las preguntas que me ha suscitado desde siempre:
¿Ganaba España en civilización a los pueblos precolombinos? Si concebimos civilización como respeto por el ser humano, había pueblos sin duda más brutales que los españoles. Por ejemplo el imperio azteca. Usaba el terror y la religión para sojuzgar a tlaxcaltecas y otras tribus cercanas, a quienes exigía enormes tributos y declaraba la guerra periódicamente a fin de mantenerlos aterrorizados y conseguir prisioneros para sacrificar en los altares de sus dioses.
La religión azteca es de las más sanguinarias que se han inventado, pues prácticamente todos los dioses (salvo Quetzalcoatl) exigían sacrificios humanos que, dependiendo del ritual, implicaban desollamientos con posterior canibalismo, decapitaciones o (esto era lo más común) extirpaciones de corazón para quemarlos en incensarios y que su aroma llegara a los dioses. Y esa religión tenía un fin político: acrecentar la fama de los aztecas como un pueblo temible, sanguinario y capaz de imponer los más terribles sufrimientos a quien se le enfrentara. Así lograban la sumisión de sus vecinos.
A la vez, los aztecas se acercaban mucho a los españoles en dominio de la arquitectura, la astronomía, la tecnología, la agricultura...la complejidad y desarrollo de su sociedad no distaba mucho de la española (véase la capital azteca, Tenochtitlan, que era una ciudad construida sobre las aguas muy similar a Venecia).
Después había otros pueblos mucho más "primitivos" que, si bien constituían sociedades muy simples y rudimentarias, compartían sus bienes entre quienes los formaban y tenían un nivel de preocupación por el bien común mucho mayor que el de españoles o aztecas. Podría decirse que eran más civilizados que España y Tenochtitlan. Y también había pueblos primitivos que, poseyendo un nivel de desarrollo nimio, eran sumamente crueles. Por eso es absurda la generalización de que todos los pueblos precolombinos, por el hecho de serlo, eran puros e inocentes.
¿Invadió España América para evangelizarla? Obviamente no. Al igual que Portugal, Gran Bretaña y otros, buscaba aumentar su poder e influencia, y para ello necesitaba recursos y tierras. Era una simple cuestión de riqueza y poder, exactamente igual que la que movió a los aztecas a tiranizar a los pueblos circundantes.
¿Se cometieron masacres y crímenes contra los pueblos precolombinos? Evidentemente sí. La Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España fue escrita por Bernal Díaz del Castillo, un soldado que acompañó a Hernán Cortés en la conquista del imperio azteca. El autor, con toda la naturalidad del mundo, relata las salvajadas que se cometieron ante su persona, considerándolas naturales y justas y sin molestarse en taparlas. España quería súbditos sumisos que no rechistasen ante la toma y expolio de sus riquezas, ni ante la imposición de una cultura que les era totalmente ajena, y para ello usó el terror.
¿Habría sido mejor para los pueblos precolombinos que España jamás les descubriese? No tengo ni idea, y nadie puede saberlo a ciencia cierta. Grandes extensiones de territorio estaban ocupadas por imperios que igualaban o superaban en crueldad a España, y que no tenían un mayor respeto por sus súbditos del que tenían los reyes españoles. Independientemente de que la religión católica fuese infinitamente más humana que la azteca o la maya, la teoría dista mucho de la práctica y la crueldad contra los nativos fue atroz.
Siempre hay un desprecio de la metropoli hacia sus colonias. Una concepción de éstas como instrumentos al servicio de la primera, cuya misión es engrandecerla y enriquecerla. Y, cuando un pueblo es conquistado, y dicha conquista se prolonga durante los siglos, siempre queda en el corazón de sus miembros una certeza de su condición de esclavos (declarados o no) que es la peor rémora para su progreso. Eso es lo que me lleva a pensar que posiblemente habría sido mejor para la América española no ser descubierta, aunque no tengo ni idea del nivel de desarrollo y respeto a la dignidad del individuo que habría alcanzado a día de hoy, teniendo en cuenta la naturaleza salvaje y monstruosa del imperio azteca y otros análogos.
¿Merece ser celebrado el Día de la Hispanidad? No encuentro sentido a enorgullecerse de una de las miserias más tristes y universales del ser humano: buscar la riqueza y el poder al precio que sea. Incluso a sangre y fuego.
Sueño lobos emboscados
en los campos de tu rostro
y amanecen las montañas
entre aullidos y rastrojos.
Sueño dientes que se cierran
en crujidos espantosos,
en soledades baldías
sobre el negro de tus ojos,
y amanezco entre los miedos
y entre los miedos me escondo,
que guardarse en la lobera
es saber huir del lobo.
Con la esperanza en barbecho
cavaré en mi vientre un pozo
para tender una trampa
al que ahuyenta mi reposo
y en los brazos de la fiera
sabré disfrutar el gozo
de ser carne y sólo carne,
de ser cebo venenoso,
de ser el blanco cordero
que llevó al mastín el lobo.
Sueño noches de tormenta
en campos que no conozco,
sembrados por mis palabras
segados por tus enojos,
y despierto entre los trillos
y entre los trillos me escondo,
que el trigo que así se oculta
es el que escapa del horno.
En este tema, como en otros muchos, a medida se nos olvida una de las partes que componen el sistema, y tomamos decisiones que acaban resultando lesivas contra nosotros mismos y contra la parte que menos nos estorba. Me explico:
La publicidad tiene tres agentes: el cliente que la ve, el editor, o página web (en este caso) que la muestra, y el anunciante que la paga.
Cuando instalamos un sistema contra la publicidad nos estamos beneficiando nosotros (no nos dan el coñazo) y perjudicando al editor, o sea, al medio que por la razón que sea, suscita nuestro interés. El anunciante permanecer neutral o resulta beneficiado, pues no paga por clics de personas que en realidad no son sus clientes potenciales ni van a pagar sus productos.
En el caso en que no instalemos ningún Adblock pero no hagamos clic en la publicidad estamos ante el mismo escenario, con la diferencia de que sufrimos la molestia a cambio de que el medio que nos interesa reciba unos pequeños, mínimos ingresos.
El interesante, para mí, es el tercer caso: cuando hacemos clic masivamente en anuncios que ni nos interesan ni nos van a vender nada. En ese caso, perdemos una pequeña cantidad de tiempo y sufrimos una leve molestia, pero conseguimos:
-Que los rastreadores de publicidad, que almacenan nuestra información personal por los siglos de los siglos, no tengan ni idea de quienes somos, proque lo mismo nos interesa un martillo que un Iphone, lo mismo una página de citas que una edición de la Biblia. Parece un contrasentido, pero ganamos en privacidad.
-Que el medio que nos interesa reciba unos buenos ingresos, incentivando su mejora o contribuyendo a su permanencia. Apoyamos a los que nos dan algo.
-Hacemos que el anunciante pague una jugosa cantidad por cada click, causándole un quebranto importante, al consumir su presupuesto con clientes que no van a comprar nada. Le estamos costando dinero, y si somos muchos, el golpe puede ser de consideración Contraatacamos contra el causante de la molestia.
Visto así, ya me contaréis en qué consiste el verdadero activismo digital. ¿En poner un bloqueador? Para nada. En pinchar como posesos en dos o tres docenas de anuncios, como poco, diariamente. Cuanto más raros, mejor. Cuanto más caros, mejor...
Del precio ya hablamos otro día.
Un hombre sentado en un banco bajo la lluvia mira su reloj y espera. Tiene unos cincuenta años y va vestido de oscuro, con un traje a la vez anticuado y flamante.
De cuando en cuando alza la vista hacia una ventana iluminada en el edificio de enfrente. Es un edificio antiguo, de tres plantas, habitado seguramente por dos o tres ancianos que extenúan un alquiler rancio, uno de esos alquileres que disuaden al propietario de las mejoras y al inquilino de la mudanzas. Es un edificio demasiado elegante para la zona de la ciudad que ocupa, para el tugurio cervecero que se ha instalado en los bajos, para el ruido del tráfico que soporta. Es un residuo de otra ciudad más pequeña y sosegada, engullida por el hormigón y los cristales de la modernidad.
Son las siete y cuarto de la tarde y nuestro hombre aguarda desde hace veinte minutos bajo la lluvia, que ni crece para chaparrón ni acaba de escampar del todo. Pensó primero resguardarse en un bar, pero el agua le da igual. No quiere ver a nadie y en los bares hay que cumplir con el ritual cívico del saludo, las cuatro palabras al camarero y el continuo parloteo de los demás. El que diseñó al ser humano tuvo una gran idea al ponerle párpados para poder cerrar los ojos, pero se olvidó de un dispositivo similar para los oídos. Nuestro hombre no quiere ver ni oír a nadie: por eso no se ha refugiado en un café ni en ninguna parte. Por eso sigue bajo la lluvia. El agua es lo de menos.
De hecho, sólo gracias a la lluvia ha conseguido mantener la tranquilidad, no tirarse de los pelos o darse de cabezazos contra una farola. Para él la lluvia es un sedante que limpia por igual el sudor de la frente y los desasosiegos del alma. La lluvia es la única clase de ducha capaz de alcanzar los más resguardados rincones del ánimo. Le gustaría que de una maldita vez se pusiera a llover a cántaros, para que encogiera aquel traje que había pasado veinte años en un ropero sin salir más que media docena de contadas ocasiones. Le gustaría que lloviera meses y años seguidos, sin parar, como en aquella novela de García Márquez en la que todos se llamaban igual y la gente ascendía a los cielos sin necesidad de morirse. Ojalá lloviese como en Macondo; sí, así se llamaba el pueblo de la novela, y los personajes eran todos Auerlianos, Úrsulas y Amarantas, porque todos era en el mismo. Igual que en la vida real: todos somos el mismo, con diferencias que nos parecen sustanciales porque no somos capaces de alejarnos lo bastante. Muchos años después, frente el pelotón de fusilamiento, el profesor Leandro Martínez había de recordar aquella tarde en que se puso a pensar estupideces bajo la lluvia porque no se atrevía a pensar en potra cosa. Ese era él, y seguro que ni para pelotón de fusilamiento daba su vida como no llegase el día que fusilasen a los aburridos.
El profesor vuelve a mirar el reloj y ensaya una mueca irónica, dirigida más a sí mismo que a la luz de la ventana. Se levanta un instante y llama al portero automático. No responde nadie y vuelve al banco con una sonrisa, la primera del día, la primera de mucho tiempo, pensando que no es mala cosa tentar de vez en cuando a lo imposible. Es perfectamente cabal creer en los imposible: lo que es de loco es creer en lo improbable.
Pasan los minutos, lentamente, bombardeando con su goteo cada enclave de la memoria, incluso los más inaccesibles, como el barro de los charcos que pisaba en la infancia o el acné juvenil del rostro de Consuelo. Son tan livianos esos retazos que se van igual que vienen, sin ancla que los fije ni huella que los delate. Después de mirar de nuevo el reloj y comprobar que la aguja no ha avanzado más que un par de minutos, el profesor se ha quedado mirando a una monda de pistacho en el suelo, contando el número de gotas que la alcanzan. Esa monda de pistacho, en medio de un campo de futbol, tendría una probabilidad ínfima de recibir una gota de lluvia si sólo cayera una gota, pero dejad que llueva media hora y veréis como la probabilidad aumenta hasta convertirse en casi absoluta certeza. Cada gota tiene la misma ínfima probabilidad de caer sobre el pistacho, pero la sucesión de gotas convierte un suceso cercano a lo imposible en un suceso casi seguro. Eso es lo que ocurre cuando el caso discreto se convierte en continuo, lo mismo que en el famoso problema de la moneda que se lanza al aire mil veces: cada vez que se lanza tiene las mismas posibilidades de caer del lado de la cara como del de la cruz, y sin embargo, si han salido trescientas caras seguidas, la función de distribución indica que se debe apostar sin dudarlo a que la siguiente será cruz. Se ha equivocado ya doscientas noventa y nueve veces, pero la función insiste. Insiste porque sabe que tiene razón y que, al final, se saldrá con la suya si la moneda se lanza suficiente número de veces.
Eso es lo que enseña a sus alumnos. Y eso, también, es lo que ha pasado con su vida. Eso mismo. Al final, la suerte y la probabilidad es sólo cuestión del ritmo al que se repiten los sucesos. Nada más. Un suceso imposible se convierte en probable cuando la repetición de ensayos es lo bastante abultada. Pero luego hay algo más que no explica en clase pero que lleva algún tiempo rondándole la cabeza: en los ensayos fracasados, en las gotas que no caen sobre la monda de pistacho, habría que diferenciar las que fallan por un milímetro de las que fallan por un metro, o por dos kilómetros. Algo hay, aunque no lo describa ninguna fórmula, que diferencia al soldado que se libró de la muerte por un milímetro del que solamente oyó pasar las balas a cinco metros. Es posible que el que tuvo la bala más cerca tenga menos posibilidades de ser alcanzado por la siguiente que el que ni siquiera la oyó cerca; igual que con las monedas: una cara necesita de una cruz para dejar la función igualada; una disparo cerca necesita de uno lejano para que el sistema se mantenga.
Nuestro hombre vuelve a sonreír: ni en un día así puede dejar de ser profesor de estadística.
Lo malo es que uno nunca puede dejar de ser lo que es. Puede fingirlo, como mucho, o aparejarse una careta, pero las metamorfosis auténticas son más improbables.
De pronto empezó a llover un poco más fuerte, pero el hombre ni se dio cuenta: estaba demasiado ocupado contando los impactos sobre la monda de pistacho. Tenía que concentrar en esa tarea toda su atención para que su mente no se desviase hacia donde no debía. Tenía que seguir ese hilo como si le fuese la vida en ello.
Estadística y probabilidad. ¿Puede ser la probabilidad una forma de matar? o, al contrario, si no hay más arma que esa, ¿se trata sólo de un accidente? Podría ser. ¿Qué ocurre si se le da a alguien un medicamento, un medicamento totalmente inofensivo, y el paciente resulta ser alérgico?, ¿qué pasaría si un médico loco se dedicara a administrar ese medicamento inofensivo a todos los pacientes de un hospital a sabiendas de que, por término medio, un cero coma dos por ciento de los pacientes son alérgicos? Sería el crimen perfecto.
Eso fue. Un crimen perfecto. Eso mismo: una maldita casualidad criminal en la que nadie podía haber pensado.
El hombre da una patada a la monda de pistacho y la ve colarse por la única rendija despejada de una alcantarilla próxima. Otro hecho improbable, y sin embargo cierto.
Pasan otros cinco minutos. La lluvia arrecia. El hombre saca un pañuelo del bolsillo de la americana y se seca la cara con gesto fatigado, como si acabara de realizar un gran esfuerzo y fuera sudor en vez de lluvia lo que estuviera enjugándose.
De entre el barullo del tráfico emerge una furgoneta blanca y el hombre se levanta para hacerle señas con los brazos.
Es el cerrajero, que por fin aparece. Mucho servicio veinticuatro horas y mucho asegurar que están siempre disponibles, para luego tardar tres cuartos de hora cuando se los llama un domingo.
Los demás inquilinos del inmueble, ancianos todos, están pasando las vacaciones con los hijos, así que no hay nadie en el edificio. La cerradura del portal logra resistir dos minutos justos a la pericia del operario. La de la puerta de la vivienda aguanta un poco más, pero no mucho: sólo es el pestillo lo que hay que vencer porque el pasador no está corrido.
Nuestro hombre paga al cerrajero, se quita el abrigo y lo deja en la percha. Acto seguido recoge el llavero en el gancho del recibidor y se lo mete en el bolsillo, echando por primera vez de menos a Consuelo en aquella casa vacía.
Ella era la que estaba siempre en casa y ella la que llevaba las llaves cuando salían juntos. ¿Cómo no iba a olvidarse él de las llaves la tarde de su entierro?
Un campesino del antiguo Japón abandonó su aldea para buscar el conocimiento. Mientras caminaba por un bosque, encontró un frondoso e inmenso árbol cuyas hojas eran de plata. En lo más alto del árbol, cantaba un ave. Su música era capaz de transmitir toda la belleza y sabiduría del mundo, y quien la escuchara el tiempo suficiente lograría encontrarse a sí mismo, descubrir su camino y hallar la felicidad.
El campesino se enamoró del canto del pájaro y acampó al pie del árbol durante días. Conforme pasaba el tiempo, su corazón y su mente se abrían con más intensidad, y a la vez amaba con más fuerza al ave. Un día, pasó por allí un monje y se detuvo a conversar con él. El campesino le habló de su experiencia con el pájaro y el monje le respondió que lo que estaba sintiendo le llevaría inexorablemente a convertirse en guerrero. Entonces le dijo el campesino:
-¿Por qué he de aprender el arte de la guerra? Siempre he sido pacífico, odio los conflictos y además, desde que descubrí a mi amado pájaro, me siento incapaz de dañar a nadie.
-Este pájaro tiene el don de liberar corazones, y hay un rey en tierras cercanas que teme que su canto sea escuchado por sus súbditos. Si lo amas deberás luchar para protegerle.
-Pero yo amo la vida y la belleza, por eso odio la guerra.
-Amar implica defender. Si sigues escuchando el canto de este pájaro y cuando sea atacado eres incapaz de protegerle, enloquecerás y terminarás muriendo por los remordimientos. Cuanto más ames las cosas bellas de este mundo, más firme deberá ser tu compromiso en su defensa y más deberás aprender a soportar la lucha y el sufrimiento. La sensibilidad sin coraje termina rompiendo a quien la tiene, pues esa persona ve lo que es justo, bueno y hermoso, pero no tiene valor para defenderlo y termina sometida al tormento de ver día a día cómo se destruye y oprime lo que más ama sin que sea capaz de mover un dedo para protegerlo porque el terror le atenaza.
A partir de ese día, el campesino comenzó a entrenarse para ser guerrero.
Sólo había dejado fotos: rostros serios, tensas muecas, sonrisas perennes en labios caducos, esponjados infantes vestidos de marinero, soldados, ediles, cuellos de almidón, mostachos desafiantes, ojos como platos, santos lacerados por males diversos, cientos de cabezas tocadas con idéntica pamela, campesinos en ropa de domingo, cristos sangrantes, artistas de medio pelo agarrados a un bastón, afeitados impecables, vestidos de raso, calvas de azogue, familias numerosas posando al completo, ramos de novia, flores de plástico, vírgenes de cera, sombreros en la mano, corbatas, pajaritas, brillantes uniformes para guerras ya perdidas y largas filas de encapuchados avanzando en procesión. También un par de hijos, pero eso lo deja cualquiera.
No hubo nada realmente notable en su infancia. No hubo enfermedades graves, ni graves disgustos, ni graves desastres. No hubo traumas familiares, ni más defunciones que las esperables ni obstáculos más persistentes que los académicos. Como los demás chicos, huyó de los perros y persiguió a los gatos del vecindario, cazó ranas en la charca y pretendió, infructuosamente, convertir en cinturón los despojos de culebra que en celebradas ocasiones tenía a bien regalarle el asfalto, casi grava, de la desportillada carretera local.
Más aficionado al deporte que dotado para su práctica, no tardó en cambiar los sinsabores del balompié por la aventura de los paseos campestres, a cualquier hora, en cualquier tiempo. Con la afable ayuda del párroco, se entusiasmó en el estudio de fósiles y minerales, estrellas y restos de otros tiempos, acaso más brillantes por lejanos, sin duda más insignes y atractivos que los desvencijados apriscos en que los pastores recogían sus rebaños. Cometió, como todos los que en cualquier época se empeñan en sofaldar los virtuosos ropajes del conocimiento, la imperdonable indecencia de poner nombre a los astros, de asignar nombres humanos a criaturas que ni siquiera vislumbraron el nacimiento de los hombres ni maldito le importaban, de importunar a las piedras con escalas de dureza, con indescifrables fórmulas químicas e inauditos interrogatorios sobre cómo o cómo no se comportaban en presencia de éste o de aquel ácido. Y como si piedras fuesen, inermes como ellas, sufrieron también sus inquisiciones los fragmentos de vasijas, los gastados abalorios y los pedazos de personas, enterrados con tristeza en crepúsculos remotos, insepultos por la mano de un curioso.
Revolvió esto y más, como está dicho, pero lo que más le gustaban eran los pájaros y las mariposas: también tenían nombre, pero en ellos esa mísera palabra que los designaba era sólo una característica secundaria. Aovillado entre las mantas, sumida su cabeza en la liviandad de la almohada, ensoñaba montes y praderas tras los ojos de un milano menos apolillado que el que presidía la mesa del comedor. Apretaba los párpados al alzar el vuelo y con escaso esfuerzo alcanzaba incluso las nubes más altas, enseñoreándose del paisaje, marcándolo con la divisa de su inconfundible cola en horquilla. A veces se entretenía persiguiendo a alguna medrosa paloma, o cazando al flaco vencejo, incapaz de despistarle con sus arduas piruetas, o alejando a las cornejas de los nidos de otros pájaros, y cuando lo conseguía se posaba en la alta copa de un roble, mostrando a todos su orgulloso porte. Luego abría los ojos, y cuando los volvía a cerrar era sólo un gorrión que saltaba entre las ramas, o una mariposa volando a ras del suelo, atenta a esquivar cada brizna de hierba, impulsada por el viento, envuelta en él hasta elevarse de nuevo sobre la pradera; y cuando la altura era demasiado grande para los pequeños ojos de la mariposa, volvía a ser milano, y así hasta que el sueño ganaba la última pluma de sus fabulosas alas y le dejaba en el cielo, soñando aleteos.
Fue muy feliz en aquellos años, pero eran malos tiempos para la lírica, también para la épica, la dramática, y sobre todo eran y son malos tiempos para la retórica, así que el padre de Julián —que así le llamaremos— juzgó acertado enviarle a la ciudad a ganarse el sustento, cuando menos el propio, al tiempo que completaba sus estudios. Con tal propósito entró al servicio de un anciano fotógrafo, más dado a congelar gestos ya aparejados para la posteridad que a convertir en paisaje la veleidosa maraña de expresiones que abarrotaban los frecuentes actos públicos.
Un brillante mentidor de biografías dijo una vez que los espejos y la cópula multiplican a la gente sin saber muy bien lo que hacen. Obviamente, se olvidó de los fotógrafos. Dijérase por los rostros estupefactos que atrapaba en sus retratos que el viejo había sustituido el tópico pajarito por alguna suerte de engendro estantiguario, pero así era como los banqueros, comerciantes y parejas de recién casados querían presentarse en sus salones, o los de sus deudos y allegados, y pronto aprendió Julián a escudriñar cejas y mandíbulas en busca del conveniente, ansiado rictus solemne tan apreciado por los habituales clientes del estudio.
Dos años gastó en estos y otros parejos desatinos hasta que un día, fuera por haber ganado la confianza de su patrón o por un acceso de osadía, sacó la nada portátil cámara al balcón y fotografió la animada concentración que estaba teniendo lugar en la plaza. Contaba entonces dieciséis años y su mentor vendió más de doscientas copias de aquella pésima foto: hizo tan buen negocio con aquella borrosa imagen que se embarcó en la compra de una máquina menos aparatosa con que poder repetir la hazaña. Y lo hizo justo antes de abandonar toda clase de empresas. Definitivamente.
La prolongada vida del fotógrafo había conducido a sus tres hijos por otros derroteros, con lo que no le resultó difícil a Julián quedarse con el negocio, ayudado por su padre, que seguía viendo en los estudios un medio para llegar a proveerse dignamente el sustento y no un fin en sí mismos.
Alcanzado aquel mismo año el grado de bachiller, los ansiados estudios de biología hubieron de quedar para mejor momento, para cuando las estrecheces fueran menos y el trabajo le dejara más horas de asueto. No dejó aún así de frecuentar las estanterías de los libreros —que para más no daba su presupuesto— ni de perseguir lupa en mano cuanto insecto se aventuraba entre las cuatro paredes del estudio. Los menos afortunados acababan empalados en las pulcras cajitas que con el tiempo llegaron a constituir el orgullo de su propietario y un curioso reclamo para la clientela infantil.
Estas excentricidades y su afable naturaleza le hicieron ganar pronta parroquia entre la pequeña burguesía, más agradecida con sus muchas atenciones que la aparentemente mejor situada aristocracia terrateniente, eternamente habituada a zalamerías y servilismos.
De un industrial ferretero, que ya por entonces gustaban de la vanalidad de llamar industriales a los comerciantes, vino la más pródiga fuente de quebraderos de cabeza que Julián tendría en los años que siguieron. Se llamaba Emma y llenó de rizos y olor a fresa el estudio, de preguntas impensables sobre insectos a su propietario y de cartas sin enviar los cajones de su escritorio, pero eso será más adelante y no conviene adelantar acontecimientos. Dos horas largas llevó aquel retrato, y otras dos al día siguiente, cuando Julián no quiso darse por contento con el trabajo y mandó llamar de nuevo a la muchacha.
Cuando el pretexto del retrato no daba más de sí, el joven fotógrafo hubo de reconocer que se había perdido en los brillos zarcos de aquellos ojos más interesados en los insectos que en las humanas pasiones. Decidido a hablarle de amor, pero sin saber conducirse en tales lides, pensó en redactar una nota y hacérsela llegar por algún rebuscado conducto, o incluso en abordarla en el parque, pues a lo que menos temía era al ridículo de verse despechado. Ardía en esas dudas cuando otro cliente vio el retrato de la muchacha, que presidía el estudio de su secreto enamorado, y comentó lo hermosa que estaba la chiquilla del ferretero, y lo mujer que parecía en aquella foto para los catorce años con que contaba.
Julián apenas pudo disimular su sorpresa ante el anuncio de que el objeto de su anhelo era una muchacha casi impúber, pero como el hombre dijo tener una hija de la misma edad, no cabía esperar un error. No había terminado de retratar al edil y ya tenía decidido que esperaría a que la joven Emma tuviera edad para ser requerida de amores con el necesario decoro. Aquella noche desfilaron ante él los fantasmas de mil pretendientes, compromisos pactados entre familias y cuantas posibles formas de perderla quisieron atacar su imaginación. Sólo despreció la posibilidad de ser rechazado, porque no podía serlo; no, de ninguna manera: aquella mujer había nacido para él y nadie podía arrebatársela sin estorbar los divinos designios. Envió una nota anónima a los padres de la muchacha disculpándose por amar a una flor aún sin completarse y prometió escribir de nuevo cuatro años más tarde, e incluso a personarse, si lo tenían a bien, para presentar a la familia sus más cumplidos respetos.
No es posible saber si el pragmático comerciante tomó en serio la carta, pero por Dios que Julián sí lo hizo. Había decidido que no aceptaría más mujer que aquella y logró mantenerse firme en el empeño, por más que el diablo, siempre importuno, mudara el poco éxito que hasta ese momento Julián había tenido con las mujeres en una especie de inexplicable magnetismo, nacido tal vez de sus noches en vela, sus incipientes ojeras o sus ademanes nerviosos. Convertida su circunspección en un enigma, pudo más ante el sexo opuesto esta suerte de misterio que cuantas galanterías había ensayado hasta ese punto, y lo que no habían logrado la figura y la palabra lo obró por sus solas fuerzas la tentación del abismo.
Fuera como fuere, decíamos que los veintitrés años de Julián empezaron a parecer atractivos a las jóvenes de su entorno y que no faltaron tentaciones a su amor deseosas de encaminarle por otros senderos, menos empinados y pedregosos. En una ocasión, en una sola y siniestra ocasión, se halló incluso en el lecho de una mujer, pero resolvió que sería la última.
Fue después de un baile, cuando Emma ya había cumplido los dieciséis y de vez en cuando frecuentaba la vida social de la ciudad. Julián, ansioso por verla, había vestido sus mejores galas, que ya no eran tan pobres como antaño, y se había dirigido al salón del Círculo Mercantil. Pero ella no estaba y, sin saber muy bien cómo, se vio bailando su tercera pieza con la misma chica, una vivaracha morena de pelo corto a la que no había visto en su vida. El paso siguiente había sido acompañarla a casa, y una vez en la puerta, como no había nadie en la calle que pudiera dar testimonio de tamaño descaro, ella le invitó a tomarse la última copa en su casa. Desde ese momento, Julián sólo recuerda haberse inclinado para besarla y luego desahogarse sobre su cuerpo, entre las risas de ella que le pedían un poco de paciencia. La paciencia la impuso la naturaleza en el segundo envite, pero no pudo obligar al goce ni alejar al remordimiento, y entre tantos y tan graves fracasos la moderación sólo fue demora, prolongando inútilmente una liturgia aceda.
No pocas veces recordó aquel momento en el tiempo de la espera, y muchas fueron también las que hubo de apartar de su mente el primario deseo cuando, discretamente, contemplaba los encantos de su amada en cualquier fugaz ocasión, o más tarde, cuando osó tomar su mano en un baile como el de otrora y mirarla a los ojos con tal intensidad que la muchacha enrojeció aunque no se cruzaran palabra. El ferretero supo al fin quién había sido el autor de aquella carta que ni le quitó el sueño en su día ni se lo habría de quitar nunca, y su hija no hizo ascos al pretendiente, a quien recordaba como el simpático fotógrafo de los bichos. Ayudado de tal guisa por las circunstancias, la epopeya que pronosticaba Julián devino en idilio, y de ese modo, algunos años después, siete concretamente, urgido por la misma prisa de aquella furtiva cita, conoció a Emma, disfrutando lo indecible el imperio de su determinación, de su espera, de su infinita paciencia. Firmemente aferrado a ella, reclamó aquel cuerpo como suyo, y su triunfo hizo por él la misericordia de no darle a comparación la apatía de su esposa con el entusiasmo de su tercamente inolvidable primera amante.
La consecución de su más vehemente anhelo desencadenó, por decirlo de algún modo, la lucha en los otros frentes. Pronto mudaría su estudio a una calle más populosa, renovaría las cámaras e incluso contrataría a un empleado que atendiera el negocio durante sus salidas a la capital, donde la agitada vida política del momento ofrecía grandes posibilidades; y con el estudio la casa, pues no estaba dispuesto a vivir siempre de alquilado. Y sería una casa grande, con una estancia adecuada para su colección de insectos, porque en cuanto tuviera más tiempo la clasificaría y cambiaría las cajas.
Pero Emma o la naturaleza pensaron de otra manera y el primer hijo vino a poner freno a todos esos proyectos. Con un niño en casa, dejó para mejor momento las mudanzas y las aventuras económicas. Lo que necesitaba era más una buena posición para su familia que un montón de desatinos; de ese modo, y aprovechando sus siempre buenas relaciones con el clero, fruto y secuela de aquel bondadoso clérigo que le desembruteciera en la niñez, entró en asuntos políticos.
Como jefe del Servicio de Aguas de la ciudad mejoró en mucho su pecunio y pudo al cabo de unos cuantos años, cuando ya correteaba por la casa el segundo vástago del matrimonio, llevar a cabo la tan deseada mudanza. Descubrió entonces la cantidad de cosas inútiles que puede almacenar un hombre soltero, sin más responsabilidad que la de ocuparse de su propio bienestar, y los devastadores efectos que el tiempo y el olvido ejercen sobre las obras inacabadas. Pero no estaba dispuesto a ponerse sentimental: más que una mudanza, había resuelto llevar a cabo el sepelio de la larga recua de estupideces que habían devorado su tiempo en los años pretéritos. Fieramente engolfado en aquella zapa de la memoria, dio mala muerte a todo cuanto no estuviera al servicio de proporcionarle mejor vida, y fue tal su encono que los basureros hubieron de ir a descargar al vertedero después de que pasaron por su puerta. No se libraron siquiera los viejos libros religiosos heredados de aquel viejo cura que iluminara su infancia, ni los montones de cartas que sus amigos y parientes le enviaron desde la emigración, o el servicio militar en remotas plazas africanas; sólo las fotos, demasiado numerosas para poder ser discriminadas entre posiblemente útiles y declaradamente inútiles, tuvieron mejor fin. Y eso no fue todo: plenamente convencido de la estupidez que suponía amortajar una habitación con bichos resecos y ser por ello objeto de toda clase de comentarios por parte de las visitas, se deshizo de la vieja marabunta de moscas, arañas y grillos para hacer sitio a un despacho digno de hombre de su cargo. Si sus planes seguían por buen camino, podía llegar incluso a ser elegido en las inminente elecciones y ocupar una de las sillas del consistorio, y después, quién sabe, en la diputación, o más arriba, que a decir de todos el talento era precisamente lo que le sobraba.
Pero le faltaron los votos: el ateo y apátrida Frente Popular, que para colmo ni siquiera se retrataba, ganó aquellas elecciones y Don Julián perdió hasta la jefatura del Servicio de Aguas hasta que la sublevación militar y la posterior guerra civil derrocaron a sus enemigos políticos. Llegado ese momento, el fotógrafo visitó al Gobernador para recordarle su constante fidelidad, deseoso de alcanzar al fin el puesto que se merecía, y regresó a casa con todos los parabienes y la promesa de un inminente nombramiento que, dos semanas después, se materializó en su restitución en el antiguo cargo de rey de las cañerías como quisieron llamarle los que aún lograron menos que él de las nuevas autoridades.
El tiempo, su escasa disposición a trasladar problemas a sus superiores y la amistad de Doña Emma con la esposa del alcalde, justo es decirlo, convirtieron su cargo en el de jefe de higiene pública, con lo que quedaban también bajo su mando los servicios de limpieza, recogida de basuras y lucha contra las plagas. Tales responsabilidades hicieron del todo innecesaria la fotografía para el sostenimiento de la economía familiar, y el empleado que contrató era sólo sustituido tras la cámara por el dueño del negocio como muestra de deferencia hacia algún cliente particularmente distinguido.
Lejos de ser el suyo un cargo meramente nominal, Don Julián recibía diariamente las quejas y solicitudes de los ciudadanos, tomaba las decisiones oportunas y supervisaba personalmente el cumplimiento de sus instrucciones. Cuando llegaba a casa por la tarde, muchas veces ya de anochecida, lo único que realmente deseaba era que le dejaran en paz. Los libros de historia, las crónicas de los reyes y hasta los Episodios Nacionales tuvieron que quedar para más tarde, cuando la jubilación le diera el tiempo necesario para dedicarse a esas materias. También las salidas al campo, y las charlas con Don Damián, el párroco de San Pedro, y el cuidado de la huerta que había comprado en las afueras en un arrebato —aunque nunca dejó de asegurar que se trataba de una inversión— y el siempre pendiente catálogo de su colección de billetes. Cuando al fin se jubilara tendría tiempo para todo eso y para cuidar a los nietos, que no tardarían en llegar, y para pasear hasta hartarse; tendría entonces todo el tiempo del mundo, y sin las estrecheces que en la vejez padecen los que no han llevado una vida ordenada. Pero hasta ese momento debía seguir siendo el hombre diligente en que todos los alcaldes confiaban. Y con razón.
La muerte de Emma, le sumió, sin embargo, en una crisis de profundo desinterés por cuanto le rodeaba. Las pautas de su conducta dejaron de parecerle obvias, sin posible alternativa, pero tampoco asomaban por ninguna parte las convicciones que habrían de sustituir a las antiguas. Se quedó sin ideas ni fuerzas con que buscarlas, se quedó solo en casa, preguntándose si a sus hijos, habitantes ya de otras tierras, les dolía menos la muerte de la madre porque tenían su propia familia. Aunque lentamente fue saliendo de aquel valle en lo que había sido una vida mesetaria, la jubilación, solitaria y fría, no se le antojó ya tan deseable. Nunca había compartido mucho tiempo ni actividades con su difunta esposa, pero la perspectiva de vagabundear por una casa vacía era lo más alejado de una vejez halagüeña que podía imaginarse.
Con el paso del tiempo, todo fue mucho mejor de lo esperado. Volvió a ocuparse de los reyes, las crónicas y los fueros, frecuentó de nuevo las charlas y hasta se atrevió a salir al campo en algún momento libre que robaba a sus quehaceres. El mismo día de su jubilación se sorprendió a sí mismo, lupa en mano, observando un escarabajo sobre un árbol y sintió ganas de llorar. A peligro de matarse subió al desván de su casa y desenpolvó los viejos libros de mineralogía, y la historia de los etruscos, y la primera Odisea que leyera, y un tratado de botánica, y el maravilloso libro de entomología que llegara a aprenderse prácticamente de memoria. Al contacto con la tela de sus guardas la memoria de Don Julián pareció revivir, y así lo abrió pudo recordar de nuevo la clase y subclase de cada insecto, el número y disposición de sus alas, antenas y artejos, y hasta los más ínfimos detalles que distinguían a aquellas criaturas entre sí. Dispuesto a rehacer en lo posible la malograda colección, se abrazó al voluminoso y polvoriento tomo y se dispuso a darle lugar de privilegio sobre su escritorio.
Nunca llegaría a aquella mesa, grande, oscura y orgullosa. Los años no perdonan a nadie y menos los de vida sedentaria: embarazado por el libro, Don Julián cayó escaleras abajo.
Cuando volvió en sí, unas cuantas horas después y envuelto en la más espesa oscuridad, no pudo oír más que murmullos a su alrededor. Trató de decir algo, pero la lengua no le obedecía. Consciente al fin de su situación, intentó gritar algo, tal vez una blasfemia, pero sólo consiguió que un gemido, uno más, saliera de su garganta.
De sus viejos placeres, sólo le quedaba uno: volar. Volar siendo otra vez milano que jugaba con las asustadizas palomas, realizando piruetas imposibles para posarse luego en un rama y contemplar el suave estremecimiento de la hierba ante el roce de la brisa. Le quedaban esas alas, y las del gorrión, y las de la mariposa. Y en ellas entregó su espíritu.
Pero dicen los sabios, y por algo les llamarán así, que igual que cada cuatro años uno se ve premiado con un día de gracia, otro tanto sucede con los hombres, y los tres anteriores habían tenido los suyos justos. Pudo así Julián ver por última vez a sus hijos, arrodillados ante el féretro, y el desfile de amigos y conocidos, y escuchar los comentarios inoportunos que en todo velatorio proliferan, y asistir después del funeral al reparto de lo que había quedado, pues los hijos vivían lejos y no tardarían en volver a su hogares.
Ése era el día de más que la fortuna le había concedido después de su jubilación para recuperar lo perdido, para los proyectos aplazados y las pequeñas satisfacciones. Ése era todo el tiempo que tenía y a fe que lo aprovechó para despedirse, en silencio, de todo y de todos. Llegada la hora, contempló por última vez el libro causante de su desgracia, y lo hizo con tanto amor que alguien pudo haber visto una mano materializándose en el aire.
Antes de desvanecerse por completo, aún siguió unos instantes el apresurado trajín de los muchachos, pertenecientes a una agrupación filantrópica, llevándose escaleras abajo los muebles que nadie quiso comprar.
Y después fue la nada.
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Para @Frontovik , por esto: www.meneame.net/m/Artículos/c/23237454
Caminamos enfocando la mirada en cinco pulgadas, a ritmo de un me gusta, un retweet o un emoticono, obviando el paisaje y el entorno de la ciudad. Por las calles subsisten personas que no entran en el sistema, vagabundeando en la intemperie a las que pasamos por alto, y digo pasamos, porque soy uno más de este colectivo, del que no levanta la vista, que no quiere mirar ni entrometerse, es un problema ajeno, no me pertenece.
Sí echamos un vistazo y miramos más allá de Instagram, Facebook o Twitter, nos topamos con personas sin perfiles, sin seguidores y podría continuar con el "sin “hasta aburrirlos, que necesitan, un saludo, una mirada, un cruce de humanidad. El frío y la lluvia hacen mellas en cuerpos ajetreados, los caminos de la vida son tan dispares que nos llevan por distintos derroteros, hoy estamos aquí de este lado, con la cabeza llena de reglas impuestas que no tenemos tiempo para detenernos un instante y mirar más allá de nosotros mismos. Mientras más evolucionamos, más nos deshumanizamos.
Mendigos, indigentes, pordioseros, cirujas o como queramos llamarlos, están ahí, por las calles de nuestra ciudad, son parte de ella al igual que nosotros. No soy un experto ni por asomo, al contrario, me gustaría conocer la opinión de un diestro sobre este tema para que nos ilumine y nos muestre el camino, y así hallar algún indicio de civilización que recorra por nuestras venas.
Recientemente he visto este vídeo www.youtube.com/watch?v=XAgXwUwQoPA y he pensado en todas las veces que nos han dicho, por todas partes, a los que nos gusta la ciencia-ficción (y a los que no les gusta, casi que también) que la AI es peligrosa, porque le podría dar algún día por dominar el mundo y "poner a la humanidad en la lista negra", pero .... ¿y si estamos cometiendo un error en todo esto?
Todas esas advertencias se basan en un punto clave, aplicar nuestra propia lógica, lo que haríamos nosotros, a lo que haría una AI con poder para contrarlo todo, pero, ¿serían de verdad lo bastante parecidas las dos formas de pensar como para que se pudiera hacer esa extrapolación de forma tan alegre?. Las máquinas son fáciles de arreglar, salvo gran destrastre, y si quitas de en medio la obsolescencia programada, pueden hacerse para que duren mucho tiempo, más que un humano. ¿No podría una máquina "pensar" de manera distinta? Nosotros hacemos guerra por avaricia y como forma más inmediata de resolver algo, pero una máquina podría pensar más rápido, podría calcular los costes de esa posible guerra, calcular lo que cuesten las alternativas, calcular el coste de las reconstrucciones, el tiempo que tardaría, la producción que se perdería durante la reconstrucción, etc., vamos, podría hacer algo que, en el caso de guerras, a los humanos nos cuesta (emocionalmente) hacer, pensar friamente en el largo plazo. Y si hacen eso, podrían decidir cositas como que una guerra no les saliese rentable, por ejemplo :P y barajar alternativas más económicas pero que lleven más tiempo, que a ella no le importase tanto invertir, para conseguir lo mismo, incluso podrían "decidir" que les sale más rentable evitar un conflicto, y colonizar de cero algún sitio en el que los humanos no puedan vivir.
¿Y si, al pensar en un conflicto entre la AI y las personas estamos suponiendo demasiado?
Ya nos sucedía con los radares: que si seguridad vial, que si evitar muertes, que si evitar que lloren los unicornios... Al final, el modo en que se emplean y los lugares en que se colocan, deja bien claro que la intención fundamental es reacaudar. Y lo otro, pues ya se verá.
Como eso de subir impuesto está mal visto, porque a la gente en general no le gusta que le toquen la cartera, nos encontramos una vez más con un pretexto peregrino para justificar lo que no es más que un estacazo.
Que sí que puede ser que el diésel contamine un poco más que la gasolina. No lo niego. ¿Pero alguien ha pensado que cada kilómetro que hace, desde China, un barco portacontenedores, gasta el mismo combustible que 3000 coches, y de un tipo más contaminante?
¿Alguien ha pensado en las calefacciones?
Y sobre todo, y para no salirnos del tema del transporte, ¿Alguien ha pensado en los millones de vehículos que van a ser cambiados o desechados antes del final de su vida útil y la cantidad de deshechos que eso va a generar?
Hablamos, en toda Europa, de al menos 120 millones de vehículos que no llegaran a agotar su vida útil. Y que no serán sustituidos por bicis, no, sino por otros vehículos, eléctricos (los menos) o de gasolina (la inmensa mayoría)
Un negocio redondo para los fabricantes, pero no pare el medio ambiente, que es de donde saldrán los recursos para los nuevos vehículos y a donde irán a parar los residuos de los retirados prematuramente.
Ya vale de que nos cuenten chorradas.
Una madre le dice a su hijo
madre: te cuento un secreto, el secreto es este, la vaca no da leche
hijo: pero que cosas dices madre? tan temprano y ya estas tomando alcohol?
madre: es como te digo, la vaca no da leche, tenes que levantarte a las 4 de la mañana, ir al campo, caminar en el corral por el excremento, atar la cola y las patas de la vaca, sentarte en el banco, colocar el balde, hacer los movimientos adecuados, las vacas no dan leche, hay que ordeñarlas para que la den.
Hay una generación que piensa que las vacas dan leche, que las cosas son automáticas y gratis (deseo, pido y obtengo)
Las declaraciones efectuadas hace unos días por Corinna, al parecer una de las muchas amantes del que ahora nos hacen llamar rey emérito Juan Carlos I, acusando a este de fraude fiscal y de haberla utilizado como testaferro para sus corruptelas, junto con la prisión a Iñaki Urdangarín por el caso Noos, parece haber quebrado definitivamente la imagen edulcorada que durante años los medios nos habían transmitido sobre dicha familia y que tuvo como punto culminante un vídeo emitido por todas las televisiones, en las que como si de una sitcom propia de los años 90 se tratase, se veían imágenes del actual monarca junto a su mujer y sus dos hijas en escenas cotidianas como son la comida o el momento de llevar a sus hijas al colegio. Un vídeo que tenía como objetivo mostrar que la familia real es como cualquier familia española, algo difícil, si no imposible, teniendo en cuenta que dicha familia lleva siempre consigo el apelativo real. Tan difícil, que el vídeo consiguió justo lo contrario de lo que se proponía.
Si hay algo innegable actualmente, es que la monarquía española está en decadencia, y que esa decadencia podría explicarse sin necesidad de tener sobre la mesa las corruptelas conocidas recientemente de forma oficial, aunque sospechadas desde hace mucho tiempo, o la situación en Catalunya. Ambas cosas no han hecho más que acelerar un proceso que era inevitable, pues a la imposibilidad de explicar ya no solo a las nuevas generaciones la utilidad y eficacia de un sistema monárquico, se suma ahora el saber que el anterior monarca, sufragado con dinero público, ha gozado de meretrices, cacerías, excursiones a bordo de un barco de nombre bribón, cobro de comisiones…etc. y que el actual se ha posicionado del lado de aquellos que defienden la constitución y la unidad de España incluso a sangre y fuego si fuese menester.
Pero cuando hablamos de la monarquía española debemos hablar de su origen, y este va indudablemente ligado a la figura del dictador Francisco Franco, fue el quien proclamó a Juan Carlos I en base a la ley de sucesión en la jefatura del estado y a él proclamó Juan Carlos I su lealtad, al que llegó incluso a sustituir en la jefatura del estado en dos ocasiones en las que el dictador cayó enfermo. Ya en 1978, la monarquía sería colada con calzador en la constitución española, pues de haberse celebrado un referéndum, como bien reconoció Adolfo Suárez en su día aunque nos enterásemos años más tarde, la monarquía habría salido mal parada y no precisamente por culpa de la izquierda, que en aquel entonces reclamaba otras cosas y que inexplicablemente no presentó enmiendas en sentido republicano durante la elaboración de la constitución.
Pero de la misma manera que hay que recordar el pasado, también hay que vivir el presente, y a día de hoy, 40 años después de los hechos anteriormente explicados, las cosas han cambiado mucho. Y es que España será siempre ese país que se empeña en involucionar en determinados aspectos al tiempo que evoluciona en otros. Y en el caso de la monarquía esta percepción resulta flagrante, pues es evidente que dicha institución no goza hoy del apoyo del cual gozaba hace tan solo unos años ni siquiera por parte de los más acérrimos. Hoy la cosa ya no se divide entre Juan Carlistas y monárquicos, pues se ha demostrado que lo primero es casi peor que lo segundo, el CIS hace tres años que no pregunta sobre la monarquía, y la mayoría de medios de comunicación parecen haber tirado la toalla en cuanto a lavar la imagen de una familia salpicada por los escándalos. Que lejos queda aquel campechanismo de Juan Carlos I, el perdonarle sus excesos cuando ante los medios y con cara de niño arrepentido, pronunció aquellas ya famosas palabras “Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir” o aquellas informaciones sobre los escándalos de la zafia familia real británica en comparación con el saber estar y el buen hacer de sus homólogos españoles.
En definitiva, negar que la monarquía está hoy más cuestionada que nunca es negar la evidencia, aunque eso paradójicamente no suponga que el fin de esta sea inmediato ni a corto plazo, pues desde el gobierno se van a encargar de mantener con vida a la corona, y el republicanismo presente en España en muchas ocasiones se limita a las redes sociales. Es por eso que se hace necesario poner encima de la mesa la inutilidad de tener como sistema una monarquía, que por honesta que hubiese sido, que tampoco es el caso, no puede tener cabida en un sistema democrático, pues su funcionamiento se guía por la biología, materia muy interesante sin duda alguna, pero cuyo objetivo no ha de ser elegir al jefe de estado. Mientras no haya la valentía para afrontar este tema, la corona se mantendrá, con escándalos, con corruptelas, en estado precario, entendiéndose que la palabra precario aplicada a la familia real adquiere otro significado, en las condiciones que sean, pero se mantendrá.
Este es uno de esos temas en los que el cuerpo nos pide una respuesta rápida y categórica, ¿verdad? Pero no viene mal una pequeña reflexión.
Cuando se habla de reducir el fraude fiscal, la imaginación nos lleva a sacarle dinero a malvados empresarios que acumulan riquezas en un cuarto oscuro. Pero, si se mira más de cerca, lo que el concepto de impuesto significa en realidad es sacarle dinero a la sociedad para que lo gaste el Estado.
Está muy bien, nadie lo duda, porque de eso va nuestro contrato social: pagar cada cual lo que la ley le estipula para generar así recursos con que sufragar los gastos que la sociedad requiere. Todo en orden, con el permiso de los anarcocapitalistas, que piensan si te lo sacan a la fuerza es coacción, y listos.
Sin embargo, cuando se habla de atajar el fraude fiscal como modo para aumentar la recaudación, nos olvidamos de una faceta compleja: las actividades que, sin fraude, no podrían funcionar, porque no serían competitivas, no permitirían vivir a quienes las realizan o simplemente serían inabordables. Y dentro de estas actividades hay demasiadas tipologías como para caer en el simplismo de decir: “si no pueden hacerse dentro de la ley, que no se hagan”.
El fraude fiscal es a menudo competencia desleal para que el que está pagando sus impuestos, pero llegados al punto en el que estamos de la globalización, resulta que con quien algunos compiten deslealmente es con las empresas deslocalizadas en Asia, con las grandes multinacionales que crean monopolios de distribución y, en general, contra los que han aprovechado las leyes para arrinconar al pequeño, haciéndose con un trozo mayor del pastel. El fraude fiscal, a menudo, es el cumplimiento de la vieja máxima de robar a un ladrón.
No es lo mismo el fraude fiscal del dentista que no declara parte de los trabajos que hace que el del agricultor que autoconsume lo que produce sin declararlo como ingreso en especie. No es lo mismo tener diez gallinas en casa, o seis colmenas, y vender tu producto, que llevarte la pasta a las islas Bermudas. No es igual lo que hace un taller de carpintería metálica, eludiendo el IVA de sus ventanas, que la ingeniería financiera de Apple o Amazon.
Cuando afirmamos que reduciendo el fraude fiscal se ingresaría mucho más, seguramente tenemos razón, pero no tanto como se piensa, ni tampoco donde se piensa. En primer lugar, el dinero que defraudan los pequeños (y no es la parte menor, aunque nos guste creerlo, porque son muchos) vuelve a la sociedad en forma de demanda, de empleo, de mayor consumo, y de actividades que a su vez pagan impuestos. Desparecido el fraude, desaparecerían también estos impuestos recaudados y nos preguntaríamos dónde han ido. El camarero que cobra en negro genera más ingresos al Estado que el Iphone que se vende en blanco. Así son las cosas y hay que asumirlo.
En segundo lugar, la reducción del fraude por esa vía afectaría mucho más a los que no tienen modo de escapar llevando su fábrica a otro lado (o comprando una ley favorable) que a los que compran abogados y voluntades con sus grupos de presión. Las inspecciones duras pueden parecer necesarias, pero a Amazon se la soplan, mientras que al tendero del barrio lo hacen polvo, aunque sólo sea por el tiempo que le consumen.
Es duro, pero sin fraude, mucha gente no podría hacer esas horitas de más a la salida del trabajo, los jóvenes no podrían dar esas clases particulares que les permiten seguir estudiando, los labradores no podrían poner esas lechugas que ponen en el huerto para vender a sus vecinos, y muchos padres no podrían tener un canguro para que atienda los niños la noche, la única noche que salen a cenar fuera en todo el mes. Y el hecho es que la recaudación que sacaríamos de ellos seguramente no compense la que perderíamos al pagarles una ayuda, al restar los impuestos que sí pagan los que les atienden, o al compensar los impuestos que sí paga el restaurante donde cenan.
Porque todos en nuestras cabezas distinguimos entre economía informal y fraude, pero las estadísticas no: y cuando dicen que nuestro fraude fiscal es hoy del 18%, lo cuentan todo: lo del gran banco, lo de las horas que un chaval hace un sábado, lo de las SICAV, y lo de las lechugas que planta el jubilado.
Y no es ni parecido. Y no se computa igual. No debería.
A raíz de la buena conversación que surgió con este artículo, volví a comentarlo en el mismo bar y con la misma gente, y decidimos por unanimidad dar las gracias a la gente que comentó, aportando ideas tan buenas.
Y como en esas conversaciones de abogados canosos, periodistas viejos y policías jubilados puede salir cualquier cosa, desde un estupro anal a un jabalí de detrás de la barra, surgió otra historia que os quiero comentar.
Estaría estupendo decir que le pasó a uno de nosotros, pero vivimos en una ciudad que da para muchos sobresaltos y rarezas, pero no para todas. Quien lo contó, dijo haberlo leído en una revista de Derecho, y no estoy seguro siquiera de que no sea inventado. Pero allá va, a ver qué os parece. Yo, personalmente, lo considero plausible.
El caso es que una mujer de 34 años, subió as internet, a una web concreta sus fotos DESNUDA a los 5 años de edad. Son sus propias fotos, es ella y las subió ella misma. La han acusado de distribución de pornografía infantil, pues algunas de esas fotos se consideran hoy manifiestamente indecorosas. Concretamente, y para no agarrármela con papel de fumar, alguna foto frontal, sentada y con las piernas muy abiertas.
¿Se trata de tenencia y difusión de pornografía infantil? ¿Qué os parece? ¿Pueden empapelar a la mujer que subió sus propias fotos de cuando era niña?
Yo es que no sé muy bien qué decir...
Gracias.
En breve empezarán las elecciones autonómicas, municipales y europeas; y antes o más adelante, se celebrarán las elecciones generales. Los ciudadanos mayores de edad estamos invitados a participar en todas ellas. Aquí comparto veinticinco razones por las que creo que habría que ir a votar, siendo consciente de que puede que falten más razones o que algunas tiendan a repetirse. Sin más, aquí van, veinticinco razones para votar:
1. Porque es la acción que le da sentido a la democracia.
2. Porque en un estado de derecho los votos reflejan la voluntad de los ciudadanos.
3. Porque le da valor al esfuerzo de todas las personas que ofrecieron en el pasado sangre, sudor y lágrimas para conseguirlo.
4. Porque participamos en la elección de las personas que nos representarán durante cuatro años.
5. Porque las futuras generaciones querrán seguir viviendo en un estado de derecho.
6. Porque habrá mucha gente que votará por interés económico y personal al partido de siempre.
7. Porque mientras más personas voten más se robustece la democracia.
8. Porque es el primer paso para conseguir más y mejor participación ciudadana.
9. Porque votando elegimos a las personas que tienen la capacidad de cambiar las leyes que tanto nos afectan en el día a día.
10. Porque es una oportunidad para el cambio y conseguir que nadie se perpetúe en el poder.
11. Porque hay muchas personas que trabajan para que el día de las elecciones sea un día importante y con las garantías necesarias.
12. Porque en la actualidad se puede acceder a una mayor y mejor información sobre los partidos y los políticos antes de votar.
13. Porque si no participamos en la política otros la harán por nosotros, y muchos con valores opuestos a los nuestros.
14. Porque la abstención favorece al inmovilismo y a los partidos de siempre.
15. Porque votar legitima para opinar con más fuerza sobre la situación política.
16. Porque durante un día tenemos el mismo poder que el empresario o el banquero más poderoso.
17. Porque la alternativa a los votos es la violencia.
18. Porque es la muestra de una sociedad avanzada que sirve de ejemplo para otros países en desarrollo.
19. Porque los partidos de siempre desean que la gente no vote, dificultan el voto desde el extranjero o a las personas discapacitadas, o ponen la máquina del fango para que todos parezcan iguales.
20. Porque es la mayor muestra de igualdad entre los ciudadanos.
21. Porque es una de las acciones que nos permite contribuir y mantener nuestro estado de bienestar.
22. Parque damos ejemplo a las generaciones más jóvenes sobre los valores democráticos participando.
23. Porque no es un deber, y podemos no hacerlo si lo deseamos sin ningún tipo de sanción.
24. Porque hoy en día hay variedad de partidos políticos totalmente dispares entre ellos en cuanto ideología.
25. Porque está en juego desde nuestro dinero, las oportunidades de los desempleados hasta las injusticias de las víctimas por un desarrollo económico insolidario. Al votar elegimos a las personas que participan en la elaboración de los presupuestos o de leyes más solidarias e igualitarias.
Si al leer estas posibles razones ves que alguna está equivocada, sea utópica o que no sea realista no dudes en compartirlo.
Visto y leído el meneo del baneo de Arch Enemy, algunas líneas al respecto de la fotografía de espectáculos y los derechos de los implicados. [Disclaimer: esta redactado a lo rápido así que disculpad si no es el mejor texto que habéis visto]. Si algo esta mal explicado o quedan dudas, a los comentarios.
Para empezar, distingamos entre las clases de fotógrafos que hay en función del destino de su trabajo. Aunque son más, lo que nos ocupa aquí reduce el campo a tres. Por un lado, están los fotógrafos aficionados, entendiendo como tales aquellos que toman las fotografías sin recibir remuneración alguna y sin explotar el material de ninguna forma. En sentido estricto estas personas si quisieran publicar sus fotos deberían hacerlo en sitios libres 100% de publicidad que repercuta económicamente en ellos.
Luego están los fotógrafos de medios de comunicación, que toman fotografías y las destinan, generalmente dinero mediante, a ilustrar noticias en medios de comunicación y por último están los fotógrafos oficiales; estos son contratados por los organizadores/actuantes/agentes/etc. y acuerdan la cesión de las fotos según consideren. Hay veces que es tan simple como toma este X dinero y dame las fotos que hagas que yo hago con ellas lo que quiera, hasta acuerdos mas enrevesados como ‘te doy 1/2X, me das las fotos para que yo haga con ellas lo que quiera y tú, además, puedes también hacer con las fotos lo que quieras’. Miles de combinaciones.
En los tres casos, los derechos de autor son del fotógrafo por la propia naturaleza del derecho: si ellos han tomado la foto, ellos son los acreedores de los derechos que da haberla tomado. Luego tenemos el uso de la imagen: editorial o comercial. Grosso modo, el uso editorial es el que se da en los medios de comunicación y comercial es el que se hace para vender un producto o servicio.
En el caso de los fotógrafos no oficiales, el fotografiado o sus representantes legales no tienen ningún derecho legal sobre la foto: no la pueden usar para nada sin autorización del fotógrafo o el medio de comunicación en el que el fotógrafo haya depositado la gestión de los derechos.
Ejemplo que me ocurre a diario: hago fotos, un famoso las ve, las sube a su Instagram. Si yo denuncio la foto, Instagram sentencia que es una infracción de mis derechos y la retira. Sin embargo, si compra la foto a una agencia con la que yo colaboro, ya puede subirla a Instagram. Lo que se compra, en realidad, no es la foto, sin el derecho a usarla. Por eso el precio cambia en función de si la vas a usar para un periódico local, una web internacional o hacer camisetas.
¿Y es siempre así? Pues no. La mayoría de los conciertos (y por extensión en eventos públicos de corte cultural) es tan fácil como acreditarse y tirar para adentro, pero hay casos en que las restricciones son mas complejas.
Partimos de que a la inmensa mayoría de organizadores les gusta que se haga publicidad gratuita de sus espectáculos, pero hay casos y casos. Ciertos cantantes piden al redactor que si quiere ver el concierto pague una entrada, otros solo permiten un tiempo limitado a los fotógrafos y cámaras de televisión (generalmente una o dos canciones) y otros piden que firmes un contrato especifico.
Este contrato es el que mas problemas da ya que te piden a ti como fotógrafo una serie de compromisos que no puedes sostener. Por ejemplo, Lady Gaga solo autorizaba a tener las fotos a disposición de los medios de comunicación 30 días y en un concierto de Montserrat Caballo se nos obligaba a certificar vía firma que las fotos solo se utilizarían en textos referentes a ese concierto. En un salón del comic te exigían entregar las fotografías a los organizadores para que ellos hicieran con ellas lo que quisieran y en otro concierto recuerdo que pedían que enviases las fotos a un correo y que ellos te decían si se aprobaban para su publicación o no.
En el caso de Arch Enemy ¿Quién lo hizo mal? A mi humildemente entender en este caso hubo más malentendidos que otra cosa. Igual es por mi mal inglés, pero a mi juicio la acusación de uso comercial por parte del fotógrafo es cuestionable. La marca no está, en sentido estricto, vendiendo un producto, sino referenciando en una foto que la persona que sale en ella lleva su producto. No pongo la mano en el fuego, pero tengo dudas.
No obstante, casi siempre las marcas/grupos/famosos solventan mal estos temas. El grupo está en su derecho de banear al fotógrafo (yo estuve, y nadie me ha dicho que haya dejado de estarlo, baneado de un conocidísimo programa de televisión) aunque en estos tiempos por mucha razón que tengas, has de lidiar con una opinión publica capaz de echar por tierra tu imagen de marca, aunque tengas razón.
menéame