China cuenta con más de 1.000 plantas de valorización energética de residuos, lo que representa más de la mitad de la capacidad mundial instalada. Una infraestructura gigantesca que nació para resolver las llamadas “crisis de basura” urbanas y que, una década después, empieza a mostrar síntomas claros de sobrecapacidad estructural. La combinación de desaceleración económica, descenso demográfico y mejora en la gestión de residuos domésticos ha cambiado el escenario de forma profunda.
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