Literatura y cine nos han acostumbrado a que los tesoros estén enterrados en islas exóticas refugio de piratas, grutas inexploradas pobladas de murciélagos, tumbas de antiguas civilizaciones o viejos castillos europeos pertenecientes a estirpes de rancio abolengo. Pero la realidad puede ser más prosaica y a veces aparecen en sitios tan comunes como el centro de París, a un tiro de piedra de lugares tan emblemáticos como el río Sena, el Panteón o la Universidad de la Sorbona. Es lo que ocurrió en 1938 con el llamado Tesoro de la calle Mouffetard
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El barril de amontillado y El gato negro, de Poe.
La venganza de Don Mendo, de Muñoz Seca
Un ejemplar de El lazarillo de Tormes y otros libros en una casa de Barcarrota (Badajoz)