En abril de 2016, Francia aprobó una de las leyes más ambiciosas de Europa en materia de prostitución, inspirada en el modelo nórdico impulsado por Suecia. La norma introdujo un cambio de paradigma: dejar de sancionar a las personas prostituidas y penalizar al cliente como responsable último de la demanda. Diez años después, el balance dista mucho de aquel horizonte de erradicación. La prostitución no ha desaparecido, la protección prometida no ha llegado a la mayoría y, en demasiados casos, la ley ha producido efectos contrarios.