En algún momento de la década de 1860, en el huerto de un monasterio, un fraile agustino llamado Gregor Mendel se dedicó a hacer algo que hoy suena casi imposible: cruzar plantas una y otra vez, anotar resultados y contar. No buscaba el “ADN” (ese concepto ni existía), pero sí intentaba encontrar la respuesta a un interrogante enorme: ¿cómo se transmiten los rasgos de una generación a la siguiente?
Su modelo de trabajo fue el guisante de jardín.
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