
Este gráfico de áreas aparecido en la portada de El Economista es un buen ejemplo de como no hay que realizarlos. En un gráfico de áreas, estas deben ser proporcionales a los valores, pero si 3.000/1.484=2,02, no se puede hacer el radio del círculo correspondiente a 3.000 el de 1.484 multiplicado por 2,02, porque como el área aumenta con el cuadrado del radio, el área del segundo círculo sería 4,09 veces la del primero, rompiendo la proporcionalidad. Para respetar la proporcionalidad, el radio del segundo circulo debería ser la raíz cuadrada de 2,02, es decir 1,42 veces el radio del primero.
El gráfico correcto debería ser como este:


Titula El Mundo sobre que los jóvenes son un 72% más pobres desde la crisis financiera, pero si nos centramos en los datos, también podrían haber titulado:

Porque cuando uno se pone a hacer comparativas, el resultado puede cambiar considerablemente según en qué intervalo temporal se realiza la comparación y qué dato se compara.
Con datos del mismo artículo, también se podría titular que la renta mediana de los jóvenes ha aumentado un 42% desde que gobierna Sánchez:

O que el porcentaje de hogares jóvenes ahogados por las deudas está en mínimos históricos:

Resumiendo: nada es verdad, nada es mentira, todo depende desde donde y en qué ponga el foco.
Los bots de Estados Unidos e Israel están saltando coordinadamente en redes sociales amenazando a España, pidiendo que sea el siguiente país en ser atacado por la coalición de pederastas, asesinos, violadores, caníbales, ladrones, especuladores.

Sus bots repiten como loros en redes sociales que deben intervenir España, que el gobierno de España es satánico, que hay que atacar a España ante la postura contra el eje epsteiniano de asesinos, violadores, pederastas, canibales, criminales de guerras, genocidas y sionistas. Simplemente hay que abrir hoy las redes y leer.
No olvidéis que también la clase de Epstein financia a Alianza Catalana y Vox que solo hacen que enfrentarnos los unos con los otros, rompiendo consensos. Como toda la historia se ha reclamado a este tipo de clase de pederastas, satanicos, asesinos, criminales, especuladores.
Para escribir bien, hay que releer muchas veces lo que escribes, cosa que yo no hago, por ejemplo. Al menos, aquí.
Para escribir bien, además de escribir con corrección (que no es lo mismo), conviene pedirle a alguien que lea en voz alta lo que hemos escrito; y después de habernos cortado las venas al escucharle, pensar si es que ese amigo o ese novio no saben leer, o es que nosotros no sabemos poner una puñetera coma en su sitio. Porque el que escribe tiene la frase en su mente, con sus correspondientes pausas y su adecuado tono, pero el que está leyendo no puede saber lo que querías decirle, ni cómo, si lo escrito no está correctamente acotado.
Escribir bien es saber elegir el narrador, pensado desde el primer momento cual se adapta mejor a lo que vamos a contar, cual será más creíble y cual podrá disponer de mayores recursos narrativos. Porque la primera persona mola mucho, por ejemplo, porque resulta fácil, cercana y hasta vibrante, pero se convierte en un estorbo de tres pares de cojones si en algún momento quieres narrar las reflexiones de otro personaje. "María pensó que aquel día no quiso esperarla. A veces se le pasaban por la cabeza esa clase de ideas sombrías sobre Juanjo". Bien, vale, pero si la historia está contada en primera persona, te metes en la cabeza de María porque tú lo vales. Y la primera persona omnisciente ya es una pasada. Que se puede hacer, pero hay que andar al tanto...
Escribir bien es elegir el lapso temporal en que se va a desarrollar la historia y respetar el ritmo. Porque los hay que hacen transcurrir su historia en dos años, y dedican noventa páginas a la primera semana, mientras te presentan a sus personajes, otras noventa a los dos años menos un día restantes, y otras noventa al día final donde todo acaba atropelladamente. Y puede ser necesario hacer pasar el tiempo de manera desigual, pero cuidado con eso.
Escribir bien es respetar el tono, sin que los estados de ánimo del autor se traspasen a sus personajes. Porque lleva mucho tiempo, por ejemplo, escribir una novela, y no es de recibo que el carácter de los personajes varíe según te hayan tratado en el trabajo, o según te hayan sentado las tres copas de la noche anterior. Los personajes no se vuelven vehementes de pronto, ni se ríen de lo que tú te reirías. O tienen vida y opiniones propias, o eres tú travestido.
Escribir bien es saber dosificar la información, planificar lo que los personajes saben y lo sabe el lector. Eso de dejar que la historia fluya por sí misma es de fumetas literarios. Si te dejas llevar por la corriente, irás hacia abajo. Cualquier río te puede enseñar eso. No es tan difícil. Planifica: haz un esquema; estructura las ideas y los hechos.
Escribir bien es saber callarte lo que sabes y no aprovechar cualquier ocasión para demostrar tu dominio sobre el tema. Ya sé que te has documentado leyendo veinte libros sobre Juana de Arco, pero si me dices en qué museo están sus bragas pues, como lector, me cabreo. Y si pones a dos personajes a tener un diálogo erudito sobre ese tema del que tanto sabes, ya es que te mato a hostias.
Escribir bien es permitir al lector que emita los juicios sobre los hechos y los personajes. Si me quieres obligar a que un personaje me caiga bien o me caiga mal, me enfado. Si emites juicios de valor sobre los hechos o las épocas, no escribes novela: escribes propaganda. Si juzgas la ética de los personajes o los hechos desde tu papel de narrador, pásate a la escritura de misales y catecismos.
Y escribir bien es, ante todo, tener algo interesante que contar o un punto de vista novedoso para algo común. A la gente no le interesa lo que sientes mientras te la cascas. No le interesan tus vendettas personales contra aquella chica que folló con todos menos contigo. No le interesa lo bien o mal que lo pasaba tu familia en el año cincuenta. O podría ser que sí, pero para eso tendrías que aportar un punto de vista original y atractivo, o convertir la palabra en un arte. Porque, aunque esté equivocado, suelo decir que Ana Karenina, la Regenta y Madame Bovary son la misma historia: la vida de una desgraciada medio tonta que extiende la desgracia a su alrededor a fuerza de hacer gilipolleces. Y sin embargo, vaya por dios, las tres son putas obras maestras. Así que hasta los tontos y sus tonterías pueden convertirse en un tema literario fascinante si eres Tolstoi, Clarín o Flaubert. Pero como lo normal es que no lo seamos, más nos vale elegir un tema y un tono que tengan verdadero atractivo. Y tratarlo con respeto.
Con empezar por todo esto, ya llevamos un trecho andado.
Suerte.
Como veo que últimamente han salido bastantes noticias sobre ajedrez, se me ha ocurrido que los menenates aficionados podíamos jugar entre nosotros de vez en cuando.
Para ello, en el portal gratuito de Chess.com he creado un club de ajedrez al que os invito a uniros.
Una vez allí, o compartiendo el nombre de usuario en los comentarios, podemos añadirnos o buscarnos y jugar una partida cuando surja.
Por cierto: yo allí soy Javert97, como lo era aquí cuando empecé.
Espero que os guste la idea. Nos vemos.

El error matemático en esta noticia de El Economista es de los que hacen daño a la vista: "La banca de inversión hunde un 700% el ingreso por créditos" . Y en el texto del artículo insisten: "Los números que aporta Dealogic muestran un desplome del 719% en el tercer trimestre del año con respecto al mismo periodo de 2022, pasando de 29 millones de ingresos por este concepto a apenas cuatro". Es evidente que la mayor bajada posible es del 100% (si algo puede variar de valores positivos a negativos merecería una discusión aparte, pero no es el caso). Han calculado la bajada como si fuera un incremento: 29 es un 625% mayor que 4, pero 4 es un 86% menor que 29.
Previamente: Movida en el bar y más movidas
Ayer se pasó el encargao por el bar. Hemos estado con él un buen rato.
Andábamos ya tarde discutiendo de nuestras cosas y cuando apareció. Se hizo el silencio.
Explicó que como dijo en la nota, aunque parezca sencillo, el barco es difícil de gobernar, ya que hay más socios aparte del que insulta y el que anduvo por el puticlú. De hecho el primero está en el cobertizo de pladur, se le oye con unos pocos cuchicheando.
Hace tiempo que intentaron meter como unas tragaperras con inteligencia artificial, o algo, que sabían jugar al poker, pero ocupaban sitio, hacían ruido y algunos nos quejamos. Hasta el encargao nos dio la razón y las apagamos.
Bueno, pues nos ha comentado que está triste porque teníamos razón. Alguno de los dueños, no está muy claro quién, quiere llenar esto de tragaperras de poker. Parece ser el de los rumores, que intentó algo parecido pero le salió muy mal y fue el hazmerreir. Al encargao parece que no le gusta éso, que vino porque sabe de bodegas y de bares. Además metieron las primeras maquinas sin consultarle pero donde manda capitán...
El dueño de cuando en cuando sacaba la cabeza del cobertizo y decía: "estoy al 200%", "te quiero tío"... Pero luego se metía y seguía con sus: "hienaaaa, monoooos, no os oigooooo"
Algunos decían: "si aquí venimos al mus", "hay que hacer una sociedad", "mi primo tiene un bar", el que habla mucho: "hagamos uno, yo de jefe, que soy abogao".
En fin. Nos hemos quedado tristes pero lo hemos apoyado. En el fondo es como si fuera nuestro bar y nos da pena que se convierta en una sala llena de máquinas sin alma, sólo por el vil metal.
Ver también: El encargao

Auténtico despropósito de artículo en The Objective cuando se analiza el exceso de fallecimientos durante ese año. Son unos cuantos los errores, pero vamos a analizarlos uno a uno.

¿Mueren 117 personas cada día por causas desconocidas?. Que haya exceso de mortalidad no quiere decir que los que mueren de mas lo hagan por causas desconocidas. En cada fallecimiento hay un certificado de defunción donde se indica la causa de la muerta y los fallecimientos sin causa determinada no suelen ser tantos. Para saber concretamente las causas de las defunciones de este año hay que esperar a que se consoliden los datos por el INE y suele ser una información que se publica con casi un año de retraso. La correspondiente a 2020 se publicó en noviembre del año pasado.

¿De dónde sale ese aumento del 94% del exceso respecto a 2019?. Si nos atenemos a los datos que hay en el artículo, de 2.862 a 32.058, el incremento es de 1020%. Indagando de donde ha podido salir ese 94%, he encontrado que puede haber sido de confundir el cálculo de un incremento con un descuento: 2.862 en 2019 hacen 7,8 al día y 32.058, hasta acabar septiembre, hacen 117, 4 al día. De 117,4 a 7,8, el descenso es casi un 94%.

Cuando se ponen a desglosar los excesos por tramos de edad, resulta que la suma es mayor que el exceso total de 32.058: 23.239+6.393+2.911+1.655+236+102=34.536

Estos datos de EuroMomo no son del exceso de fallecimientos en 2022, corresponden sólo al exceso del mes de julio. El exceso acumulado durante 2022 está actualmente por debajo del 10%.

Y para acabar, el despropósito es tal que hasta han convertido septiembre en un mes de 31 días.

Buenas, pertenezco a un grupo de usuarios que nos hemos hartado de olvidarnos cosas cuando vamos a hacer la compra y hemos iniciado acciones.
Tengo una opinión muy especial y relevante, pero por avatares del destino a nadie le ha importado un comino en el hilo en el que la expuse. De hecho la he escrito en varios hilos y varias veces al año, porque es un tema recurrente. Hay veces que hasta la copio y pego, tan bien traída es. Y si bien es cierto que decenas de personas expresan ideas calcadas, la clarividencia con la que me parece que la expongo yo la hace merecedora de más visibilidad. Es por eso por lo que juzgo necesario y beneficioso para la comunidad escribir un artículo con esa opinión, sin mayor desarrollo o ampliación, sin referencias, sin adelantarme a los argumentos que sé que hay en contra, y sin revisar la ortografía. Así de reveladora es mi opinión.
De nada.
Todos estos años de investigación habían dado su fruto. En sus manos tenía el poder de controlar el tiempo a pequeña escala. Pulsando el único botón de esa pequeña caja retrocedería 10 segundos en el tiempo. Ya no iba a tener más problemas para relacionarse con la gente. Si metía la pata como estaba acostumbrado a hacer, pulsando ese botón se podría arreglar.
Ahora solo faltaba asegurarse de que su invento funcionaba a la perfección. Pulsó el botón.
Todos estos años de investigación habían dado su fruto. En sus manos tenía el poder de controlar el tiempo a pequeña escala. Pulsando el único botón de esa pequeña caja retrocedería 10 segundos en el tiempo. Ya no iba a tener más problemas para relacionarse con la gente. Si metía la pata como estaba acostumbrado a hacer, pulsando ese botón se podría arreglar.
Ahora solo faltaba asegurarse de que su invento funcionaba a la perfección. Pulsó el botón.
Todos estos años de investigación habían dado su fruto. En sus manos tenía el poder de controlar el tiempo a pequeña escala. Pulsando el único botón de esa pequeña caja retrocedería 10 segundos en el tiempo. Ya no iba a tener más problemas para relacionarse con la gente. Si metía la pata como estaba acostumbrado a hacer, pulsando ese botón se podría arreglar.
Ahora solo faltaba asegurarse de que su invento funcionaba a la perfección. Pulsó el botón.

Publica hoy La Razón un gráfico sobre el número de nacimientos en las distintas CCAA, pero al ser un gráfico con valores absolutos, es muy poco informativo y muestra lo lógico: hay más nacimientos en las CCAA más pobladas y menos, en las que tienen menor población. Es mucho más informativo el que publica el diario El Mundo sobre el mismo tema, pero basado en la tasa de natalidad.

Aquí podemos ver que algunas CCAA pequeñas tienen una tasa de natalidad entre las más elevadas.
Es un problema similar a este destacado de Expansión: que Madrid y Barcelona acaparen el 28% de los nacimientos (27,7% en realidad) es lo lógico cuando se tiene en cuenta que acaparan el 26,4% del total de población de España. En cambio, Teruel es la segunda provincia menos poblada y tiene un número reducido de nacimientos por ello, pero su tasa de natalidad (6,9) es, por ejemplo, superior a Las Palmas (5,97) que tiene 10 veces más población y, por ello, un número de nacimientos muy superior.
Ojalá pudiera ser de derechas. Lo tienen todo a su favor.
Los medios de comunicación, los jueces, las fuerzas de seguridad del estado, la religión, la tradición, la monarquía, los simbolos del país e, incluso y cada vez más, las redes sociales. Toda una máquina bien engrasada para asegurarse de que su ideología está bien protegida y perdurará en el tiempo.
Sin embargo, ¿qué tenemos los de izquierdas?
Periodistas que ante cualquier mínimo error de nuestros partidos lo engrosan, abrillantan y televisan cacareados entre tertulianos sin ningún pudor ante múltiples cámaras de eco que se retroalimentan unas a otras.
Jueces que no dudan en alargar casos que abren telediarios y ocupan portadas y cuyos archivos se van acumulando uno tras otro y que no son dignos ni de un pie de página en la sección de esquelas.
Policias, guardias civiles y antidisturbios que se inventan testimonios, que enchironan a inocentes y que abren cabezas por la mañana y duermen a pierna suelta por la noche.
Bots, youtubers y espontaneos que repiten bulos, reprochan a la izquierda pecados que la derecha cometió con anterioridad amplificados por mil, que inventan adjetivos yuxtapuestos dignos de algún comic de Mortadelo y Filemón y que repiten eslóganes basados en terroristas mientras reprochan los pactos con los primos terceros de dichos terroristas.
Y una oposición que no duda en llevar a cabo prácticas mafiosas que incluso sonrojarían a la verdadera mafia, que no dudaron en utilizar la fundación de un asesiando por terroristas para blanquear dinero, que han utilizado todo el poder del estado para perjudicar al rival político, que con los restos humeantes de las víctimas del mayor atentado del país todavía esparcidos en los arcenes de Atocha se dedicaron a mentir a todo el país, que se burlaron de las víctimas del mayor accidente de metro de la historia de Europa que todavía sigue sin responsables, que se han repartido sobres, sobresueldos, tarjetas black y hasta el dinero destinado a hospitales en el tercer mundo.
Y que, sin embargo, no solo arrasa en las elecciones, si no que, encima, engendra a un clon retorcido y malvado que amenaza los derechos de millones de ciudadanos y a la propia esencia de la democracia.
Porque para le derecha nunca es suficiente.
No es suficiente con que el 99% de los medios bailen a su son, quieren el 100%.
No es suficiente ganar las elecciones, quieren que la gente no pueda vator a los partidos que a ellos no les gusten.
No es suficiente que el emérito campechano emigre sin que rinda cuentas, quieren que todos le rindamos pleitesía.
No es suficiente con meter la religión en la escuela, nos la quieren meter por el gaznate.
No es suficiente con humillar a los que no piensan como ellos, quieren que dejemos de ser visibles, que dejemos de existir.
Fusilar a 28 millones.
Con eso es con lo único que tendrían suficiente.
Nuestro luchador infatigable por la libertad de meneo, adalid del 99% de los hoprimidos sexuales, también conocido con el sugerente nombre de usuario @hortografiakreatiba que según dicen las lenguas viperinas nunca tuvo nada que ver con el extinto @sacreew ha vuelto a ser sensurado de forma dramática por la mafia de Menéame. Nada pudimos hacer para evitarlo pero lo recordaremos con todo el cariño y la admiración que se merece este explorador incansable de las esencias humanas que nos enseñó la importancia indiscutible de saber con detalle lo que es un dirty charlie, el amor por los animales incluso muertos (la cinta aislante hace maravillas) y por encima de todo el sentido del humor negro. ¡Descanse en paz!
Donald Trump no necesita dar un golpe de Estado para erosionar la democracia. Le basta con algo mucho más eficaz: jugar con la idea.
Cuando sugiere cancelar elecciones, aunque luego diga que “bromeaba” o que era “retórica”, no está improvisando. Está usando una técnica vieja y conocida: decir lo impensable para acostumbrar al público a escucharlo. Hoy es una broma. Mañana es una exageración. Pasado mañana, una opción “a debatir”.
Trump no es un dictador clásico, ni parece interesado en convertirse en uno al estilo del siglo XX. Su autoritarismo es más moderno, más blando y más peligroso: desgasta las normas desde dentro. No rompe la Constitución; la desacredita. No cancela elecciones; siembra la idea de que solo son legítimas si él gana.
El truco es siempre el mismo:
1. Lanza una frase extrema.
2. Provoca indignación.
3. Se desdice o matiza.
4. Sus seguidores repiten: “solo estaba bromeando”.
5. La línea roja se mueve un poco más.
Así, conceptos que antes eran inaceptables —posponer elecciones, ignorar resultados, atacar jueces, desacreditar a la prensa— se convierten en parte del ruido cotidiano. La democracia no muere de golpe; se desgasta por saturación.
Trump entiende algo clave: el poder no está solo en lo que se hace, sino en lo que se permite imaginar. Si logra que millones de personas acepten como normal que un líder “fantasee” con saltarse las reglas, el terreno ya está preparado para que otro, o él mismo, vaya un poco más lejos.
Por eso el debate no es si hablaba en serio o no. Esa pregunta es una trampa.
La pregunta correcta es otra: ¿por qué un aspirante a gobernar considera aceptable bromear con el fin de las elecciones?
La respuesta es incómoda, pero clara: porque le funciona. Genera miedo, lealtad, ruido mediático y polarización. Y mientras discutimos si era sarcasmo o no, el daño ya está hecho.
Trump no necesita ser un dictador para comportarse como un aprendiz de autoritario. Le basta con tontear con la idea, una y otra vez, hasta que deje de parecernos una locura.

Con exquisita afabilidad, como un pastor despidiendo a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha uno a uno la mano de los miembros de la Scottish Society for Researching of Unexplained, una de las más reputadas del Edimburgo elegante por la calidad de sus miembros. A pesar de las protestas casi unánimes de los demás socios, acaba de presentar su dimisión como presidente y su baja como miembro, absolutamente resuelto a no ofrecer ninguna explicación sobre lo ocurrido.
Sólo una hora antes Sir Benjamin maldecía el infausto momento en que se le había ocurrido invitar a aquel condenado Dr. Shore, geólogo y psiquiatra, a la sociedad paracientífica que pocas semanas atrás le brindara el honor de la presidencia. A priori, la elección del invitado no parecía ninguna insensatez, ni tampoco había sido una decisión poco meditada: los muchos y celebrados experimentos del doctor en el campo de la detección de presencias paranormales parecieron un inmejorable aval para elegirlo como primer conferenciante dentro del ciclo programado. De hecho, todos los miembros de la Sociedad que vivían a menos de cien millas acudieron puntualmente para ocupar su sitio en el salón. A la hora de inicio de la conferencia sólo quedaba media docena de sillas vacías, tantas como cartas de disculpa dirigidas a Si Benjamin felicitándole por su criterio y aclarando que la inasistencia se debía a otras razones, y nunca a desinterés por el acto programado.
Cuando el doctor Shore se presentó en la sala fue recibido con una cerrada ovación que dio paso enseguida a un silencio casi ritual, somo si el eminente especialista en fenómenos paranormales se dispusiera a conjurar un espectro sobre la tarima en vez de a exponer sus conocimientos sobre los procedimientos técnicos.
Los primeros treinta minutos, destinados a explicar la metodología de sus experimentos, resultaron verdaderamente sustanciales, brillantes hasta el punto de obligar a los asistentes —poco inclinados normalmente a reconocerse legos en tales materias— a tomar notas sobre la marcha del torrente de novedades que desde el estrado se exponía.
Concluida la detallada descripción de los procedimientos, el doctor Shore pasó acto seguido a enumerar los hallazgos a que estos habían dado lugar, deteniéndose muy especialmente en las magníficas fotografías de hectoplasmas que se habían ido acumulando en su laboratorio. Tres de ellas fueron pasaron ansiosamente de mano en mano por el salón, entre murmullos admirativos que rompieron por vez primera el silencio casi sacro mantenido hasta ese momento.
Si la conferencia hubiera concluido en ese punto, Sir Benjamin Malory hubiera podido seguir dedicando su tiempo a la gratificante desocupación de presidir la Sociedad, y con todos los parabienes además, pero el Dr. Shore pasó a continuación a describir, aún más minuciosamente si cabe, las técnicas con que los mediums profesionales falsificaban tales pruebas. No menos de una docena de ellos estaban presentes, pero ninguno quiso ser el primero en darse por aludido mientras desfilaba ante el público una veintena de fraudes, trucos de magia, prestidigitación, manipulación de placas fotográficas y cuantas añagazas pasaron alguna vez por mente humana: los fuegos fatuos fueron acumulaciones de fósforo, la maldición de Tutankhamon envenenamiento por esporas de un hongo venenoso y hasta la resurrección de Jesucristo se convirtió en pocos instantes en un simple acto de profanación de sepulcros. El irrefrenable doctor había conseguido en sólo quince minutos poner en su contra a los mediums, los investigadores de la magia egipcia y hasta a los cristianos en general, pero el malestar se tornó ya en estupor cuando, tras recoger las fotografías que con tanto agrado acababa de contemplar su auditorio, pasó a describir los métodos que él mismo había empleado para conseguir aquellas falsificaciones. Y lo dijo así, textualmente.
El altercado que contemplaron los adustos salones de la Royal Society diez años antes con motivo de la poco diplomática teoría de William Walham fue una tibia protesta comparado con el que allí se formó. Acaso los caballeros de la Royal conservaran cierta compostura en aquellos momentos por débito a su linaje y posición, también porque vivían casi todos de otra cosa (rentas, principalmente), pero el abigarrado catálogo de quiromantes, mediums, egiptólogos, hipnotistas, astrólogos, espiritistas, hechiceros, adivinos, telépatas, exorcistas y levitantes, se tomó mucho peor que fuera tan directa e impúdicamente vituperado su medio de subsistencia. No se pararon tales personajes en apelativos cultos: fue mencionada allí la madre del doctor, la compleja identificación de su padre, sus gustos sexuales, el consentido adulterio de su esposa y su extraordinario parecido con no pocas especies animales de poco recomendable aspecto y cualidades.
El Presidente, Mr. Malory, más por sentirse en su deber que por desacuerdo con lo escuchado de labios de sus administrados, trató de poner orden, pero sólo lo consiguió cuando los insultos comenzaron a ser repetitivos. Al fin, tras arduos esfuerzos, logró imponer su voz sobre el griterío, y la severidad judicial de sus palabras decretó al fin una pizca de sensatez en aquel injurioso maremágnum.
—Abandonar la conducta que dos mil años de civilización nos han enseñado como la más apropiada entre personas razonables no va ayudar en absoluto a demostrar lo veraz de nuestras posturas. Guarden, por tanto, silencio, y escuchemos lo que el doctor tenga que decirnos.
—Gracias— empezó el doctor, que se había mantenido absolutamente indiferente al escándalo de la platea—. Quería decir hace un momento que mis investigaciones no han hallado más que fraudes porque no es posible otra cosa en el campo que nos ocupa. No sabemos qué hacer con los muertos y como nuestra conciencia no nos permite abandonar a los seres queridos en el cementerio y dejar que allí se pudran tranquilamente, inventamos mil historias distintas con que resucitarlos a medias. Pero esto, que podría parecer una muestra de hipocresía, es en realidad una demostración de la íntima bondad del ser humano, porque los resucitamos con poderes extraordinarios, con conocimiento e inteligencia superlativas. De este modo llegamos a la extraña conclusión de que la muerte aporta al hombre más de lo que le quita, pues hasta el fantasma del más imbécil puede responder a las difíciles inquisiciones de un espiritista avezado. Pero señoras y señores, es mi deber científico intentar ser un poco más riguroso; no quiero atacar la fe de nadie, pero me gustaría ayudarles a sostener esa misma fe con un mínimo de seriedad, con un razonamiento que tiene que ser aceptado cualquiera que sean las creencias de quienes me escuchan: los muertos pueden ir al cielo o al infierno, según los creyentes, o a ninguna parte, según los ateos, pero de ninguna manera es admisible pensar que se quedan por aquí, flotando en el vacío, a la espera de juicio, como si la celestial administración de justicia padeciera los mismos retrasos y dilaciones que la nuestra. Reconozco, cierto es, que a lo largo de la historia son tantos los casos en que se informa de su presencia que sólo ese motivo es suficiente para dar crédito a su existencia, pero si por un momento se deciden a razonar, convendrán conmigo en que tan perenne es su presencia en la historia como las causas que a mi parecer originan la alucinación que les da vida: el miedo a la muerte y el bochornoso deseo de justificar lo injustificable.
Nuevos murmullos, atajados sin piedad por la presidencia. El doctor Shore prosiguió su disertación:
—Cuando se es una persona importante, un rey digamos, resulta doloroso reconocer que el día en que nos abrace la tierra se acabará nuestra influencia, nuestro poder y nuestro dominio sobre las decisiones ajenas. Los que en tal coyuntura no se conforman con escribir testamentos, que es la forma en que habitualmente tratan los muertos de seguir imponiéndose a los vivos, suelen ser los más propensos a ver las almas de quienes les antecedieron, o a creer a quienes dicen haberlas visto; y si el rey lo cree, lo mejor que pueden hacer los súbditos es hacer o fingir otro tanto. Nace así un mito que de puro conocido llega a ser indiscutible: la literatura no hace más que darme la razón, y ustedes que lo niegan, mejor harían en leer a Shakespeare en vez de esos burdos folletones que tan ajados descansan ahora en la biblioteca de esta sociedad.
Regreso de los gritos, sofocados sin necesidad de intervención alguna al margen de quienes querían seguir escuchando, así fuera por curiosidad, el resto del razonamiento.
—Si, por contra, una persona no ha sido rey, siquiera en su casa, ni ha hecho nada en la vida, ni encuentra posibilidad alguna de hacerlo, parece lógico que el deseo de prolongar la existencia, y no en mundo superior alguno, sino al lado de parientes, conocidos y enemigos, le impulse a creer que es posible vagar por las casas, los campanarios o los cruces de caminos. De ese modo no es extraño que esas gentes, que de pura abundancia son legión, suelan creer lo que otras más imaginativas les cuenten acerca de lo visto u oído en tal o cual abandonado paraje. Porque convendrán conmigo en que los fantasmas jamás son vistos por muchedumbres.
Dos docenas de discursos brotaron entre el público, tratando de contradecir al orador, pero Sir Benjamin quería acabar con aquello cuanto antes y con un gesto ordenó silencio. Con menos parsimonia de la habitual, secó el sudor que coronaba su frente e indicó al doctor que podía continuar.
—Pero hay otras muchas causas que producen las apariciones que hoy nos interesan. Una de los más interesantes partos de un fantasma es el del que sabe algo que no debe saber o quiere decir algo que no debe decir, y se libera de las crueles ataduras del sigilo o la prudencia atribuyendo sus palabras al oráculo de un muerto. ¡Bravo por su osadía!, pero si bien está creerlo en público para evitar otras investigaciones, siempre enfadosas, no tiene nombre todavía la superlativa estupidez que constituye seguir creyéndolo en privado. Sería algo parecido a seguir defendiendo la existencia de Papá Noel o los Reyes Magos después de que los niños se hayan acostado.
Los gritos que siguieron a esta aseveración tardaron en ser silenciados algo más que los anteriores.
—Por último, porque observo que poco tiempo más podré dirigirme a ustedes, está el aburrimiento. La gente se aburre, se aburre terriblemente, y en tales sofocos de fastidio está dispuesta a buscar lo que sea, cualquier superchería capaz convencerles de que la vida que llevan es algo distinto de la porquería que en realidad es. Los fantasmas cumplen la doble misión de prometerles una prolongación más allá de la fosa y entretenerles mientras viven, ¿qué más se puede pedir?
Y para que no digan que no dejo una puerta abierta a la posibilidad, porque posible lo es todo, quiero terminar diciendo que si alguien tuviera una existencia posterior a la muerte sería alguien con una gran obra inconclusa, y los hombres con grandes obras son gente de talento o de coraje, gente muy ocupada que ni se dejaría convocar por mediums ni fotografiar por espantajos como ustedes, de lo que resulta que el famoso Más Allá del que esta Sociedad se ocupa está habitado por las almas de los tontos muertos que se dedican a dejarse interrogar y retratar por los tontos vivos. Muchas gracias.
Como nadie recordaba otros distintos, los insultos del principio se repitieron de nuevo, aunque diez veces magnificados en volumen.
Viendo que allí no tenía nada más que hacer ni que decir, el doctor Shore se puso tranquilamente su abrigo, dio la mano a su anfitrión, se calzó los guantes y saludó al público con una profunda reverencia.
Y atravesando la pared, se fue.

Siguen los medios españoles sin darse cuenta que si una cantidad A es un tanto por ciento mayor que una cantidad B; la cantidad B no es el mismo tanto por ciento menor que A. En este caso tenemos este artículo de ABC sobre pensiones: 1.727 es un 22,7% más que 1.408 (1.727/1.408=1,227), pero 1.408 es un 18,5% menos que 1.727 (1.408/1.727=0,815).
En el mismo artículo se incluye un gráfico con la escala vertical errónea y que no corresponde con los valores que luego se representan.

Hoy todos mis alumnos han hecho huelga unánimemente. Es la primera vez que, por una causa distinta a las fiestas de Derecho, toda una clase se pone de acuerdo para decirme que no van a venir.
La verdad es que la huelga ha sido histórica. Masiva, pacífica y con una filosofía basada en convencer en lugar de imponer (no he visto ni un solo piquete coactivo).
El machismo es como el racismo o la homofobia: un excremento ideológico que antepone mantras irracionales y prejuicios sin fundamento a la obviedad de que todos tenemos una misma dignidad independientemente del color o la forma de nuestro cuerpo, y de que no hay virtudes o defectos masculinos o femeninos, sino solamente humanos.
El machismo, como el racismo o la homofobia, lleva siglos imponiéndose a través de la fuerza bruta, la ignorancia y la propaganda. Durante el franquismo, era uno de los pilares de la ideología oficial del Estado, situación que entroncaba con los siglos pasados (con el pequeño paréntesis republicano). Por eso cuesta tanto superarlo. Porque ha contado con todos los recursos para su difusión e imposición a lo largo de los siglos, y porque a algunos les interesa que siga existiendo. Igual que el racismo. Crear ciudadanos de segunda siempre es útil para quien pretende abusar de ellos, sea en el servicio de limpieza de un hotel o en un campo de lechugas.
Y como siempre, los cambios se consiguen con el grito creciente y sostenido de sus protagonistas. Lo de hoy ha sido un hito que nos acerca más que nunca a un objetivo que solo se consigue con la lucha frente a quienes niegan la igualdad y la visibilizacion ante la ciudadanía de que todos somos iguales en valor, derechos y dignidad. Una visibilizacion que sirva para educar desde el día a día, porque el mejor antídoto contra los prejuicios es la Razón, proyectada sobre la enseñanza y sobre la calle. Para que las nuevas generaciones tengan una cadena menos entre sus pies.
Conocí a Chloé en una de esas presentaciones de libros de autoayuda disfrazada de filosofía oriental que tanto proliferan en los centros cívicos de los barrios en vías de gentrificación. Ella estaba allí, con una edición de bolsillo de Mishima mal disimulada bajo un manual de mindfulness. Había en ella una tensión, una vibración de descontento intelectual que me pareció, en aquel momento, el único signo de vida auténtica en un radio de doscientos metros. Tenía 32 años, ocho menos que yo, y trabajaba a tiempo parcial en una galería de arte conceptual que, por supuesto, perdía dinero. Vivía en un estudio minúsculo, comía pasta con pesto la mitad de la semana y hablaba del capitalismo tardío con el fervor de quien todavía cree que se puede hacer algo al respecto.
Mi situación era, como siempre, más prosaica. Era consultor de optimización de procesos para una multinacional farmacéutica. Mi trabajo consistía, en esencia, en traducir la ineficiencia humana a gráficos de Powerpoint para que otros hombres grises como yo pudieran tomar decisiones que afectaran a miles de personas sin tener que mirarlas a los ojos. El sueldo era excelente. Mi apartamento, con vistas a un parque anodino pero bien cuidado, era un testimonio silencioso de mi éxito funcional.
Decidí, con la frialdad de un científico que inicia un experimento, que iba a salvar a Chloé. Salvarla, claro está, de las trivialidades que ella confundía con la lucha. El alquiler, las facturas, la necesidad de sonreír a clientes idiotas para vender un lienzo pintado de un solo color. Quería ver qué ocurría cuando se eliminaban todas las variables de la necesidad. Mi hipótesis, formulada en las largas noches de insomnio regadas con vino blanco barato, era que el ser humano, y en particular la mujer contemporánea, no está diseñado para la utopía, sino para la queja. La queja es el motor de su existencia; eliminada la causa, el motor no se detiene, simplemente empieza a girar en vacío, consumiéndose a sí mismo.
Al principio, fue predeciblemente idílico. Dejó su trabajo en la galería con lágrimas de gratitud. Se mudó a mi apartamento, llenando el minimalismo estéril con sus libros y sus plantas. Los primeros meses fueron una explosión de proyectos. Iba a escribir una novela, a montar un taller de cerámica en la habitación de invitados, a aprender por fin a tocar el violonchelo. Yo financiaba cada capricho con la diligencia de un mecenas renacentista. El caballete, las arcillas de importación, el violonchelo que costó el equivalente a tres meses de su antiguo sueldo.
La primera fase de la descomposición fue la procrastinación. La novela se quedó en un esquema de tres páginas. Las arcillas se secaron en sus paquetes. El violonchelo acumulaba polvo en una esquina, su funda negra como un pequeño sarcófago. Sus días, liberados de la obligación, perdieron su estructura. Se levantaba a las once, veía series en Netflix y desarrollaba un interés casi académico por los catálogos de moda online. La lucha contra el capitalismo tardío había sido sustituida por una participación entusiasta en su liturgia más sagrada: el consumo.
Luego vino la segunda fase: la transmutación del deseo en necesidad. Lo que antes eran lujos esporádicos se convirtieron en requisitos básicos para su bienestar. Ya no era un "gracias por este bolso de marca", sino un "¿por qué no me has comprado el modelo nuevo que salió la semana pasada?". Sus conversaciones dejaron de girar en torno a la alienación del individuo para centrarse en la incompetencia del servicio de reparto de Amazon o en la textura decepcionante de un aguacate orgánico.
La observé con el desapego de un documentalista. Su cuerpo, antes tonificado por las caminatas al trabajo y la escasez, se había ablandado. Pasaba horas en el sofá, envuelta en una manta de cachemira, deslizando el pulgar por la pantalla de su teléfono. Era una odalisca del siglo XXI, una geisha de la fibra óptica, cuyo único talento era la formulación de deseos cada vez más específicos y absurdos. Necesitaba un tipo concreto de agua mineral de una isla del Pacífico, unas sales de baño con un mineral que solo se extraía en el Himalaya, un cojín ergonómico que había visto en el perfil de una influencer danesa.
Yo me convertí en un mero proveedor, una extensión de su tarjeta de crédito. Mi presencia solo era requerida para validar sus quejas o para introducir el código de seguridad en una transacción online. El sexo, antes un refugio de cierta intimidad, se convirtió en otra transacción, un peaje que yo pagaba a cambio de una noche sin reproches por la temperatura del vino.
Una tarde, al volver del trabajo, la encontré llorando desconsoladamente. Me preparé para la letanía habitual: la amiga que tenía una casa más grande, el viaje a las Maldivas que aún no habíamos hecho. Pero la causa era otra. "El repartidor ha dejado el paquete en la conserjería", sollozó. "He tenido que bajar yo misma a por él".
En ese preciso instante, comprendí la naturaleza de mi éxito. No la había salvado; había sido el catalizador de su forma más pura. Había eliminado todos los obstáculos externos, toda la fricción con la realidad, permitiendo que su insatisfacción intrínseca, el malestar existencial de la mujer occidental liberada de todo propósito, floreciera en todo su esplendor grotesco. Era mi obra maestra. Una escultura perfecta de aburrimiento, derecho adquirido y exigencia.
No dije nada. Subí a la cocina, abrí una botella de vino –la correcta, por supuesto– y le serví una copa. Ella la aceptó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Mañana se quejaría de otra cosa. Y yo estaría allí para escucharlo, para financiarlo, atrapado en el paraíso estéril que yo mismo había construido. Éramos una simbiosis perfecta, dos formas de la nada que se sostenían mutuamente para no colapsar. La entropía había encontrado su equilibrio doméstico. Y yo, su abnegado gestor de procesos.
Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y más en estos tiempos donde se supone que estamos tremendamente influenciados por unos medios de comunicación cada vez más manipuladores y unas redes sociales omnipresentes. Pues bien, si analizamos la imagen más poderosa, la que mejor resume la campaña de Podemos en las elecciones autonómicas de Aragón, y la comparamos con la misma imagen de las elecciones extremeñas, quizá podamos entender la pérdida de representación parlamentaria de estos en el parlamento aragonés (me niego a llamar "debacle" la pérdida de un único escaño, aunque fuese el único que tuviesen) mientras que en Extremadura consiguieron aumentar su representación.
Vamos a comenzar con Extremadura. La fotografía procede del diario Hoy, un medio de corte conservador (propiedad de Vocento) de la comunidad extremeña.

Una imagen de unión entre los distintos grupos extremeños de izquierda. Colores de la bandera de Extremadura. Cartel compartido entre Irene de Miguel y Neréa Fernández.
Ahora comparemos con la imagen de la campaña en Aragón, publicada por Diario Red:

Mucho color violeta feminista. El cartel imitando el "Yes we can" feminista estadounidense. Ni una referencia a Aragón (salvo lo de la "rasmia"). Puños reivindicativos en alto (intuyo que más feministas que "rojos"). Una guitarra fuera de contexto (¿cantaron el "No pasarán" o algo de Labordeta?). Y ¿Cristina Fallarás?
La primera fotografía es una invitación a las gentes de izquierda extremeñas a votarles. Al de ciudad y al de campo. Al paleto y al catedrático. A pensar más allá del PSOE. El target electoral es el más amplio posible.
La segunda fotografía va dirigida a no sé muy bien qué target, pero diría que reduce el electorado a las mujeres, y no a todas, sino a mujeres muy feministas, muy de izquierdas y muy "urbanitas", de la nueva ola del feminismo.
En política, las apariencias son muy importantes. Y es un error grosero (o no)... hacer que tu acto de campaña parezca una protesta de un sindicato feminista de estudiantes en una universidad. En el caso comparativo, creo que la diferencia entre los resultados de Podemos en Extremadura y en Aragón radica en que Irene de Miguel supo construir su campaña con una mirada regionalista y de unión entre los distintos bloques de izquierda, mientras que en Aragón, María Goikoetxea ha sido utilizada por la cúpula central de Podemos para hacer campaña por los intereses de dicha cúpula en el ámbito nacional.
Pasé las Navidades en el hospital por unos problemas respiratorios. Mi compañero de cuarto era un tipo de Wyoming llamado Alfred, un irlandés con ese rictus amargado de quien acaba de recibir un diagnóstico de dos meses de vida, aunque estuviese allí solo por una pierna rota.

A lo largo de mi estadía, desfilaron por la habitación amigos, familiares y conocidos, todos cargados de flores, bombones, revistas y charlas. Pero con los días, esas visitas, que al inicio eran fatigosas, se convirtieron en mi única ventana al mundo exterior, y tengo que reconocer que las disfruté y las esperaba con verdadera impaciencia.
La fragilidad de la convalecencia le llena a uno de cierta emoción y a los amigos y familiares de una honesta preocupación creando una entrañable conexión que jamás pude creer encontrar en un lugar como este, que para mi siempre ha sido un preludio del fin.
Alfred, en cambio, no recibió ni una sola visita en todo el tiempo que estuvimos allí. Ni un amigo, ni un picapleitos perdido de esos que pululan por los hospitales, ni una triste postal. Nada, ni tan siquiera en Nochebuena y si le importó, no pude discernirlo.
Había algo peculiar en Alfred: siempre tenía en la mano una baraja de cartas deshilachadas. La usaba para distraerse, jugando solitarios que nunca terminaba, o a veces simplemente barajándolas en silencio, como si esperara que un movimiento correcto pudiera resolver todos sus problemas. Podía tirarse horas y horas jugando al solitario y todos podíamos verlo a través de las gastadas cortinas que siempre echaba.
Conseguí hablar con él en esos momentos en los que el resto del hospital parecía dormido. Su vida era una tragedia griega pasada por el filtro de la América rural: seis años de cárcel por atraco a mano armada, sin familia (los pocos parientes que tuvo estaban enterrados o perdidos), sin amigos (muertos en la guerra), con un hijo que no le hablaba y una ex mujer que lo odiaba aunque no tanto como él al mundo.
El día que me dieron el alta, Audrey, mi mujer, llegó con sus tres dicharacheras primas para recogerme. Yo, vestido y listo para volver al mundo de los vivos, entré en la habitación para despedirme de Alfred. Mientras las primas y mi mujer parloteaban, me acerqué a él, que andaba enfrascado en otro de sus solitarios, para estrecharle la mano. Fue entonces cuando, con una sonrisa casi pícara, la primera que nunca le vi, se inclinó hacia mi oído y me dijo con aquel acentazo:
—Billy, estás atrapado, perdido, eres un hombre sin norte y lo siento por ti. Pero escucha, si alguna vez quieres escapar, vente conmigo a Wyoming. Allí hay muchos bancos y poca policía. Piénsatelo. Solo tienes que buscarme.
Creo que fue la primera vez en años que llevé a mi mujer a cenar a un sitio caro. Hasta pedimos postre. Al llegar a casa incluso hicimos el amor. Después, decidimos tomarnos una copa para acabar la noche y sentí un extraño impulso que me llevó a sacar del armario mi vieja baraja de cartas, un recuerdo de Las Vegas.
—Audrey, cariño —le dije mientras miraba aquellas cartas—, si algún día empiezo a jugar al solitario, prométeme que me dejarás.
Ella, sin levantar la vista del catálogo de zapatos, contestó:
—¿Antes o después de que te mudes a Wyoming?
Billy Wilder, del libro "Billy Wilder" de Claudius Seidl
A menudo, cuando contemplo la guerra de Ucrania, echo un ojo a lo sucedido en las Guerras Mundiales, y creo que vale la pena compartir esa reflexión, a sabiendas de que puede haber otras interpretaciones y otras vísceras palpitantes sobre el asunto.
La cuestión tiene dos facetas, y por eso es bueno cambiar el sujeto pasivo. Quizás así seamos capaces de llegar al concepto, en vez de a la personalización.
Tanto Alemania como Japón se rindieron y demostraron que no pasa nada cuando te rindes. Al principio parece una catástrofe, pero tu gente vive y la vida sigue, y resulta que diez años después, en 1955, tanto Japón como Alemania son socieddes prósperas, que no han perdido gran cosa con la rendición. ¿Hubiese sido mejor que luchasen hasta el último hombre? Yo creo que no: creo que hay que saber dónde luchar y dónde se puede vencer, y ambas naciones identificaron el momento de dejar la lucha para otro momento. Y vivieron. Y prosperaron. Porque la vida y la Historia dan muchas vueltas, pero las tumbas no se revierten nunca en resucitados.
Esa es mi opinión, a veces, para el caso de Ucrania. Quzás fuese mejor para elolos buscar una mala paz y esperar que el tiempo acabase con Putin y su régimen para, en un momento mejor busccar un destino mejor. Como los alemanes y los japoneses.
Luego están, en ootro lado, los seguidores de Goebbels o de Hanke, esa gente que tanto prolifera por aquí sin saber quienes son sus patrones. Esa gente que decía que cada día de resistencia era un punto más de escarmiento en el pellejo del enemigo. Esa gente que mantuvo Breslau hasta después de la caída de Berlín sólo para matar soldados soviéticos, porque sí, para que escarmentasen, para que temiesen a Alemania incluso después de muerta, porque es el miedo el que sostiene la paz.
Puede que Goebbels y Hanke tuviesen razón y lo que mantuvo el respeto a Alemania fueron los millones de muertos que se necesitaron para vencerla. Vete a saber. Pero yo no lo veo así. No puedo verlo así con la sangre de los demás.
Yo me siento más cerca de tipos como Adenauer, que consideran la rendición un éxito y escriben aquello, en Colonia: "¿Quieres ver nuestras ruinas? ¡Pues date prisa!"
No pasa nada por parar la guerra, aún con una mala paz. Salvo en el cementerio, siempre hay un día mejor más adelante.
Es duro, pero la vida nos empareja a veces con quien menos quisiéramos o con quien menos lo esperamos.
Pedro Varela: Nazi a la vieja usanza. Nada de neo. Un nazi con todas las letras, sin cabeza rapada ni hostias en vinagre: ideología estudiada, negacionismo histórico y una librería donde se vendían libros que ensalzaban el nazismo y negaban el Holocausto judío con dos docenas de razones, explicadas una por una, al tiempo que la otra parte explicaba las suyas.
Tiro de Wikipedia: Pedro Varela Geiss, Barcelona (1957) En 1978 se convirtió en presidente de la CEDADE publicando material negacionista. En 1992 estuvo tres meses en prisión en Austria por emitir un discurso de Hitler Anunció su renuncia a la dirección de la CEDADE en enero de 1993. Tras disolverse el grupo, en 1994 fundó la Librería Europa en Barcelona, donde también vendería literatura pronazi. En 1998 se inició un proceso judicial contra Varela, que fue condenado a cinco años de prisión por apología del genocidio. En 2010 volvió a ser condenado a dos años y nueve meses de prisión por un delito «de difusión de ideas genocidas» y por otro de atentado «contra los derechos fundamentales y las libertades públicas garantizados por la Constitución». Varela, que había ingresado en la cárcel el 12 de diciembre de 2010, salió de esta el 8 de marzo de 2012.
Creo que falta alguna condena, pero lo vamos a dejar ahí.
Pablo Hasel: Compositor y cantante de rap. Contestatario. Quizás antisistema. Canta y escribe lo que buenamente le sale de los cojones y no se avergüenza de ello. Es más: está dispuesto a responder con su livbertad por lo que cree.
Tiro de Wikipedia: Pablo Rivadulla Duró (Lérida, 1988), conocido artísticamente como Pablo Hasél, es un MC y poeta de ideología comunista. También es autor de varios libros y poemarios. En 2014 fue condenado a dos años de prisión por "enaltecimiento del terrorismo", debido al contenido de sus letras. Pablo Hasél fue declarado culpable y condenado a dos años de prisión por enaltecimiento del terrorismo por el contenido de sus letras. Subió a la red social YouTube 10 canciones compuestas por él mismo en las que ensalzaba las organizaciones (GRAPO), (RAF) y Terra Lliure, e incluso pedía a estas organizaciones que volvieran. Fue detenido en Lérida en 2011 por ensalzar en su canción Democracia su puta madre al que fuera secretario general delPCE (r), Manuel Pérez Martínez (Camarada Arenas) condenado a 17 años de cárcel por pertenencia a la banda terrorista GRAPO. En marzo de 2017, la justicia española le ha pedido cinco años más de condena, que se sumarían a los dos que ya tiene, por delitos de "enaltecimiento del terrorismo", "calumnias e injurias contra la corona" y "calumnias e injurias contra las instituciones del Estado.
Pues bien: lo que creo que tenemos que entender todos, y en este sitio nos cuesta, es que estos dos tíos son en realidad equivalentes. Estos dos tíos son Pedro y Pablo, los Picapiedra de la libertad de expresión, porque no importa para nada lo que uno diga u opine, sino el derecho a seguir diciendo u opinando lo que sea.
Quien apoye a pedro y condene a Pablo es un idiota.
Quien condene a Pedro y apoye a Pablo es un imbécil.
Ambos son, sin duda, exponentes de la brecha ideológica y moral que aprovechan nuestros enemigos para atarnos cada día más corto. Nos guste o no, hay que apoyar a Pedro y a Pablo, sin fisuras, para que no llegue al hora en que nosotros seamos los siguientes. Por un chiste, por una sonrisa, por una frase idiota o por decir lo que pensamos de alguien con mando en plaza.
Mientras no seamos capaces de unirnos en torno a una idea, siquiera la idea libertad, seremos víctimas fáciles. Mientras nos abracemos a aquella basura de prohibir al otro, de amordazar al otro, de mandar callar al otro, no haremos otra cosa que cavar nuestra propia sepultura.
No, amigos, lo siento: cuando aquí alguien se queja de que se permite la apología del franquismo, yo me asusto. me asusto cuando se pide que a alguien se le condene por xenófobo, por racista, por machista, por apología del terrorismo o de no sé qué...
Seamos un poco valientes y luchemos pro la libertad de expresión de los que dicen lo que no nos gusta oír.
Brindemos por Pedro y por Pablo. Por los dos, como si fuesen uno solo.
Porque lo son.
Parece ser que Florida quiere castigar cualquier delito de agresión sexual a menores de edad con la pena de muerte. A primera vista parece una buena idea —pedófilo muerto, abono para mi huerto—, pero hay que indagar un poquito más en todo esto…
Primero, porque la pena de muerte sólo te la imponen si te pillan. Y obviamente, si sabes que tanto el asesinato como el abuso sexual conllevan la misma pena, pues el niño no sale vivo del acoso.
Y segundo, y muy preocupante, es que han hecho que hacer un espectáculo drag delante de niños sea un delito de agresión sexual. Aunque el espectáculo consista en vestirse de, qué te digo yo, hada de las mariposas, sin enseñar ni un cachito de carne, y contar cuentos.
Por lo tanto, cualquier drag queen que se haya sentado a contar cuentos delante de niños, es una agresora sexual que puede ir a la silla eléctrica.
Pero ojo, que no para aquí.
Porque han redefinido los espectáculos de drag queen como "persona que se vista con un género no congruente al de nacimiento", por lo que… esto incluye a todas las personas transgénero, sea cual sea el contexto.
Si eres transgénero y se te ocurre ir al McDonalds a comerte una hamburguesa con tus amigas… si hay niños, estarás cometiendo un delito de agresión sexual. Si eres profesor, profesora o profesore trans… tendrás que dejar tu trabajo, porque estarás cometiendo un delito de agresión sexual sólo por existir mientras estás explicando matemáticas.
Y así, de una, estás convirtiendo a todo un segmento de población en carne de patíbulo. Sin más.
Como os digo, esto me quiere traer a la memoria una palabra… una palabra que empieza por G… ¿me ayudáis?
El mayor problema, a día de hoy, al que nos enfrentamos con esta guerra es que cada vez es más difícil ver una salida viable. Y las guerras, todas las que hemos conocido, acaban de algún modo, y de su final depende que los años posteriores sean estables, conflictivos, o un simple prólogo para el siguiente conflicto.
Por lo tanto, creo que hay que empezar por lo obvio. La guerra, a mi entender, puede acabar de tres maneras: con una victoria de Rusia, con una victoria de Ucrania, o con algún tipo de negociación intermedia.
La victoria militar de Rusia supondría un tremendo varapalo a toda la estructura política occidental, al tiempo que un incentivo perverso de primera magnitud para siguientes agresiones. Una victoria rusa daría alas a los movimientos totalitarios y agresivos de todo el mundo. Las armas recuperarían su voz (nunca perdida del todo) en el concierto internacional y entraríamos en una fase muy peligrosa de la Historia. Además, como hay que contemplar sus implicaciones desde otros puntos de vista, una victoria rusa no implicaría, antes al contrario, una desaparición de las sanciones económicas, con lo que los países europeos verían sus economías fuertemente dañadas. Si Rusia vence, ¿qué le queda a Occidente para salvar la cara más que acrecentar las sanciones?
Por todo lo dicho y otros motivos que no vale la pena exponer si no quiere uno eternizarse, una victoria rusa sería totalmente catastrófica.
La victoria militar de Ucrania, por potencial y recursos, necesitaría de una implicación militar de varios órdenes de magnitud mayor por parte de los países de la OTAN. Sí, lo tengo claro: para que Ucrania gane tenemos que mandar allí tropas, y por decenas o centenares de miles. Para que Ucrania gane necesitamos, mañana mismo, poner nuestras economías en modo economía de guerra, fabricar masivamente armas y arriesgarnos a que la guerra se convierta en una conflicto enorme. Si la victoria se alcanzase,lo que es dudoso, pero posible, el premio sería realmente colosal: desmembrar Rusia y saquear a placer sus recursos. Me pregunto, por decir algo, qué opinaría China de esta eventualidad y hasta qué punto es materialmente posible sin acabar todos incinerados. Pero es una posibilidad. La opción de una victoria militar parcial ucraniana, recuperando todo su territorio, pero sin entrar en Rusia (estilo I Guerra Mundial), no ofrece grandes garantías de paz, y seguramente tampoco conduciría a un levantamiento de las sanciones a Rusia.
Por ello, la victoria militar de Ucrania me parece difícil, improbable, arriesgada y costosa, muy costosa, en términos económicos y de vidas.
Nos queda, por tanto, la negociación intermedia. Y por lo que parece, nos estamos alejando como verdaderos anormales de la única opción más o menos viable. Cuando digo intermedia, me refiero a que todo el mundo tiene que sacar algo de la negociación hasta el punto de que todo el mundo quede más o menos satisfecho. Lo malo de esta opción es que, para mejorar las opciones en la mesa de negociación, todo el mundo quiere antes mejorar las posiciones en el campo de batalla. Lo que nosotros necesitamos, me parece, es que muera menos gente, se levanten las sanciones, y se garantice la paz. El encaje de estos tres objetivos no parece sencillo, sobre todo porque no interesan a todos los actores. Algunos analistas opinan que las sanciones serán eternas, como las de Cuba, pase lo que pase, y que EEUU no renunciará jamás a ellas. Jamás. Otros dicen que la paz no será posible sin la derrota clara y aplastante de uno de los bandos, y otros, ya lo sabemos, se pasan los muertos por el forro mientras los pongan los demás.
Sin embargo, no hay más opciones viables, o así lo veo yo. Una derrota de Ucrania es demasiado cara. Una derrota de Rusia es demasiado cara. Lo único que podemos permitirnos es algún tipo de negociación, pero para eso hace falta voluntad e imaginación, y la gente no parece estar muy sobrada de ninguna de las dos cosas.
Lo que sobra es forofismo. Hay que llegar a algún acuerdo. ¿Pero cual?
menéame